SOCIOPATÍA
INFANTO JUVENIL Y PSICOTERAPIA ASISTIDA CON ANIMALES
DEFINICIÓN
Su estudio muestra un hecho esencial y es que a pesar de planteamientos
diferentes basados en las distintas orientaciones, la observación clínica fue
mostrando un hecho común a todos ellos, como la existencia de individuos que
sin ser enfermos mentales propiamente determinados, tampoco son individuos
absolutamente normales. Sujetos en que no suele reconocerse alteraciones
intelectuales ni sintomatología psicótica característica, sino que su centra
en rasgos peculiares y de conducta.
En la actualidad, sustantivos que se usaron como manía,
locura sin delirio, locura de los degenerados, locura moral, etc., han sido
reemplazados por el de trastorno antisocial de la personalidad en términos
de clasificación psiquiátrica. Mas aún existe confusión nosológica entre
los términos trastorno antisocial y psicopatía.
Por la conducta antisocial, como punto de intersección entre ambos diagnósticos.
No es fácil estudiar este trastorno porque se mezclan los conceptos de
criminalidad, sociopatía y trastorno antisocial de la personalidad.
Hasta el siglo XIX se utilizaron términos distintos del de psicopatía, pero
que significaron el planteamiento básico y que posteriormente serían
conceptualizados. Lo esencial de estas primeras concepciones fue señalar la
existencia de individuos con graves defectos de la personalidad y conductas
antisociales, sin que se observaran daños intelectuales o sintomatología de
enfermedad mental (alucinaciones o delirios). El término psicopático como
adjetivo aparece por primera vez en el trabajo de Koch (1891) como
"inferioridades psicopáticas", pero aún considerando, al igual que
la abundante literatura de observaciones de los psiquiatras europeos,
la psicopatía como un defecto congénito en la capacidad de
refrenar la inmediata satisfacción de los deseos, y no como la
consideramos hoy en día: una deformación del carácter de las personas por las
circunstancias externas, en especial, desde luego, las de crianza. Se le abona a
Kraepelin que no obstante refirirse aún a los "moralmente insanos" ya
en 1887 ofreciera una lista de siete subtipos de psicopático: el excitable, el
inestable, el impulsivo, el excéntrico, los mentirosos y estafadores, los
antisociales y los pendencieros.
La nueva concepción como trastorno que obedece a causas no
innatas, parte de los escritos de Birnbaum en Alemania (1914) que usan ya con
propiedad el término "psicopático", y alcanzó su mayor consistencia
y aceptación general con la formulación de Kart Schneider “de las
"personalidades psicopáticas" (1923).
Algunas de las referencias anteriores están anotadas por el
psiquiatra chileno Claudio Naranjo, en “Carácter y Neurosis” (Editorial La Llave, Vitoria-Gasteiz),
cuya primera edición en inglés es de 1994, y que es precisamente nuestro marco
clínico de referencia para lo que subyace en el fondo de cualquier estilo de
personalidad y que para todas las personas hace una impronta de neurosis, en una
gama muy amplia de calidad y cantidad. Una gama que va desde los estados
patológicos propiamente establecidos e identificados, a las limitaciones
que no afectan mucho la funcionalidad y adaptabilidad de las personas a sus
experiencias de vida que son absolutamente individuales, únicas. Si que ello
quiera decir que las personas "sanas" hayan realizado todo su
potencial para manejar su supervivencia y su vitalidad, para manifestar los
frutos del amor y discernir con la mayor claridad mental qué le conviene y
compete, y qué no.
En este libro, "demasiado docto para ser fácil" como advierte él
mismo en su prólogo, Claudio Naranjo ensambló con erudicción y
solvencia, el conocimiento previo sobre los trastornos de personalidad más o
menos descritos y diferenciados en el Manual diagnóstico y estadístico de los
transtornos mentales de la American Psychiatric Association, DSM (versión III)
con el trabajo original del boliviano Óscar Ichazo, un filósofo autodidacto
que presentó, en 1969, en el Instituto de Psicología Aplicada de Santiago de
Chile, el Eneagrama de la Personalidad,
un modelo de nueve estilos básicos para cualquier personalidad, que ha sido
descrito como "una síntesis genial de la filosofía griega clásica y lo
que se llama desde Huxley filosofía perenne, inscrita sobre un teorema de Pitágoras".
Para lo que nos compete en esta presentación, breve y sin mayores pretensiones
de exhaustividad, la distinción subtipológica de Kraepelin es importante
porque existe aún la tendencia de tomar como sinónimos los terminos trastorno
psicopático de la personalidad, con el muy específico trastorno antisocial de
la personalidad.
Dos de las etapas más importantes del desarrollo humano a
lo largo del ciclo vital, lo constituyen la pubertad y la adolescencia.
La primera representa el periodo más destacado para el
acontecimiento de los cambios fisiológicos, endocrinos, neurológicos, psicológicos
y anatómicos que experimentan los organismos humanos entre los 10 y 13 años de
edad. Mientras que la segunda categoría hace referencia a un periodo del
desarrollo de mayor complejidad en los distintos niveles de organización del
ser humano. A diferencia del período infantil, donde ocurren cambios
relativamente tan acelerados como los observados durante la primera infancia, en
la adolescencia se configuran patrones más establecidos del funcionamiento
mental futuro. La presencia de fenómenos bio-psico-sociales de elevada
intensidad en cada una de las esferas del comportamiento de los adolescentes,
origina movimientos de procesamiento cognitivo y afectivo que conducen a mayores
niveles de integración y complejidad en la organización de la personalidad.
Operaciones de naturaleza defensiva y relacional son
reorganizadas para dar paso a la emergencia de una estructura yoica
tendiente hacia la estabilidad, la adaptación, la revisión de los propios
contenidos que la integra (gracias a la capacidad cognitiva del pensamiento
formal), y el desempeño de nuevos guiones y roles de comportamiento iniciados
con las conductas de prueba y ensayo en situaciones sociales normativamente
controladas (como clubes, escuelas, grupos de pares y la familia) para un
posterior desenvolvimiento social en la vida adulta.
Psicológicamente, el adolescente experimenta sentimientos
inconscientes de ambivalencia respecto a los cambios y transformaciones que
le acontecen. Renunciar al
estatus de niño, con todas las ganancias que supone esta
etapa, para aceptar el desafío de enfrentar nuevos roles con demandas jamás
experimentadas, empleando un cuerpo que sufre modificaciones consistentes,
representa uno de los principales retos en esta etapa.
Es importante distinguir un aspecto crucial en la concepción
de la adolescencia, y es su eminente contenido sociológico y cultural. Desde
las ciencias sociales, la adolescencia ha sido concebida como una representación
social del ejercicio de un conjunto de conductas culturalmente normadas,
valoradas y funcionales para un entorno sociocultural específico, en el que los
infantes han sido socializados con la finalidad de entrenarse para un desempeño
futuro exitoso, o para transitar en el menor tiempo posible hacia el mundo de
los adultos.
El carácter socio-antropológico de esta categoría, queda
demostrado con la no existencia de esta etapa en algunas culturas tradicionales;
o por lo menos, con la ausencia de comportamientos característicos de esta
etapa, evidente en las sociedades
occidentales, aunque, para algunos investigadores, se trate
solamente de diferencias en la expresión de contenidos sustancialmente comunes
y representativos de este periodo del desarrollo humano.
En tal sentido, podríamos decir que existen características
universales en el funcionamiento psicológico durante el periodo de vida
comprendido entre los 13 y 18 años de edad, aproximadamente, y dentro de un
rango inferior y superior máximo que
puede llegar hasta los 10 y 20 años de edad
respectivamente.
Así, observamos: la adquisición de la capacidad de
procrear, el cambio del pensamiento concreto hacia el abstracto, permitiendo la
capacidad de realizar operaciones lógicas y juicios morales complejos, la
aparición del pensamiento consecuencial, la planificación del comportamiento
dirigido hacia el futuro a través de la vocación y el desarrollo de metas de
vida (Herrera, 2002).
En medio de todos estos cambios y transformaciones, la tarea
principal que debe realizar el adolescente es construir la propia identidad,
es decir, establecer un sentido de mismidad y continuidad psíquica a través
del tiempo (Erikson, 1980). Los nuevos retos que debe enfrentar un adolescente
incluyen incorporar los cambios físicos a un nuevo esquema corporal, utilizar
nuevas habilidades cognitivas para la introspección y relación con otros e
instrumentalizarlas con el fin de formular un proyecto de vida que le permita
responder a las nuevas exigencias sociales.
Una tarea importante a nivel del ajuste o la adaptación del
comportamiento adolescente, es el control de los impulsos y el empleo
adaptativo de los mecanismos de defensa que en esta etapa de la vida son
“organizados”. Ambos constituyen criterios importantes al momento de hablar
de salud mental entre esta población, por ser considerados importantes
predictores evolutivos de un adecuado funcionamiento social, particularmente
respecto al manejo de las relaciones interpersonales, la capacidad para
postergar la gratificación y planificar la conducta, y el riesgo de incurrir en
conductas delincuentes.
Los cambios a nivel de la personalidad, se ubican en los
dominios de los rasgos de naturaleza educativa y cultural, antes que entre
aquellos influenciados por el temperamento, como la introversión, la extraversión,
el nivel de impulsividad y la estabilidad emocional, cuyo carácter es
fundamentalmente constitucional. De este modo, podríamos pensar que también la
personalidad sufre transformaciones importantes, mientras que otros aspectos
del dominio psicológico quedan estables, especialmente frente aquellos
componentes referidos a la socialización, el aprendizaje social y la influencia
vincular, que serán sensibles a posteriores transformaciones a lo largo del
ciclo de vida.
Otra importante tarea del adolescente, consiste en construir
su autonomía; para ello, es común y hasta saludable, el distanciamiento
“temporal” (del día a día) de los padres con el fin de encontrar nuevos
objetos de identificación y amor, así como cuestionarse a las figuras de
autoridad y cuestionar el statu quo. Su mundo social se amplía, y a las
relaciones con lo pares se suma a la búsqueda de integrar sexualidad e
intimidad (Carvajal, 1993).
Todos estos fenómenos se insertan en una serie de
intercambios entre el adolescente y su ambiente. Los psicólogos del desarrollo
coinciden al proponer una visión ecológica para el estudio de la
adolescencia (Silbersein y Todt, 1992). Según ellos, el desarrollo se debe
a la influencia de múltiples niveles contextuales y de organización familiar,
a las modificaciones en las relaciones de intercambio entre el adolescente y su
medio, y a las diferencias individuales.
Finalmente, también existe consenso en dividir el periodo
adolescente en tres etapas, aunque los limites cronológicos de cada una son
relativos, pues los límites están planteados por las tareas evolutivas o del
desarrollo 3 características de cada fase encontradas por el adolescente, antes
que por su edad (Carvajal, 1993).
La primera fase, la adolescencia puberal, se
caracteriza por los cambios físicos que exigen el reacomodo de la imagen
corporal y la integración de los impulsos sexuales. En la adolescencia
nuclear o intermedia, el desarrollo cognitivo y moral conduce a la revisión
de los valores. Es la etapa en que ocurre el distanciamiento de los padres
–necesario para afirmar la propia autonomía- y del crecimiento de otras
relaciones. Finalmente, durante la adolescencia juvenil se producen
elecciones laborales y vocacionales, y el futuro cobra mayor importancia a través
de la construcción de un proyecto de vida personal.
Tradicionalmente la adolescencia ha sido vista como una
etapa de alta vulnerabilidad y cambios complejos a distintos niveles de
organización que facilitan la condición social de población en riesgo; cuando
existen también enormes capacidades potenciales y aptitudes que en muchos casos
no logran cristalizarse ante la falta de oportunidades ofrecidas por el contexto
de desarrollo y que llevan a los adolescentes a producir oportunidades y
espacios donde pueden poner a prueba sus capacidades, confirmar su
identidad y procurarse alternativas de desarrollo que su entorno es
incapaz de proveerle.
Una interrogante importante al momento de discutir las
causas y las características del comportamiento sociopático entre los
adolescentes versa en la comprensión de su significado. Sería definir: qué
significa transgredir las leyes, que motivaciones o necesidades están detrás
del “delito” o conducta delictiva realizado por adolescentes.
Al respecto, la psicología ha identificado caminos
distintos que conducen a la infracción penal. Por un lado, los diagnósticos en
psicopatología establecen
diferencias entre los perfiles del delincuente juvenil, desde el modelo de la
personalidad antisocial, la psicopatía y la sociopatía; mientras que la
psicología del desarrollo plantea las causas desde las deficiencias en el
desarrollo de la moral, el empleo de estrategias desadaptativas de afrontamiento
hacia el estrés y el aprendizaje de conductas delincuenciales como instrumentos
para sobrevivir frente a la adversidad, la marginalidad, la exclusión social,
la pobreza, así como diferentes traumas de índole psicológica y familiar en
diferentes momentos evolutivos en cualquier entorno social.
Podemos tratar definir conducta antisocial, aunque no
necesariamente toda conducta antisocial es calificada como delictiva.
Angenent y De Mann (1996) definen la conducta antisocial
como aquellas actividades que en términos de las normas y costumbres se
consideran indeseables o incluso inaceptables por la sociedad.
Hay autores concluyen que definen a la delincuencia juvenil
como un trastorno del comportamiento penado por la ley.
En lo concerniente a factores externos se ha aludido con
frecuencia a los valores de la comunidad. Así mismo, el tipo de vecindario en
que se vive y el estrato socioeconómico
de pertenencia son índices predictores del comportamiento.
Entre los factores interpersonales debemos mencionar tres
especialmente importantes: familia, escuela y grupos de pares. Con
respecto a la familia se han identificado factores estructurales como el tamaño,
trabajo de las madres, el orden de nacimiento y la ausencia de uno de los
progenitores (especialmente la figura paterna). Posteriormente se prestó mayor
atención a factores dinámicos tales como el clima familiar, la calidad de las
relaciones vinculares, el apego del adolescente hacia sus padres, la comunicación,
los estilos de crianza y disciplina.
Asociaciones evidentes tienen que ver con el trastorno de
personalidad antisocial y sus precursores en la infancia: trastorno de déficit
de atención por hiperactividad, trastorno oposicionista y trastorno de conducta
(Lahey y Loeber, 1992).
Así mismo han sido identificados algunos rasgos de
personalidad frecuentes en los “infractores” como son la impulsividad,
dificultad para postergar la gratificación, autoconcepto de uno mismo
disminuido, falta de habilidades sociales, poca empatía y poca capacidad de
sentir culpa (Blackburn, 1995).
De acuerdo a la clasificación de Lykken (2000), en el
espectro del delito perpetrado por adolescentes, un grupo de adolescentes
infractores y delincuentes juveniles delinquen como consecuencia de tres
factores predisponentes que pueden constituirse progresivamente en un patrón de
comportamiento antisocial:
1.-Intensificación
de las transformaciones psicológicas propias del periodo evolutivo.
2.-Exposición
temprana a una socialización deficiente como consecuencia de una
práctica familiar intrusiva o
distante y una composición familiar que el niño percibe como insuficiente y
que podría dar origen a la Sociopatía.
3.-Presencia de
rasgos temperamentales elevados como la búsqueda de sensaciones intensas,
impulsividad y ausencia de miedo, que podrían desencadenar en Psicopatía.
Fundamentos del Sistema Metodológico del tratamiento:
La Razón : Cambio de actitud a través del conocimiento y
comprensión.
La Fe : Adquisición de valores espirituales.
El Respeto : Propiciar una cultura de Paz.
El Afecto : Clima de confianza y apoyo emocional.
La Oportunidad de la experiencia
Autoridad significa tener prestigio, ascendiente,
influencia, fuerza moral. Hay que ganarla por la propia conducta y el ejemplo
que despierten admiración. El respeto de los hijos y deseo de imitación. No es
imposición ni autoritarismo, ni orden ni mando, ni egoísmo. Requiere tener
dominio de sí mismo por parte de educadores y padres y madurez afectiva.
Ha sido desacreditada por los mismos educadores, psicólogos,
psiquiatras que por otro lado son quienes pueden enseñar a ejercerla. Y es
necesaria para educar porque da seguridad, marca unos limites en la
conducta de los hijos y estimula a hacer las cosas de manera adaptativa para el
ambiente
La autoridad debe ejercerse con serenidad y firmeza,
sin olvidar que el niño es una persona y como tal hay que respetarle y
tratarle, no considerarle como perteneciente a los padres, a quien se puede
manipular en beneficio y servicio suyo. La autoridad se puede perder bien
pronto, en los primeros años de la vida del niño cuando éste empieza a pedir
cosas, incluso sin tener aún suficiente lenguaje, pero sí sabe llorar si no se
lo dan y entonces se le concede para que calle (lo cual es lo más fácil).
Aprende, pues, que llorando se consiguen los deseos.
Estas conductas se pueden ir agravando con la edad, con
rabietas, gritos, agresiones, exigencias cada vez mayores que provocan
agresividad y rechazo en los padres que intentarán resistirse pero que al ceder
pueden estar reforzando la conducta
del niño que sabe tiene en su poder a los padres a quienes cada vez exigirá
caprichos más difíciles de conceder. Esto hay que evitarlo desde el principio,
enseñándole lo que puede hacer y lo que no es conveniente, explicándoselo con
palabras sencillas pero manteniéndose firmes y que no haga lo que no debe
hacer. Debe hablarse con dulzura, suavidad y firmeza, sin gritos, insultos ni
amenazas que no se van a cumplir.
No hay que preguntarles continuamente qué es lo que quieren
o darles a elegir entre varias opciones cuando aún no saben lo que desean
porque tenderán a oponerse a lo que se les ofrece. Tampoco hay que mandarles de
forma imperativa y tal vez en momentos inoportunos para el niño, cuando juega o
realiza alguna actividad, porque entonces se resistirá pasivamente esperando
que se lo digan muchas veces o se rebelará diciendo no quiero. Es más rápido
ir a coger algo que se necesita que pedírselo al niño. Hay que inducirle y
proponerle la actividad que deseamos como dándolo por hecho, pero de forma
agradable, de buena manera, como petición y colaboración. Se consigue
mas del niño dedicándole un tiempo para hablar con él de buena forma, creando
un ambiente agradable para la convivencia y que ésta no sea una pesadilla o un
castigo para todos sino algo deseable y positivo que hará que el niño quiera
aceptar voluntariamente las propuestas de los padres y psicoterapeutas y este
contento de complacerles.
Las tres palabras clave son: justicia, firmeza y coherencia.
Hay que evitar el "chantaje": si te portas bien te
doy esto, si no te castigo. Estas condiciones aprenderá luego a ponerlas él.
No se le debe enseñar a actuar por conseguir el premio o evitar el castigo. El
niño debe comprender que el mejor premio es la alegría propia y de los
padres por la buena conducta, la satisfacción que a todos esto produce y no la
recompensa material ofrecida o exigida para realizar cualquier acción normal.
No deben establecerse comparaciones con hermanos y amigos
poniéndoles como "modelo". Esto no será un estímulo, más bien
sentirá rechazo hacia ellos y procurará destacar con otra conducta. Cada uno
es diferente, con su propia personalidad y que hay que apoyar de forma positiva
para su desarrollo.
Los castigos no deben ser necesarios, sólo como recurso
excepcional, para corregir actitudes negativas y teniendo un aspecto positivo de
conseguir conductas adecuadas, compensatorias del error cometido o alguna
privación de algo deseado. Es educativo que el niño asuma la responsabilidad
de sus actos, asumir los resultados es aprender a hacerse responsable de sus
decisiones. Mas no se debe amenazar continuamente con castigos que no se van a
imponer o se van a levantar ante la insistencia del niño. Tampoco imponerlos a
largo plazo o empalmar unos con otros de manera que siempre esté castigado.
Todo ello engendra más agresividad. Si se establecen se deben cumplir, después
de lo cual hay que olvidar la situación y evitar el rencor. Nunca deben ser
corporales, ni que causen miedo, ni signifiquen desprecio o perdida del cariño
de los padres.
Los criterios educativos deben establecerse con el acuerdo de ambos padres
conseguido antes de aplicarlos al niño evitando totalmente la desautorización
de uno por el otro. También hay que mantener una igualdad de criterios siempre,
que estos no dependan del estado de ánimo de los padres o de otras
circunstancias. Esto evidencia inseguridad o falta de ecuanimidad de los padres
y desconcierta al niño.
Los psicoterapeutas pueden inducir a los padres a tener
presente que la educación ha de ser positiva: más cosas permitidas que
prohibidas y que el mejor si no el único método educativo, es el ejemplo de la
conducta de los padres y hacia ellos.
La reacción al antiguo modelo educativo autoritario ha sido
en este último cuarto de siglo la implantación de una tendencia al “Modelo
Permisivo”.
Los padres de esta época, guiados por las corrientes
sociales, empezaron a valorar negativamente la educación que habían recibido y
los mismos educadores difundieron la idea de que la frustración era perjudicial
para el desarrollo psicológico del niño y por tanto había que evitarlo y
satisfacer los deseos y apetencias de sus hijos, llegando en muchos de los casos
a la sobreprotección.
De esta forma, el autoritarismo ha pasado a manos de ellos
que son los que imponen sus criterios a los padres que han quedado confusos,
desorientados, indefensos ante sus exigencias.
Es por eso hay
que tener en cuenta que la frustración es necesaria e inevitable en la vida y
antes o después los jóvenes se encontrarán con ellas y si no han aprendido a
superarlas se sentirán hundidos, desgraciados, incapaces de reaccionar llegando
a desarrollar diversos trastornos somáticos y psíquicos. La rechazan
totalmente, no la toleran y les hace reaccionar con agresividad y violencia,
llegando a límites como la delincuencia o el suicidio.
Hay que tener presente que si hay que cubrir las necesidades
básicas de los niños como de toda persona, también es cierto que las
frustraciones tienen aspectos positivos si se aprende a superarlas porque
estimulan la inteligencia, la imaginación y creatividad y la búsqueda de
nuevas soluciones. La tolerancia a la frustración es un preventivo magnífico
para aprender a controlar los impulsos, a desarrollar la voluntad,
aceptar la realidad y madurar la personalidad.
La sobreprotección les incapacita,
detiene el progreso personal, les inhibe ante la dificultad, les hace egoístas,
inseguros, insatisfechos, dependientes de los padres que, a su vez, también están
siendo egoístas al anular al hijo, pretendiendo su inmadurez. Las actitudes
sobreprotectoras paternas tienen gran repercusión en los niños perturbando la
adquisición de los hábitos elementales y su estado emocional.
Como conclusión podemos decir que es la aplicación de la
educación en el humanismo la mejor prevención de la sociopatía infanto-juvenil.
La educación de los hijos depende en mayor medida de cómo fue la educación de
los padres.
La psicoterapia sería una herramienta re-educativa tanto
para padres como para los adolescentes en caso de que surjan dificultades.
Pasamos a definir lo que es nuestra herramienta de
psicoterapia que se complementa perfectamente con las herramientas de
autoconocimiento y autocontrol emocional que aplicamos en consulta.
Uno de los síntomas que se repite en los adolescentes con
problemas de sociopatía es su experiencia en los grupos de contacto de maltrato
a los animales, al débil, al vulnerable. Se necesita, para alimentar el poderío,
el liderazgo en el grupo y en general el sentido de la falta de sentimientos de
compasión que desde mi punto de vista es necesario fomentar para la consecución
de metas. La psicoterapia consiste en poder llevar al adolescente que presenta
rasgos sociópatas, a un estado interno que nos permite hacer acuerdos con él.
En nuestra experiencia, asistiendo adolescentes entre 14 y
18 años, el contacto con caballos, mucho más que con mascotas que también están
en nuestro recorrido y ejercicio profesional, ha tenido resultados altamente
positivos. Los caballos reúnen condiciones de tamaño, etología y comunicación
totalmente apropiados para desarrollar un trabajo psicoterapéutico profundo y
positivo en todos los sentidos: cognitivo, conductual y emocional, así como de
las escala de valores de la que hablábamos anteriormente.
ETOLOGIA EQUINA APLICADA A LA PSICOTERAPIA.
El conocimiento y correcta aplicación de la etologia
equina, hacen que el ser humano se vea obligado a procesar la información de
una manera diferente a la que comúnmente lo hace, cuando tiene la experiencia
de relacionarse con un caballo.
El ser humano es por naturaleza un depredador desde su
cerebro reptiliano o instintivo. A través de dicho cerebro, piensa, desarrolla
estrategias y en general ve el mundo bajo la perspectiva de dominancia típica
de los seres que buscan la presa y desarrollan una estrategia de caza, llevarla
a acabo y así poder sobrevivir. El desarrollo de sus sentidos desde el
instinto, tiene solo esa finalidad.
Los adolescentes con problemas de conductas antisociales y
sociópatas, procesan la información desde el cerebro reptiliano. No han
fomentado el equilibrio entre el instinto, la emoción y el pensamiento, que
crea la escala de valores humanistas.
La naturaleza del caballo es la opuesta contrastante: la de
presa, y todo su comportamiento etológico está impulsado por su instinto presa
que se desarrolla para estar muy atento a lo que sucede a su alrededor, con el
único objetivo de no ser víctima de un depredador. Para vivir, el caballo
requiere aparte de alimento, agua y
movimiento, de compañía. Su patrón natural es la manada. Él no necesita
desarrollar estrategia, ni planes de futuro, simplemente vive el presente y
recuerda lo que necesita para su supervivencia. Lo esencial con él es que su
manera de relacionarse con los demás seres es bajo el liderazgo.
De este modo en la ecuación adolescentes y caballos, se
unen dos conceptos que a priori pudieran parecer incompatibles: un cerebro presa
y un cerebro depredador con un fin común. La doma natural, y la etología
aplicada a la psicoterapia no es más que lograr que esta ecuación funcione para
las dos partes. El trabajo del ser humano será comprender que somos
nosotros los que tenemos la capacidad cerebral para que esto sea una realidad.
Cualquier ser humano, siempre que esté junto a un caballo
podrá desarrollar esa capacidad,
si se le sugiere la posibilidad de
demostrarle al animal que “con mi saber estar, con mis modales
apropiados y mi respeto esencial hacia otros seres vivos, puedo minimizar
la ocurrencia de desarmonías y relacionarme desde la paz”. Es así como se
produce de manera natural y espontánea la frase psicoterapéutica por
excelencia: “no es para tanto”. Se amplía, por tanto, la comunicación
hacia otros seres vivos que no emplean roles preponderantes ni maquinan nada,
limitándose a responder a lo que percibe su instinto. Los animales que
utilizamos en nuestro trabajo, en este caso los caballos, permanecen sueltos en
el campo y formando manada. Son profundamente
respetados desde su canal de comunicación y desde su esencia como caballos,
por sus cuidadores y adiestradores, con quienes conformamos
un equipo de trabajo eficaz, en el servicio que brindamos.
A través de la comunicación con los caballos, su manejo y
adiestramiento, desde el mejor conocimiento de su etología, del estudio de su
conducta y sus sentidos; de la atención hasta el control de la respiración, y
mediante la aplicación de la ciencia de la proxemia, es
a través de esa consciencia del cuerpo y de los movimientos circulares,
como nuestra experiencia ha obtenido resultados de
cambio profundo en el procesamiento de la información que hace el
adolescente. Con una transformación real de su mundo
instintivo que se abre de una manera natural y maravillosa a la compasión.
Es una transformación que integra el instinto de manera libre y no defensiva;
integra el sentimiento desde la memoria básica de la relación materno-filial;
integra el proceso mental del pensamiento y aplicación del lenguaje y la lógica
del discurso, y amplía el proceso hacia una visión integral del proceso de
encuadre y comprensión del mundo en que vive el adolescente.
Isabel Salama
Felipe Lleras
www.isabelsalama.com
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