PRECAUCIONES
«Jamás el hombre medita demasiado sobre los
secretos de su corazón; jamás despliega demasiada vigilancia para guardar
las mil puertas por donde se introduce la iniquidad; jamás se precave
demasiado contra las innumerables asechanzas con que él se combate a sí
propio.
No son las pasiones tan terribles cuando se
presentan como son en sí, dirigiéndose abiertamente a su objeto, y
atropellando con impetuosidad cuanto se les pone delante. En tal caso, por
poco que se conserve en el espíritu el amor de la virtud, si el hombre no
ha llegado todavía hasta el fondo de la corrupción o de la perversidad,
siente levantarse en su alma un grito de espanto e indignación tan pronto
como se le ofrece el vicio con su aspecto asqueroso. Pero, ¿qué peligros
no corre si, trocados los nombres y cambiados los trajes, todo se le ofrece
disfrazado, trastornado? ¡Si sus ojos miran al través de engañosos
prismas que pintan con galanos colores y apacibles formas la negrura y la
monstruosidad!
Los mayores peligros de un corazón puro no están
en el brutal aliciente de las pasiones groseras, sino en aquellos
sentimientos que encantan por su delicadeza y seducen con su ternura; el
miedo no entra en las almas nobles sino con el dictado de la prudencia: la
codicia no se introduce en los pechos generosos sino con el título de
economía previsora; el orgullo se cobija bajo la sombra del amor de la
propia dignidad y del respeto debido a la posición que se ocupa; la vanidad
se proporciona sus pequeños goces engañando al vanidoso con la urgente
necesidad de conocer el juicio de los demás para aprovecharse de la crítica;
la venganza se disfraza con el manto de la justicia; el furor se apellida
santa indignación; la pereza invoca en su auxilio la necesidad del
descanso; y la roedora envidia, al destrozar reputaciones, al empeñarse en
ofuscar con su aliento impuro los resplandores de un mérito eminente, habla
de amor a la verdad, de imparcialidad, de lo mucho que conviene precaverse
contra una admiración ignorante o un entusiasmo infantil. »
Si no fuera por su hermoso estilo literario, que
conserva por 160 años la misma claridad, parecería del texto de l
eneagrama de las pasiones... pero es el aparte XL, capítulo XXII (El
entendimiento Práctico), de El Criterio, obra clásica
del sacerdote católico, teólogo, filósofo y humanista español Jaime
Balmes, escrita hacia 1843, que reposa empolvada en muchas de
nuestras bibliotecas familiares, y conserva intacto su valor, con una gran
ventaja: podemos leerla en el idioma original, el nuestro.