La plana. Por: Julio César Londoño
Hablaba con peces y pájaros
Octubre 15 de 2009
Dicen
que el rey Salomón tenía un anillo que le permitía entender los
lenguajes de los animales, descubrir secretos de la naturaleza y
neutralizar a sus enemigos. Que tal sabio obrara prodigios en esos
tiempos mágicos es apenas normal, pero que un hombre repita el milagro
en el Siglo XX es admirable: se llamó Konrad Lorenz y su rostro (pelo y
barbas blancas) es famoso por una foto que lo muestra sumergido hasta
el cuello en un lago, entre dos gansos que lo miman y besan y
‘despiojan’.
A los cinco años, Konrad ya era dueño de un circo
que abría los domingos en la granja de los Lorenz en Altenberg, aldea
austriaca. Los artistas eran cuatro gansos montaraces, dos perros, una
ardilla y un mono capuchino. Aunque bien amaestrados todos, la estrella
del elenco era una rana blanca que sabía sumar. Los niños de la aldea
pagaban la entrada con trompos, cromos, peces de colores, mariposas
raras, dulces o muñecos viejos. La única que entraba gratis era una
vivaz niña pelirroja, que sería con el tiempo su mujer.
Con los
años aumentó hasta el vértigo su colección de animales. Siempre vivió
en casas campestres que olían mal, en compañía de cuervos, ratas,
hamsters dorados, makis mongos, salamandras, gansos, grajillas, perros,
peces, cacatúas de moño amarillo… Claro que estos amigos roían,
brincaban, quebraban, reptaban, saltaban, rompían, chillaban y cagaban
sin pausa, pero por fortuna sus padres, primero, y la señora pelirroja,
después, soportaban mal que bien la barahúnda.
A cambio, Lorenz
llegó a ser la primera autoridad mundial en zoología y obtuvo el Premio
Nobel de Medicina y Fisiología en 1973 por sus trabajos en el campo de
la etología. No sé si alguien haya sabido más de animales que él, pero
estoy seguro de que nadie ha sido más amigo de ellos, ni siquiera
Francisco de Asís.
Lorenz se interesó por la comunicación de los
animales y confirmó que el lenguaje de las hormigas es odorífero (como
habían descubierto J. H. Fabre y M. Maeterlinck), pero cuando necesitan
precisión recurren al lenguaje táctil de las antenas, y descubrió que
en los cuatro primeros segmentos (son once en total) están inscritos,
como en un código de barras, sus “datos personales”.
Amaba
especialmente los pájaros, los peces y los perros. A los perros les
dedicó un tomo aparte, ‘Cuando el perro descubrió al hombre’. Podía
pasarse días enteros frente a su acuario de cien litros mascando pipa.
De los pájaros, se sabe que lo seguían en bandadas cuando salía a
pasear en bicicleta por los caminos de Altenberg, y que en las vísperas
del invierno los vecinos podían verlo encaramado en el techo de la
casa, agitando frenético grandes banderas: trataba de llamar la
atención de aves migratorias que volaban, perdidas, rumbo al Norte.
Parece que la operación, entre científica y mágica, arrojaba resultados
muy discretos y que sólo lograba salvar unos cuantos ejemplares, pero
para él ese puñado de vidas salvadas del frío era importante.
Lo
encontraron muerto una tarde en su mecedora en el mirador de la granja.
El súbito aneurisma no alcanzó a ensombrecer su expresión.
Dicen
que fueron los mismos pájaros que Paolo Ucello pintaba los que le
revelaron las leyes de la perspectiva. Yo creo que a Konrad Lorenz sus
animales le enseñaron el secreto para morir en paz.