EL ROSTRO DE DIOS

Dice el versículo 26 del capítulo primero del Génesis: "Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra..."; y dice el 27: "Crió, pues, Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le crió..."

En una de las tradiciones sufis del siglo X d.C., ¡hace más de un milenio!, el eneagrama tenía un nombre bellísimo: El  Rostro de Dios. Una, no la única, de las interpretaciones, es que cuando nace un niño, la Luz Blanca Divina se refracta en un prisma generando nueve colores y de uno de ellos es la Chispa Divina que cada ser humano recibe y poseerá por el resto de su vida: su esencia.

La Compasión de la Verdad, El Amor Activo, La Serena Perfección, La Libertad del humilde, La Verdad Esperanzadora, La Armonía Original, La Generosidad Omnisciente, La Valentía de la Fe,  La Templanza del Gozo... Imposible decidir cuál es más hermosa... Todas son cualidades del Ser, Atributos de Dios.

Esto significa que mi número en el eneagrama es la vía o forma con la cual puedo expresar como está presente en mí,  la imagen y semejanza de Dios. Nada menos.

Por eso la persona vale por lo que es y  si cada uno de nosotros tenemos esa imagen y semejanza, ¿qué hace mi número  en el Eneagrama? Me muestra el camino, la metodología y a la forma con las cuales puedo y debo expresar y vivir, ya que está viva en mí, la imagen y  semejanza de Dios. Y el Uno lo expresa como Uno,  el Dos como Dos y el Tres como tal... Así, todos los seres humanos hasta el Nueve.

 

Según estos sufis,  cada uno de los números en el  Eneagrama es como una piedra preciosa en la cual se refleja la Luz de Dios en forma inequívoca, única e irrepetible. Esto indica que los sufis ven al Eneagrama como un mosaico, cuya belleza está en la variedad de  sus colores... de todo el colorido. 

Ese  colorido  lo da cada  una  de  las piedras, siendo el color que le corresponde ser. Si faltase  una piedra u otra, se produciría un vacío y el Mosaico estaría incompleto. A una piedra yo no podría darle el color  que ella no puede dar, a ninguna otra tampoco. Pero a cada una de ellas, sí tengo el derecho de pedirle el color que debe dar. De allí que afirmemos  que ningún número es mejor que otro.  Debo solo esperar de él, o pedirle,  la Luz  que le corresponde dar.  Es posible que en un momento dado, según  de dónde provenga la luz,  una piedra ilumine más  que  otra. Pero en otro momento, por la misma razón, ilumine menos. Por eso la maravilla de la vida, espectáculo de Luz y Sonido, es una compilación de colores,  de luces, de reflectores que van cambiando. 

La enseñanza inherente es que hay que respetar y aceptar a cada uno como es y que los números  no  se discuten ni se oponen.  Lo que se opone  es la actitud que yo tomo ante otra persona -mi pasión- también característica entre nueve posibles. Quiero que todos sean como yo, como mi número, lo cual aparte de complicado me empobrece. Si pretendo que  todos sean  como  yo, lo que estoy  es tratando de impedir que el Rostro de Dios brille en el mosaico, y mi llamado no es a exigir e imponer a los demás que sean como yo. Mi llamado es a que mi corazón sea el espejo que refleje la luz de Dios con ese bello color  propio.

¡Que hoy y siempre renazca en cada uno de nosotros el niño Dios e ilumine su entorno con el color de su brillo natural!