Sonidos intensivos, sonidos inventivos

 

El percusionista Martín Saint-Pierre pone su arte y su pasión al servicio de los niños y adultos autistas, sordos y polyhandicapados. A menudo privados de palabra, encuentran con las percusiones un modo de comunicación no verbal, de intercambio y de placer.

 

“Yo nací en un pueblo de la húmeda pampa Argentina. Cuando niño, con los dedos o con un bastón iba pegando sobre todo lo que producía sonidos: una mesa, un vaso, una lata de conservas... Se me consideraba un poco como el loco del pueblo, lo que tal vez explique mi atracción por las personas llamadas diferentes”,  evoca con ojos risueños, el percusionista Martín Saint-Pierre. Ha elegido tocar el tambor, un instrumento que recuerda las pulsaciones cardiacas, las de la tierra y permite comunicar en el mundo entero. En treinta años de viajes ha traído los sonidos de los tambores de todos los rincones del mundo: bongo argentino, bendír marroquí , tambor bata de Cuba, tambores africanos... Laureado de la fundación Yehudi Menuhim, ha compuesto numerosos álbumes, actuado con grandes músicos como Peter Gabriel o Youssou N’Dour. Hoy comparte su arte y una parte de su tiempo con niños y adultos disminuidos.

 

Los ritmos y los cantos que recuerdan los orígenes

 

Lunes dos de la tarde. Estamos en uno de los centros de la asociación para la reeducación e inserción de los autistas (ARIA). Situada en el interior del hospital Broussais en París, que acoge jóvenes adultos. Martín Saint-Pierre dispone unas sillas en semicírculo muy cerca de dos tambores africanos, saca de su saco una multitud de pequeños instrumentos: bastón de lluvia de América del sur, calimba africana, cascabeles, castañuelas, maracas, guiro... y se sienta frente a la puerta aun cerrada. Francis entra el primero. Bajo el fuego de un redoble de tambor, el músico le canta un “buenos días Francis”, muy dinamizante.  Uno tras otro Nadia, Salah y Stéphane benefician de la misma acogida. Para cada joven, Martín Saint-Pierre a inventado una canción en la que se salmodia el nombre con onomatopeyas,  palabras y un ritmo que recuerdan su cultura de origen, provocando “un baño sonoro” tranquilizador. Francis nació en Francia de una familia africana, también para dirigirse a él Martín Saint-Pierre utiliza un ritmo de ese continente. Es bastante espectacular.  Francis que había llegado replegado sobre sí mismo se anima a lo largo del taller. Animado por los músicos, pega primero en un tambor y luego sigue el ritmo de las percusiones con su cabeza, sus brazos y se levanta para bailar. Golpea el suelo con los pies, balancea todo su cuerpo como en una danza ritual africana, una esplendida sonrisa en los labios. “Memoria genética” explica el músico “cada uno de nosotros la lleva en sí, ella resurge escuchando los ritmos que la corresponden”. A Francis en su baile se le añaden Nadia y Stefane, Salah se queda inmóvil, una educadora le masa los hombros, pone las campanillas en sus manos. Sonríe todo el tiempo y aún más cuando oye su canción “Salam alekum Salah” . Luego el grupo trabaja las percusiones corporales: golpearse la mejilla, el pecho, emitir pequeños gritos, chasquear la lengua... Descubren la sonoridad del cuerpo, su existencia  tanto como productor que como receptor de sonidos. Los jóvenes que no hablan toman también una posición en el grupo y se hacen entender gracias a una comunicación no verbal.

 

 

 

 

El taller dura desde hace cuatro años con efectos benéficos medibles. Nadia no hablaba en absoluto cuando llegó, hoy oyendo cantar su nombre, lo repite.  También reproduce algunas onomatopeyas y cuando Martín Saint-Pierre le canta “como estás Nadia” , ella responde “bien” riendo. Para Stefane el taller a facilitado su integración en el grupo. Al principio se golpeaba la cabeza contra los muros, se mordía, poco a poco, apaciguado, acepta estar cerca de los demás. Cuando el músico se lo pide, golpea sobre el tambor con una larga varilla, siempre la misma, una manera de decir “estoy ahí”. Si los progresos de los jóvenes representan el fruto del trabajo de un equipo educativo a lo largo de todo el año, ésta rinde homenaje al taller de percusiones. “Hemos visto los jóvenes implicarse progresivamente en el taller, aceptar estar en grupo, sonreír antes y durante el taller. Cuando ven la foto de Martín Saint-Pierre en el cuaderno de actividades, lo reclaman”, dice Florence Harvengt, la directora. “Yo no había asistido al taller desde hace un momentito y hoy estoy pasmada por el comportamiento de Stefane, tan atento, activo y receptivo a las proposiciones del músico. Lo más fuerte es que ha propuesto a Regís golpear el tambor mirándole a los ojos y pronunciando a su manera su nombre. Un verdadero intercambio”. Si Martín Saint-Pierre es atento con cada uno, conserva el control de lo que ocurre. En cuanto dice “STOP”, el joven para de actuar. “Aunque haya que mantener un cierta espontaneidad, todo debe estar bien encuadrado con el fin de dar un sentimiento de seguridad”, dice.

 

 

El taller dura una hora. Llega un segundo grupo de seis jóvenes. Entre ellos, Elie que es ciego. Mientras que sus compañeros actúan, se queda sentado en el fondo de la sala, se balancea chupándose el pulgar, una educadora cerca de él,  su balanceo se acentúa ligeramente, luego al cabo de media hora, oyendo “su” canción, se levanta, baila lentamente balanceándose de alante hacia atrás, se vuelve a sentar, siempre a una buena distancia de sus compañeros y pone su cabeza sobre las rodillas de su educadora, visiblemente más apaciguado. Cuando el taller finaliza, el ritmo de los tambores se apacigua y el músico entona la canción ritual de despedida “Se ha acabado Elie. Información que cantará a cada participante.

 

Evocando el ritmo cardiaco, las percusiones apaciguan

 

¿Cómo explicar el éxito de las percusiones para con los autistas? “ Yo utilizo siempre el mismo ritmo de base, el de las pulsaciones cardiacas que recuerda el primer sonido percibido por el feto en el vientre de su madre, luego lo acomodo con otros ritmos. Esta pulsación cardiaca es universal, oírla nos apacigua”, dice Martín Saint-Pierre. El uso de instrumentos simples de percusión permite también a esos jóvenes traducir corporalmente y musicalmente sus emociones. El taller implica un trabajo de grupo, los educadores son muy activos, proponen instrumentos, calman, estimulan, lo que tiene un efecto contenedor y de seguridad. Los jóvenes salen de su aislamiento y desarrollan interacciones entre ellos y los objetos. La percusión exige un mínimo de técnica y permite a cada uno, sea cual sea su habilidad, participar activamente a una vida  musical de grupo. La voz también tiene su importancia: tarareadas o vocalizadas, las canciones personalizadas revelan comprensión, respeto y afección y son portadoras de un reconocimiento de identidad. En el taller el joven aprende poco a poco a escuchar, mirar, imitar, osar expresarse en el cuidado del intercambio gracias a un lenguaje común y festivo. “Para estar cerca de los tambores, ciertos jóvenes aceptan acercarse a los demás, cosa difícil en tiempo normal. Además el hecho de que Martín Saint-Pierre sea externo a la institución aporta un plus a su vida social”, estima la directora de ARIA.

Las otras actividades están animadas por los otros educadores de la institución. “Por fuerza tienen en cuenta el estado del joven, de lo que ha vivido en la semana,  de lo que conocen de él, y modulan la actividad en función de todos esos parámetros. Martín Saint-Pierre no tiene todas esas informaciones ni la preocupación del aprendizaje, él aporta el placer de hacer”, observa por su parte Brigitte Nelles, la psicóloga de la estructura. Por tanto, sólo 13 jóvenes de los 28 que acogen los centros ARIA participan al taller. Para ciertos, la actividad es demasiado ruidosa, el grupo demasiado importante, lo que provoca angustias. Así durante el taller de percusiones el equipo les propone una actividad más reposada.