Las Pasiones Capitales 6
El Miedo
Si nos dejáramos llevar por una idea superficial del miedo como pasión
dominante de un tipo de personalidad, jamás podríamos yuxtaponer en este rasgo
personajes tan opuestos como Don Quijote, Dostoyevsky, Hitler, Woody Allen,
Gandhi o Krishnamurti. Pero he aquí precisamente la profundidad y sutileza del
eneagrama, que no es un sistema de generalizaciones, sino una vía de
conocimiento de sí y, por ello, un mapa dinámico de interpretación de la
realidad, a veces aparentemente paradójico, pero de una enorme coherencia.
El miedo constituye, en el símbolo del eneagrama, uno de los ángulos básicos
(ángulo inferior izquierdo) del triángulo formado por la "pereza"
(ángulo superior -eneatipo 9-) y la vanidad (ángulo inferior izquierdo
-eneatipo 3-, éste último, ya tratado en Las
Pasiones Capitales 3 - La Vanidad). Es, por tanto, una de
las tres piedras angulares de todo el edificio emocional, que explica con una
claridad meridiana, comparándola con la visión freudiana de la neurosis como
transformación de la ansiedad de la infancia, Claudio Naranjo, en su nunca
suficientemente recomendado "Carácter y neurosis. Una visión
integradora" (
Es común que en la infancia no tuvieran un apoyo sólido emocional, por orfandad
o ausencia psíquica de los padres, o que el ambiente familiar fuera
incoherente, las pautas de conducta cambiantes o las reacciones de los mayores
violentas o imprevisibles. En algunos casos, también la actitud superprotectora
de una madre siempre preocupada pudo ser el factor dominante de la formación de
un "seis", o la existencia de una madre víctima y culpabilizadora,
tipo 4 (Véase Las
Pasiones Capitales 4 - La Envidia). Sin embargo, las
reacciones pudieron, ya desde entonces, adoptar variantes muy contrapuestas: la sumisión a la autoridad de naturaleza adaptativa y
afectuosa, la
rebelión y la agresión como huida, y la rigidez prusiana intolerante ante
cualquier tipo de ambigüedad.
La segunda actitud, por ejemplo, se da en personas que nadie calificaría de
cobardes, porque su miedo profundo y nunca reconocido les lleva a lanzarse a un
torrente sin pensar, a agredir a alguien más fuerte sin prever las
consecuencias o a trabajar en profesiones de riesgo para mantener un alto
estado de adrenalina que les aleje de su debilidad más oculta. Recuerdo ahora a
un guardia de seguridad de este rasgo, que había vivido toda su vida asustando
a los demás para huir de su propio susto. Confesaba que ningún compañero quería
trabajar con él, porque cuando conducía el furgón blindado lo hacía siempre a
150 por carreteras de costa llenas de curvas. Con su 1,90 de altura, su
constitución atlética y su mirada desafiante y dura mantenía a raya el peligro permanente que para él suponían
los demás. Era un representante típico del Seis
contrafóbico.
El subtipo "conservación" presentará
un aspecto totalmente opuesto de afabilidad, confiabilidad y afecto. Incluso, a
veces, de cierta fragilidad asustadiza, como los personajes representados por
Woody Allen en casi todas sus películas; fragilidad protegida por el desarrollo
de una gran capacidad de raciocinio, capaz de prever todas las posibles
consecuencias de las diferentes opciones, aunque ello les lleve a cuestionarse
continuamente, dudando de sí mismos, a diferir la acción y, a veces, a la
parálisis ante la toma de decisiones.
El subtipo "social" necesita
especialmente el grupo y las normas para sentirse bien. Sus aspectos positivos
serían la lealtad, la amistad duradera y la solidaridad. Sus extremos le
llevaría al perfeccionismo,
la rigidez y el fanatismo para cumplir y hacer cumplir las
normas. Algunos aspectos del carácter alemán podrían ilustrar las dos caras de
este tipo de carácter. El nazismo, desde esta perspectiva, sería la patología
social extrema de la búsqueda del orden perfecto, de la norma inamovible, de la
protección ante la imprevisibilidad de los movimientos sociales, del padre
omnipotente y controlador que lo decide todo.
Pero más allá de las diferencias, todos
los seis tienen en común un gran deseo de ser aceptados, basado
en un sentimiento de inseguridad; pero boicotean
su necesidad con la desconfianza hacia los demás, porque no
confían en sus propias percepciones. Para compensar, necesitan acopiar datos y
analizarlos una y otra vez, escudriñar el rostro de los demás para percibir señales y mensajes ocultos.
Esto les hace muy sensibles al engaño y
a la falsedad. Podría decirse que tienen un especial olfato
para detectar cuándo alguien les intenta dar gato por liebre. Suelen ser
ordenados, correctos, justos y ecuánimes, puntuales y responsables. Tal vez por
ello, algunos prefieran trabajos en los que las normas estén claramente
establecidas, como el funcionariado, la policía, el ejército o la docencia, aunque
los contrafóbicos preferirán probablemente crear su propio empleo o, al menos,
no estar sometidos a jefes ni a autoridades.
Existe un lema en el que casi todos coincidirían: "Deberíamos vivir a posteriori".
Así empieza la última novela, "Los frutos de la pasión", de la serie
del personaje creado por Pennac en 1985, Benjamin Malaussène. Este personaje
literario trabaja en unos grandes almacenes para recibir las quejas y
reclamaciones de los clientes descontentos y sigue siendo el chivo expiatorio
en su vida familiar. Tal vez no sea un Seis típico, pero sí acaba paranoico y
viendo enemigos en todas partes. Y la
paranoia es la patología principal de este rasgo.
Vivir a posteriori significaría no tener que arriesgarse, decidir sobre seguro,
saber de antemano que la decisión es la correcta, corregir el tiro en caso
contrario. Cuando le pregunté recientemente a un paciente que se reconocía en
este rasgo qué le parecía la frase, respondió con una vacilación menor de la
habitual en él: "Firmaría ahora mismo" e inmediatamente se
justificaba diciendo: "Pero es que creo que todo el mundo la
firmaría". Esa es precisamente la distorsión cognitiva de cada carácter: creer que el mundo es de una determinada
forma para todos, que todos
los demás piensan, sienten y actúan lo mismo que ellos. En este
caso, no le cabía en la cabeza que, para un emocional Dos o un impulsivo e
intenso Ocho, la vida sería un aburrimiento si todo se supiera de antemano.
He de confesar que, hasta que empecé a profundizar en el Eneagrama, no entendía
mi propia impaciencia y desánimo ante determinados pacientes que, sesión tras
sesión, se mostraban activos, aparentemente colaboradores y rápidos en admitir
los señalamientos, pero que, en el último minuto, desmontaban todo lo elaborado
durante casi una hora, con una pequeña duda o simplemente soltando como quien
no quiere la cosa: "Todo
esto está muy bien, pero podría ser lo contrario". Ahora
entiendo esa ambigüedad
del Seis entre la aceptación de la "autoridad" y la rebeldía
desconfiada y, sobre todo, su necesidad de hacer de
"abogado del diablo" de su propio proceso, de poner todo en cuestión
una y otra vez hasta la saciedad.
En seres que han hecho un trabajo de autoobservación no contaminada y que han
trascendido el miedo, puede producirse una iluminación precisamente a través de
este cuestionamiento permanente, como ilustra el caso de Krishnamurti, tal
vez uno de los Maestros espirituales más atípicos y aclamados de este siglo.
Jiddu Krishnamurti renunció en
Otro gigante histórico que superó la timidez y el retraimiento de su infancia
fue Gandhi, el apóstol de la no violencia, tal vez, una de las formas más
sutiles del coraje. Sin embargo, su filosofía no se basó tanto en la indagación
a través del conocimiento, como en el sentido del deber y una moral estricta y
peculiar.
A las personas que se identifiquen con la pasión del miedo podría servirles vivir más el presente, sin imaginar desgracias futuras;
mirar la realidad
profundamente sin distorsionarla añadiendo el quinto pie que el gato no tiene;
fomentar su lealtad y solidaridad confiando más en sí mismos como primer paso para
poder empezar a confiar en los demás y, sobre todo, ABRAZAR EL VALOR de
Las Pasiones Capitales
2
El Orgullo
Ella -porque era una "ella" y no un "él"- entró en mi
consulta con paso elegante de gacela, se sentó en el sillón con una
desenvoltura algo llamativa y me miró unos instantes directamente a los ojos
como si me preguntara con la mirada: ¿reconoces mi
belleza de alma? Sin darme tiempo a que yo pudiera verificar si se
trataba simplemente de una fantasía mía o de una intuición basada en la
experiencia, me ofreció maternalmente una pastilla para la tos al oírme
carraspear, al tiempo que me aconsejaba: "Tómate este caramelo de propóleo
y miel y verás cómo se te pasa la tos. Supongo que no fumas, pero quizá vas
demasiado poco abrigado con estos bruscos cambios otoñales de
tiemperatura".
Es éste el primer recuerdo que me ha venido a la mente al
iniciar estas reflexiones sobre las personas cuyo patrón de comportamiento
viene esencialmente motivado por la pasión del orgullo. Pero lo mismo que los auténticos
iracundos tienen tapada su ira (Véase Las Pasiones Capitales 1 - La Ira),
los orgullosos del eneagrama no suelen ser conocidos por su orgullo, sino por
su davidosidad y preocupación por los demás, que
puede resultar invasiva. No son los burdos y soberbios luciferinos de los que
nos hablaban los curas cuando trataban el pecado capital de la soberbia, sino
ese tipo de personas que van siempre cubriendo
las necesidades ajenas, movidas por el ansia de ser
reconocidas, de ser queridas, de recibir lo que con tanta generosidad ofrecen
sin que nadie se lo pida.
Su
intensa necesidad de amor, frustrada en algún momento de su
infancia, les hizo desarrollar un arraigado mecanismo de compensación de considerarse especiales. Sin embargo, la necesidad original sólo queda amortiguada a través
del amor del otro, de un poco de intimidad, de compartir
emociones, de ser tenido en cuenta.
La clásica "mujer fatal"
de tantas novelas y películas famosas no es sino una pobrecita niña que busca
en el fondo los mimos y las caricias de papá, para el que fue, en algunas
ocasiones, su "princesita" o que, en otras, estuvo ausente y fue
idealizado.
En algunos hombres -son más
numerosas las mujeres de este tipo, calificada en el Eneagrama como Dos-,
la actitud se parece más a una cierta competitividad, sólo encubierta a primera
vista: ellos son los primeros y, si no, lo intentan ser, por el esfuerzo o por
el encanto: nunca se saltarán una cola a puñetazos, sino sonriendo, ofreciendo
algún consejo o buscando la amistad de quien tenga poder para ponerles en
cabeza.
Sin embargo, hombres y mujeres Dos comparten una emotividad
a flor de piel; de hecho comunican
mejor sentimientos y emociones que abstracciones mentales o deducciones
lógicas. En medio de un clima de alta emotividad se encuentran
en su salsa. La expresión continua de sus emociones puede degenerar en un
cierto histrionismo: de un grano hacen una montaña y su universo emocional es
"la realidad objetiva", ya que el mundo no es como es, sino como lo
sienten. Suelen buscar la libertad a todo trance, por lo que la
rutina y la disciplina no son precisamente sus puntos fuertes. A veces parecen
niños mimados, o tal vez lo fueron en su infancia, por lo que sus caprichos y
cambios de humor parecen no tener fin. Pero quien tenga un amigo o una amiga
Dos lo que resaltará será sus dotes de seducción y su capacidad de ayudar, sin
pedir aparentemente nada a cambio: su orgullo no le permite expresar sus
necesidades, aunque sí esperar que se las satisfagan sin pedirlo. De aquí la
hostilidad que surge si no recibe lo que cree merecer; pero en general será una
hostilidad manifestada en forma de despreciativo silencio o de digno abandono
haciendo mutis por el foro: el otro no ha merecido su
cariño y le ha herido en lo más profundo de su amor propio. Le ha
revelado el tabú de los tabúes: su enorme
dependencia emocional, tras ese barniz de falsa autosuficiencia.
Dicen que grandes personajes como Alejandro Magno y Napoleón
fueron movidos por este tipo de orgullo. Pero tal vez el paradigma de este tipo
sea Cleopatra que, según la biografía de Emil Ludwig, aprendió ya a los diez
años, a la caída de su padre, que "para
un rey, el orgullo y la altivez están por encima incluso del poder"
y que la esclavitud y la sumisión son indignas. Entre los personajes modernos,
podrían nombrarse a Elvis Presley, Elisabeth Taylor, Jerry Lewis o Madonna.
Pero quien quiera profundizar en ejemplos históricos, literarios y clínicos,
vuelvo a recomendar encarecidamente la obra de Claudio Naranjo "Autoconocimiento transformador. Los eneatipos en la
vida, la literatura y la clínica" (Editorial La Llave,
Vitoria).
Como en todos los eneatipos, existen tres subtipos que, en
el caso del Dos, y muy esquemáticamente podrían caracterizarse como: el seductor agresivo que fuerza el
contacto de los demás, pero que más que sexo, lo que desea es
ser deseado, ser querido como señal de aprobación; el ambicioso social que necesita la
asociación con gente poderosa como fuente de protección y para
cubrir la necesidad de asegurarse una posición dentro de cualquier grupo; el competitivo cuya actitud "yo
primero" le proporciona su falsa identidad de autoconservación.
Sin embargo, los tres subtipos pueden compartir además la existencia de
múltiples "yoes", dependiendo de sus estados emocionales y de la
mirada de los demás.
A la espera de posteriores investigaciones empíricas, a mí
se me antoja que las personas que he conocido movidas simplemente por este
patrón de conducta caracterizado como Dos, ya que los seres humanos por su
propia riqueza se resisten a clasificaciones simplistas, podrían equivaler a
ciertos rasgos de los Leo en la astrología occidental y a los
"Caballos" en la astrología china.
Los Doses
evolucionan cuando contactan con sus verdaderos deseos, en
lugar de someterse a los de los demás o competir con ellos. Entonces detectan
su hábito de manipular y pueden reconocer el verdadero valor de los otros como personas y no como
objetos de su aparente generosidad. Tal vez entonces se den
cuenta que obtener aprobación no es lo mismo que obtener amor y que el
compromiso no significa pérdida de libertad sino su verdadero ejercicio
consciente. En ese momento es posible que cambien el romaticismo idealizado por la verdadera intimidad.
Para ello es muy aleccionador el libro de reciente publicación en castellano
"Las mujeres y el deseo"
de la psicoanalista y feminista junguiana Young-Eisendrath. (Editorial Kairós,
Barcelona).
Cuando un Dos puede atravesar la noche oscura de la envidia,
contactar con su verdadera carencia y empezar a reconocer lo que le falta,
puede emerger realmente como una persona nueva, compasiva consigo misma y con
los demás. Puede en ese momento dar sin esperar nada a cambio, pues ya lo tiene
todo. Es entonces cuando puede transformar el orgullo injustificado de creerse
especial en un AUTÉNTICO
ORGULLO DE SER Y DE REBOSAR VERDADERO AMOR INCONDICIONAL QUE,
PARADÓJICAMENTE, ES GENUINAMENTE HUMILDE.
Las Pasiones Capitales 4
La Envidia
De
pequeños nos enseñaron que la envidia era "la
tristeza del bien ajeno". Cuando recitábamos las virtudes
correspondientes, cantábamos a coro: "contra la envidia, caridad". El
mensaje era claro: había que alegrarse del bien ajeno,
aunque uno careciera de él y lo desease con toda el alma, ya fuese el nuevo
juguete de nuestro vecino que era hijo único, sacar las notas del empollón de
turno o, simplemente, la atención y los mimos recibidos por nuestra hermanita
recién nacida.
Sin embargo, quienes se hayan dominados por esta pasión
capital no son siempre aquellas personas entristecidas y enfurruñadas por lo
que otros tienen -aunque también las haya-, sino fundamentalmente las que, en
algún momento de su infancia, perdieron -o creyeron perder- su pequeño paraíso:
su derecho de nacimiento, generalmente el amor paterno o materno. Ese profundo
dolor infantil se transformó poco a poco en una especie de melancolía nostálgica, de carencia irremediable,
no ya de lo ajeno, sino de algo propio,
que el destino les arrebató, muchas veces con la llegada de un nuevo hermano
o hermana o la ausencia repentina e inexplicable del padre o de la madre.
El trauma es en ocasiones tan temprano o tan profundo que ni
siquiera lo recuerdan. Lo que sí saben es que, ya desde pequeños, se
consideraban un poco víctimas y, por ello, especiales: con más derecho a la compasión de los
demás, por un lado, pero superiores en sensibilidad y
capacidad de sufrimiento, por otro. Gradualmente entraron en un círculo
vicioso que conformó un determinado carácter, que también podría llamarse
"romántico" o "de sensibilidad artística". En líneas
generales podría decirse que la infelicidad interna, el aislamiento interior,
el sentirse un poco perdidos en un mundo en el que los demás parecen ser más
felices, les lleva a aumentar su añoranza de recuperar el paraíso perdido, a
través de anhelar las oportunidades y relaciones perfectas que puede ofrecer la
vida; cuanto mayor es este anhelo,
mayor es el mundo de fantasías que se forjan y mayor la desconexión con sus necesidades más básicas
y sencillas; el riesgo principal: perderse
totalmente, cayendo en una especie de abismo
interior de sufrimiento, cuya causa principal desconocen y al que acaban
acostumbrándose como
parte de su identidad y de su visión general del
mundo.
Otro círculo vicioso que producen en las relaciones algunas
de las personas caracterizadas por la "envidia-carencia" es la de ponerse en estados de niños
desvalidos, para manipular la ayuda de los demás. Cuando éstos se dan cuenta y
manifiestan su resentimiento por haber hecho algo que no querían realmente
hacer, aquéllas se sienten perseguidas, justificando así su estado inicial de
víctimas.
A pesar de que los subtipos de este rasgo son muy diferentes
entre sí, la característica general podría ser la sensación permanente de carencia: siempre les falta algo para ser felices.
De mi vuelta alrededor del mundo, recuerdo, entre otros tipos de viajeros, una
subespecie que sólo después de haberme introducido en el estudio de los
eneatipos he logrado comprender: si contemplábamos las aguas esmeraldas de
Bora-Bora en medio de la Polinesia, no eran tan cristalinas como las aguas
turquesas del Caribe; si saboreábamos un magnífico arroz con salsa de curry en
Bombay, añoraban el picante del chile mexicano; los amaneceres del lago Toba
eran más espectaculares que los del Titicaca, cuando estábamos en Bolivia. Sin
embargo añoraban volver al altiplano boliviano, cuando estábamos en Sumatra...
Siempre la eterna insatisfacción producida por lo que falta en el presente y lo que se perdió en el pasado de los "Cuatro". Además
entre ellos abundaban los "pupas", que parecían atraer percances y
desgracias. Cuando contaban viajes pasados tenían una memoria selectiva para
recordar especialmente sinsabores, como pérdidas de tren, estafas en los
precios, cucarachas en los hoteles... Uno no sabía si ayudarles o enviarles con
un billete de vuelta de patitas a sus respectivos países.
No obstante, mientras que el subtipo enojado -el "cuatro odio"- reclama abiertamente lo que le
falta, suele ser impulsado por el rencor o el resentimiento y puede lograr
grandes éxitos con el motor interno de la competitividad, adoptando a menudo
una actitud arrogante (como Rimbaud, que exigía fama y adhesión incondicional a
su poesía, incluso antes de que ésta fuera publicada), el subtipo llamado
"social" mostrará más su tristeza y
vulnerabilidad, como medios de conseguir ser ayudado para obtener lo que
necesita. Marcel Proust, por ejemplo, llegó a desarrollar un asma
psicosomático, para aumentar melodramáticamente su necesidad de ser cuidado. No
podía quedarse solo, pero tampoco podía salir al mundo, que era para él un
lugar inhóspito y amenazador. En las relaciones con quienes le visitaban
combinaba una excesiva modestia, gran facilidad para ofenderse y una tendencia
reprimida al sarcasmo. Por su parte, el subtipo llamado de "conservación", según la terminología acuñada por
Claudio Naranjo ("Autoconocimiento transformador. Los eneatipos en la
Vida, la Literatura y la Clínica", Ediciones La Llave) pone su
sensibilidad a servicio de los necesitados, de las víctimas de las injusticias,
como Tolstoi, cuyo humanitarismo constituyó la inspiración más importante de
Gandhi, Van Gogh, misionero antes de ser pintor, o Lawrence de Arabia, dedicado
durante años a la causa árabe con una austeridad casi masoquista.
Las personas cuya personalidad tiene como pasión dominante
la "envidia"
suelen tener menos resistencias a acudir a una terapia. Es frecuente que sus
sesiones sean ocupadas por quejas, catástrofes, desgracias y temores, y que
sólo de vez en cuando, o muy al final de la sesión, puedan mencionar, de paso y
sin darle importancia, algún progreso importante, una buena noticia, algo que
les ha ido bien en la semana. No suelen recibir bien los apoyos psicológicos,
morales ni emocionales, pues piensan que no se los merecen, que son estrategias
terapéuticas, que "más
dura será la caída", que... algo puede amenazar su
identidad de víctimas, arrancarles su hábito cuasi gozoso de ser sensibles al sufrimiento.
Normalmente captan muy bien los estados emocionales ajenos,
sobre todo si son estados de carencia, de tristeza, depresivos...., de
sufrimiento. No es por ello infrecuente encontrar a médicos, psiquiatras,
terapeutas, sacerdotes, consejeros, enfermeras y profesionales de ayuda en
general entre las personas que pueden identificarse con este rasgo. Las penas
ajenas les hacen sobrellevar las suyas y, además, vibrar en el grado de
intensidad suficiente para mantener un alto nivel de emotividad.
Así como la Inglaterra victoriana puede ser calificada en
este sistema del Eneagrama como afín al Uno -la ira reprimida- (véase Las Pasiones
Capitales 1 - La Ira), España podría ser muy bien un país
dominado por la pasión capital de la envidia, con sus dosis de melodrama,
masoquismo y solidaridad con las víctimas. Nunca encontré en otras lenguas esa
expresión tan española, aunque afortunadamente cada vez más en desuso, de
"se cayó con todo el equipo", frase que se aplicaba a un político
caído en desgracia, a un jefe de oficina destituido, a alguien que se arruinaba
o a cualquier vecino que sufría una desgracia aparentemente merecida.
Helen Palmer ("El eneagrama. Un prodigioso sistema de
identificación de los tipos de personalidad", Los libros de la Liebre de
Marzo, Barcelona), destaca entre las personalidades famosas pertenecientes a
este carácter a Orson Welles, Bette Davis, Joan Baez, Marlon Brando, Alan Watts
o la bailarina Martha Graham, que dio inicio a una escuela de danza en la que
se expresa el inconsciente humano a través de movimientos corporales que
transmiten visualmente los dramas internos.
Que no se desanimen quienes hayan reconocido algunas
características de su carácter en estas líneas. No existen caracteres peores ni mejores, ya que, por
definición, todo carácter es una defensa frente a la espontaneidad y libertad
del Ser. Sin embargo, podrían avanzar más fácilmente en el camino de la
autoaceptación y de la desidentificación tomando conciencia de que: 1) No existen remedios mágicos e
instantáneos para paliar la pérdida original. Sólo vale aceptarla.
2) El lamento no vale para
nada y nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. 3) No se es especial por sufrir más o de
modo diferente. 4) Se puede apreciar lo que es fácil de conseguir. 5) Las cualidades que envidian de los demás
están potencialmente dentro sí. 6) Para solidarizarse y ser útil no es
necesario fusionarse con el dolor ajeno. 7) La tristeza no es un enemigo a combatir
sino un aliado del que sacar profundidad y compasión.
Las Pasiones Capitales 7
La Gula
Si nos acusaran de ser
golosos, probablemente no nos sentiríamos tan heridos como si nos dijeran que
somos, por ejemplo, orgullosos, avaros, cobardes o lujuriosos. Y ésta es
precisamente una de las dificultades de reconocer la patología de este carácter
que el sistema del eneagrama llama "eneatipo 7" y que, según los
diferentes autores, podría llamársele narcisista,
epicúreo o hedonista, generalista, entusiasta, diletante o charlatán,
planificador y soñador, en función del aspecto de la personalidad que
consideren predominante. En cualquier caso, todas estas características le
parecen al que las reúne "pecados veniales"
o defectillos sin importancia,
en comparación con el resto de los caracteres. Por ello, no es de extrañar el
tipo SIETE se tenga en alta estima y suela caer bien por el encanto que
despliega. Sin embargo, como Narciso, que se ahoga en el agua enamorado de su
imagen, el encantador acaba enredado en su propio encanto, convirtiéndose en un
encantador encantado.
Estoy seguro de que todo el mundo conoce a alguien que
siempre tiene soluciones para cualquier problema, al que ninguna situación le parece excesivamente grave,
que puede explicarlo todo: el tipo de persona que racionalizará, explicará,
pondrá una etiqueta o elaborará una generalización brillante con tal de no
entrar en una emoción profunda, de no sufrir con el sentimiento del
interlocutor. Nuestro personaje corresponde claramente a la tríada mental pero,
mientras que el CINCO (avaro) reflexiona, calla y acumula su energía para
tenerlo todo controlado (ver Avaricia), el SEIS (miedoso) duda e imagina lo peor para
estar preparado (ver Miedo), el
SIETE envuelve a los demás con sus palabras y fantasea siempre un futuro mejor
para huir de su angustia, del aburrimiento y del compromiso con
cualquier cosa que considere monótona, limitadora y vulgar; es decir, casi todo
lo que suponga esfuerzo constante, disciplina y limitación de opciones.
Quienes se hayan dominados por la pasión de la gula no son
forzosamente comedores compulsivos o glotones de alimentos -aunque puede que en
un bufé piquen un poco de todo para no perderse ningún sabor-, sino consumidores compulsivos de
experiencias, amistades, libros, cursos, viajes, deportes...,
aunque generalmente sin demasiada continuidad.
Es difícil que un paciente con estas características dure mucho en una terapia.
Normalmente acuden a ella como una vivencia más dentro de su largo currículo de
terapeutas y recursos de desarrollo personal, que suelen degustar como
aperitivos, pero que muchas veces no les alimenta, porque no se quedan el tiempo necesario para
digerir. Para ellos, planificar,
explicar, generalizar y soñar suelen ser los sustitutos del actuar, sentir,
centrarse y, en definitiva, vivir el presente.
Con todos estos mecanismos de defensa bien pertrechados, es
difícil que sufran conflictos frecuentes y suelen dar una apariencia de
autosatisfacción y felicidad contagiosa, aunque, a veces, un tanto pretenciosa
y superficial. Por ello, lo que a muchos encanta puede resultar insoportable
para otros. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que me encontré con un
grupo de "sietes" que intentaba cumplir una tarea terapéutica: la
impresión era la de un corral con varios gallos que competían por la atención y
el espacio verbal; pocas emociones manifiestas; mucho desacuerdo; bastante
rebeldía que conducía a la desorganización y al caos; cierta agresividad
contenida para evitar el desencadenamiento del conflicto latente; casi ninguna
implicación existencial. Al final, pérdida de tiempo y frustración encubierta
con la broma, el juego o la actitud compensatoria de "la próxima
reunión saldrá mejor".
Vista la situación desde afuera y con el poso de lucidez que
deja el tiempo transcurrido, la primera imagen que me viene es la de una
reunión de niños grandes o adultos que no han querido crecer del todo. Una
especie de reunión de muchos "Peter Pan", sin una Wendy que les dijera que
ya habían pasado treinta o cuarenta años desde que jugaban a enfrentarse al
Capitán Garfio y a volar con Campanilla. Los "golosos" siguen
estancados en una infancia que, a pesar de las carencias y limitaciones de toda
niñez, siempre recuerdan como una infancia fundamentalmente feliz y sin problemas
mayores. Tal vez sea éste uno de sus principales encantos: su jovialidad, su
eterna juventud y entusiasmo por todo lo nuevo, que encubre un gran concepto de
sí y una cierta rebeldía ante todo lo establecido.
De ella no se libran ni los maestros espirituales, pues,
aunque se pueda llegar a trascender el carácter básico, siempre quedan rasgos
que delatan de dónde se partió. Es fácil comprobarlo, por ejemplo, en
"Vislumbres de una infancia dorada" (Gaia, 1996), autobiografía de
Rajneesh, conocido por Osho, uno de los guías más brillantes y controvertidos
de este siglo. Él la dictó a lo largo de sus sesiones con su dentista como un
juego lúdico. No tiene desperdicio desde la óptica del eneagrama:
"He renunciado incluso a la
iluminación, a la que no había renunciado nadie antes que yo... No tengo
religión, ni país ni casa. Todo el mundo es mío. Seguiré siendo un rebelde
hasta que me quede el último aliento... Aunque no tenga un cuerpo, tendré los
cuerpos de miles de mis amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor
y puedo meterles ideas en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente
lo que voy a hacer. Mi rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi
revolución continuará más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos,
muchas más voces, muchas más manos para continuarla".
Jung, en sus "Tipos psicológicos" (Edhasa, 1991), lo calificaría de
"intuitivo" que "no se encuentra nunca en el mundo de los valores aceptados de la
realidad, sino que tiene un olfato agudizado para todo lo que es nuevo o está
surgiendo... Ninguna razón o sentimiento puede refrenarle o asustarle como para
hacerle perder una nueva posibilidad, aun cuando vaya en contra de todas sus
convicciones anteriores... [pues] tiene su propia moral característica, que
consiste en... someterse voluntariamente a su propia autoridad".
Otro Maestro contemporáneo, Ram Das,
personifica también este eneatipo en la cantidad de actividades desarrolladas a
lo largo de su vida. Antes de dedicarse a la búsqueda espiritual, Richard
Alpert -su nombre de nacimiento- fue uno de los científicos pioneros en la
investigación del LSD. En la India fue discípulo que siguió una vía devocional.
Empresario de éxito, escritor de libros espirituales que marcaron un hito en su
época, presidente de varias Fundaciones humanitarias, conferenciante, gurú
aclamado por toda una generación, hace unos años decidió dedicarse
fundamentalmente a cuidar a su padre enfermo y declaró públicamente su
homosexualidad. Esta versatilidad es paradigmática en el "goloso",
pero, mientras que en una persona con un gran trabajo interior cada etapa es
auténtica, en alguien estancado en su afán de escapar de todo lo que le haga sufrir o le exija esfuerzo,
cada cambio puede suponer sólo un mariposeo de flor en flor, sin libar hasta el
final su néctar ni elaborar nunca la miel fantaseada.
Cuando el SIETE se queda sin estrategias por algún golpe
duro de la vida, cae en un profundo pozo que puede manifestarse como una
depresión aguda, de la que siempre huyó, pero cuya posibilidad latente intuía o
temía. Lo que se vive como un auténtico mazazo, una pérdida de identidad y de
control, una auténtica desgracia, puede ser en realidad una bendición: una de
las pocas oportunidades de madurar, de avanzar y de cambiar la gula -como intento de llenar el vacío-
por la introspección, el silencio y la aceptación de las luces y sombras de la
vida.
El mejor ejemplo publicado de este tipo de procesos, tal vez
sea el de Paco Peñarrubia, Director de la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt,
en el testimonio recogido por Claudio Naranjo en "Autoconocimiento
transformador" (La Llave, 1998): "Lo más importante que sucedió por
entonces [en plena crisis] es que Claudio me habló del sufrimiento consciente...
Para mí fue algo revelador. Nunca me había dado esa oportunidad de sufrir sin
pelearme, sin evitar, respetándome esos sentimientos legítimos... Lo más
desalentador era sentir que Dios no me escuchaba. Y luego ir viendo que el silencio de Dios era proporcional a mi ruido...
Algunas veces me elevo, otras siento un profundo peso
en la base del tronco: pura tierra, nada de volar... Soy un niño sentado a la puerta del corazón. Espero con
paciencia, sin ansiedad. Puede abrirse en
cualquier momento. Sé que Dios pasa por mi
calle de vez en cuando. Y espero tranquilo, por
si viene".
LAS PASIONES CAPITALES 1
LA IRA
Todos conocemos personas justas, dignas, esforzadas y amigas de decirnos lo que
debemos hacer, bajo el disfraz de la sugerencia o del consejo que, de alguna
manera, nos hacen sentir culpables o, cuando menos, niños regañados o alumnos
imperfectos. Son las personas clasificadas en el Eneagrama de la personalidad
(véase Las Pasiones
Capitales y el Eneagrama) como "unos".
Corresponden al tipo de persona justiciera, cuyos correctísimos modales y,
muchas veces, voz meliflua ocultan una ira contenida por el tabú de la
violencia. "Nunca jamás
la violencia", al menos abiertamente manifestada, podría
ser uno de sus eslóganes. Su arma más utilizada: la crítica hacia los demás y,
a veces, la autocrítica. En cualquier caso, el otro siempre queda en posición
de inferioridad, por no alcanzar el modelo de perfección ideal.
En su infancia solían ser niños o niñas buenas, que se
tragaban su rebeldía y, ajustándose a las normas, conseguían ser modelos para
los demás. Una manera como otra de
conseguir amor y aprobación, pero a cambio de un precio
altísimo: traicionar su espontaneidad y su anhelo de disfrute de la vida. Para
ello, debieron construirse un falso mundo ideal y perfecto al que ajustar todos
sus pensamientos, sentimientos y acciones.
A medida que crecían se iban dando cuenta de que el mundo no
era como les habían dicho, como ellos se lo habían pintado; empezaron a
acumular resentimiento, oculto muchas veces bajo el apego a las reglas y al
orden, el predominio del
deber sobre el placer, la inflexibilidad moral y un alto
concepto de sí mismas, casi siempre en contradicción con su afán de perfección.
Quien no haya convivido con un "uno" difícilmente
se dará cuenta de que tanto deseo de perfección y tanta sobrevaloración de la
virtud oculta un oscurecimiento del Ser. Como muy bien apunta A.H. Almaas, en
una obra todavía no aparecida en castellano ("Facets of Unity. The Enneagram of Holy Ideas")
[Nota de
Nonirb: Ya existe esta obra en Español: Facetas de la Unidad - El Eneagrama de las Ideas
Santas Editorial
de Los Libros De La Liebre De Marzo], la virtud
correspondiente a esa ira reprimida y basada en su creencia en la imperfección
del mundo y de los demás es la Perfección Sagrada: la realidad es perfecta en este instante
tal como es en sus múltiples facetas y aparentes contradicciones.
Ésa es la distorsión cognitiva del iracundo: que la Realidad nunca se acerca al
ideal de realidad que ha formado en su mente, que desea para sí y para los
demás, porque toma la parte -sus deseos- por el
Todo, la Realidad tal
cual Es.
En "Carácter y Neurosis. Una visión integradora"
(Ediciones La Llave, Vitoria, 1994), quizá la obra más completa desde el punto
de vista psicológico que se haya escrito sobre el Eneagrama y los caracteres
humanos en base a sus nueve eneatipos, Claudio Naranjo pone de relieve que los
autores cristianos pensaban que la ira era uno de los obstáculos para la
virtud, sin advertir que, precisamente, bajo la apariencia de virtud es como
encuentra la ira inconsciente en su forma de expresión más característica.
Exceptúa a San Juan de la Cruz que, en su "Noche oscura del alma"
describe con exactitud el "pecado" de la ira de los novicios
espirituales que "se airan contra los vicios ajenos con cierto celo
desasosegado... les dan ímpetus de reprehenderlos enojosamente...., haciéndose
ellos dueños de la virtud... Hay otros que cuando se ven imperfectos... se
airan contra sí mismos... tienen tanta impaciencia, que querrían ser santos en
un día". En cualquier caso, el "uno" se ve altruista y su
impaciencia es sólo la del que desea la justicia y el orden para todos.
Sería simplista meter a todos los "iracundos contenidos" en el mismo saco. Los hay perfeccionistas
que sufren y hacen sufrir a los demás intentando que todo lo que hacen sea
perfecto, obsesivos por el orden e incapaces de delegar tareas, porque nadie
las hace tan bien como ellos. Los hay perfeccionadores que nunca están
satisfechos con lo que hacen: la carne podría haber estado más en su punto, al
pescado le podrían haber puesto un poco más de eneldo, la raya del pantalón les
salió un poco torcida; el problema es que esa insatisfacción de no dar nunca la
talla de su ideal la transfieren a las personas con las que trabajan o
conviven: todo lo que éstas hacen, siempre lo podrían haber hecho un poco mejor
con solo un poquito más de esfuerzo y mejor voluntad. Pero también están los perfectos:
ellos lo hacen todo mejor; su mecanismo preferido es la proyección: el
mundo iría mejor si todos pensasen y actuasen como ellos. La causa de su
infelicidad son los demás o, como diría Sartre, "el infierno son los
otros". En lugar de responsabilizarse de sus deseos -"yo quiero"-,
simplemente afirman: "tú
debes".
A un "uno" le encantaría ser juez, fiscal,
inspector de Hacienda, maestro y, en otros tiempos, estaría muy a gusto en la
piel de un inquisidor o de un cruzado. Un buen ejemplo oriental de este tipo de
carácter sería Confucio, maestro y predicador de la piedad filial, las virtudes
sociales y la obediencia al Estado. En Occidente, tal vez el más influyente de
los personajes históricos con este tipo de carácter sea Martín Lutero, quien,
según Erik Erikson (citado por Claudio Naranjo en "Autoconocimiento
transformador. Los eneatipos en la Vida, la Literatura y la Clínica"
-Ediciones La Llave, Vitoria, 1997-), por la ira que le producía su padre, fue
capaz de desafiar al hombre más poderoso de su tiempo, el Papa, y crear todo un
movimiento religioso, filosófico, político y social basado en la crítica a la
corrupción de la Iglesia católica romana.
Socialmente, este primer tipo del eneagrama podría ser
ejemplificado por el carácter anglosajón victoriano del siglo pasado,
encorsetado en rígidas normas legales y sociales, autocomplaciente,
menospreciador de las culturas ajenas, impulsado a salvarlas de su
"ignorancia" y "salvajismo". La enorme violencia soterrada
queda velada por los buenos modales y un aparente comportamiento flemático. La
"justa indignación"
ante los "desmanes" ajenos, tal vez aquellos que ellos no se
permiten, pero que desean desde lo más profundo de sus impulsos reprimidos,
puede adoptar actitudes que van desde marginar al "desviado" hasta
imponerle la pena capital con toda justificación y la mejor buena conciencia,
para "cortar el cáncer
social de raíz".
En definitiva, los "unos" han olvidado sus
verdaderos impulsos y deseos en aras de hacer lo correcto, que es la medida de
su autoimagen, lo que les da valor a sus propios ojos. Un buen vino deberá
reservarse para un día de fiesta o una ocasión en que haya que agasajar a unos
amigos, pero jamás tomársela para alegrarse un poco un día malo o monótono.
Unos bombones deberán ser compartidos; si se toman a solas, habrá que
justificarse para liberarse del sentido de culpa. El placer por el placer es tan tabú como la
manifestación de la ira. Si la manifiestan, tal vez habría que
tomarlo, según los casos y las circunstancias, como un paso adelante en la
sanación. Por ello, es raro ver a muchas personas de este tipo en terapia: ello
significaría reconocer que algo va mal o que ellas mismas no son capaces de
solucionarlo haciendo los ajustes necesarios y, sobre todo, correr el riesgo de
perder el control de sí mismas al que se han aferrado como forma de no verse
sobrepasados por su pasión no reconocida: la ira. Cambiar de pautas de conducta
significaría replantearse la imagen del mundo y de sí mismas que tan esforzadamente
han elaborado día tras día, cada uno de los años de su vida.
Simplificando un poco, a un uno podría hacerle evolucionar
la convivencia con un "siete" goloso y hedonista, si éste no muere
antes en el intento. También, cambiar las múltiples responsabilidades que se
autoimponen por prioridades reales y realistas; cuestionarse sus normas
internas; aceptar que "lo mejor es enemigo de lo
bueno"; abrirse al sistema de valores de otras personas; escuchar y
atender sus auténticos impulsos de placer; diferenciar entre el "debería" y lo realmente deseable; atender
a lo central y olvidarse de lo periférico, de los detalles "imperfectos"; pero, sobre todo, ENTREGARSE A LA REALIDAD, TAL CUAL ES,
AQUÍ Y AHORA, Y ABRIRSE A LA VIDA COMO ÉXTASIS Y NO COMO TAREA.
Las Pasiones Capitales 8
La Lujuria
La palabra lujuria evoca inmediatamente imágenes de cuerpos desnudos, deseos
lascivos y orgías desenfrenadas. Tal vez, porque nos hemos quedado estancados
en la primera acepción de la palabra: "apetito desordenado de los deleites
carnales". No es de extrañar; en el antiguo catecismo de estudio
obligatorio, se decía al hablar de las virtudes correspondientes a los
"pecados capitales": "contra la lujuria, castidad". Sin
embargo, la segunda acepción de la palabra, según el Diccionario de la Real
Academia Española, "exceso o demasía en algunas
cosas", se corresponde mucho más con las características del
"lujurioso" del eneagrama, que otros llaman "el jefe", "el
desafiador", "el vengativo",
"el justiciero" o "el avasallador". Todos ellos son adjetivos que
corresponden al eneatipo OCHO, que, junto con el Uno (véase Las
Pasiones Capitales 1 - La Ira) y el Nueve (próximo
número), se hallan dentro de los caracteres más dominados por el impulso y el instinto
que por los sentimientos o la mente. Lo que distingue al "lujurioso"
es su enorme apetito por
vivir.
El exceso
del "lujurioso" es esencialmente un exceso de intensidad existencial, una huida
del aburrimiento, de las medias tintas, de la griseidad y, sobre todo, de la
ternura y del amor, que es lo que más necesita, pero lo que, al mismo tiempo,
más vulnerable le hace. Y así como cada carácter tiene su tabú, el
del Ocho sería la vulnerabilidad y
la debilidad. Eso es lo que más temen, y su escudo y protección
ante este miedo sería su actitud
permanente de dominación y de poder. Así pues, esta pasión de intensidad no
se manifiesta exclusivamente como una lucha por el estímulo sexual -aunque,
también-, sino principalmente por la continua
persecución de estímulos vitales de toda clase: grandes proyectos, luchas
encarnizadas, reacciones desmedidas, altas velocidades, música a todo volumen,
desprecio del peligro y hasta del propio cuerpo, rozar la muerte, propia o
ajena... Lo que sea, con tal de sobrestimularse y de evitar la auténtica
interiorización, compensando con ello una falta de vitalidad de
fondo, que es difícil de apreciar en medio de tanto vendaval.
Una imagen muy gráfica sería la de los estereotipos mejicanos, cuyo
"carácter nacional" podría muy bien representar el tipo Ocho. De las
películas nos queda la aparente indolencia de hombres sesteando bajo grandes
sombreros y un sol de justicia. Pero, en cualquier momento y por un
"quítame allá esas pajas", de repente se arma la marimorena, el
tiroteo, la "balacera". Un amigo me contaba que un día invitó a un
tequila a un mejicano que acababan de presentarle en México DF. Tras apurarlo
de un trago, éste quiso corresponder, invitando a su vez. Era tarde, y mi amigo
declinó la invitación dando amablemente las gracias; tenía que madrugar al día
siguiente. Sin inmutarse, el otro sacó con calma su pistola del cinto, la puso
cuidadosamente encima de la mesa y, mirando fijamente a los ojos del pasmado
gachupín, se limitó a decir: "Pues dije que te invitaba e insisto".
Sobra decir que la velada se prolongó entre invitaciones y contrainvitaciones,
bromas, cantos y escandalosas risotadas. Entre los chistes de la improvisada
juerga, uno rebela muy bien el rasgo de insensibilización a lo macho ante el
dolor: Alguien está tendido en el suelo desangrándose. Un compatriota que pasa
por allí le pregunta: "¿Te duele, mano?". "Pues no más que
cuando me río", responde el herido poniéndose la coraza de "a mí no me afecta nada" o "yo puedo con todo" y "no necesito ayuda de nadie". No es una
coincidencia el que los mexicanos celebren durante varios días -del 31 de
octubre al 2 de noviembre- su peculiar concepción de la muerte, a la que llaman
guasonamente la "pelleja", la "calva" o la
"flaca", y la vistan de charro con sombrero y guitarra.
El carácter Ocho suele tener como fondo un niño o una niña que crecieron en una
familia disfuncional o de rígida
disciplina militar,
vivieron la violencia de algún miembro de la familia -normalmente un padre
brutal, insensible o exigente y frío- o respiraron la atmósfera de barrios
marginales. El poso que queda, siendo adulto, es el de haber sido profunda e
injustamente heridos y un sentimiento de sorda
venganza contra el mundo: si el
mundo es cruel, en él sólo pueden sobrevivir los fuertes; es la
ley de la selva; prefiero comer a ser comido, hacer sufrir a sufrir. De aquí
que el extremo patológico de este carácter sería el correspondiente al
fálico-narcisista, al sádico o al antisocial.
La rebeldía de los Ocho no es racional, no procede en general de una ignorancia
de las leyes y de la moral, ni de un análisis de su injusticia o de su
imperfección. No. Es absolutamente
visceral. Existe una especie de anestesia moral que les hace
incólumes a la culpa. En todo caso, si culpa hubiera, la tienen los demás. En
proyectar la culpa son especialistas. Ellos son como elefantes en una
cacharrería o en medio de un corral: que pongan los cacharros fuera de su
alcance y que se aparten los pollitos; el que se arriesgue bajo su implacable
pisada se tiene bien merecido el morir aplastado, por cruzarse en su camino.
Los hombres que he conocido de este tipo son más bien estilo oso: fuertes, poderosos, lentos, determinados;
viven el instante de su necesidad o de su venganza y se zampan una colmena como si las abejas
fueran mosquitos, después se limpian el hocico y se echan a dormir.
Las pocas mujeres que recuerdo son como hipopótamos o como panteras: avanzan
pesadamente desplazando el agua en que se bañan y ahuyentando pirañas y
cocodrilos, o con un movimiento felino se limitan a ocupar sutilmente el aire
que necesita su aura para establecer una distancia segura a su alrededor. Es casi
imposible verlos en una terapia y difícil codearse con ellos en un curso de
formación, pues suelen considerarse autosuficientes.
Si uno quisiera encontrarlos en grupos y no como especimenes raros y aislados,
habría que buscarlos en una Conferencia de jefes de Estado, una conspiración de
terroristas, unas negociaciones entre tiburones financieros, una asamblea
sindical o un Encuentro de gurús.
Es obvio que las actividades de cualquiera de los grupos mencionados es
cualquier cosa menos rutinaria y exige un cierto grado de independencia y
autonomía, una imagen autoasertiva y un
estar relativamente por encima las leyes, ya sea porque se
tiene poder para cambiarlas, violarlas, aprovecharse de ellas, mejorarlas o
superarlas con otro sistema de valores que se pone por encima. En todos los
casos, hay poder y
confrontación, incluso en el caso del gurú: en el falso gurú,
confrontación con los discípulos; en el gurú sincero, confrontación con sus
propias pasiones y eliminación final del ego. Curiosamente, el Ocho es alguien
que, desde pequeño, aprendió a desconfiar del poder hasta llegar a no creer en
él. Sin embargo, toda su vida parece orientada al poder, pues el propio poder
es el único en el que confían.
Entre los personajes históricos, destacan Stalin, del que Lenin llegó a
escribir que era "demasiado brutal y grosero para ser líder del Partido
Comunista"; Enrique VIII, que puso su poder al servicio de sus
satisfacción personal: se divorció y ajustició a sus esposas a conveniencia y
se hizo nombrar Jefe de la Iglesia de Inglaterra, separándose de Roma, con el
pretexto de que el Papa no había sancionado el nombramiento real del arzobispo
de Canterbury. Entre los Ocho más evolucionados, Marx o Garibaldi promovieron
otro tipo de revolución, motivados por el amor y el idealismo antes que por el
odio o la pasión personal de poder. El célebre Rasputín -que significa
"libertino" y que ejerció una gran influencia sobre la familia
imperial rusa- instituyó un culto religioso en el que la promiscuidad sexual se
utilizaba con fines espirituales, en un auténtico intento de transmutar la
lujuria. Esta confrontación con las "verdades" establecidas de cada
época también fue característica de Fritz Perls, creador de la terapia
gestalt, que hubo de enfrentarse a los dogmas freudianos y psicoanalíticos del
momento; al centrarse en el "aquí y ahora", pudo trascender su sed de
intensidad, dejando al mismo tiempo una huella perdurable en la cultura y una
filosofía de vida realmente terapéutica...
Como ocurre con el resto de los eneatipos, también en las personas dominadas
por esta pasión, existen diferencias de rasgo, entre los "sexuales", los "sociales" y los
"ocho conservación".
Los primeros se caracterizan por ser más provocadores y desafiantes. Consideran que las
personas que se dicen buenas son simples hipócritas. Tienden a tiranizar a los
que le rodean, a los que han seducido previamente con su energía avasalladora y
su palabra determinante; también es posible que lo hagan con una
conceptualización brillante, construida con síntesis de lecturas, experiencias
personales y observaciones perspicaces de los fallos y debilidades de los
demás. No es extraño encontrar gurús y gurusas de este rasgo, que mantendrán
sucesivas relaciones sexuales con discípulas o discípulos bajo el manto
justificativo de iniciaciones tántricas o de estar buscando el rostro del Amado
o el arquetipo masculino detrás de cada relación.
Los "sociales"
suelen ser más hedonistas
y tienden a aprovecharse del otro de un modo más mercantilista. Al ser algo
más moralistas, hasta el punto de parecer puritanos, casi no parecen estar
dominados por la lujuria. Es posible incluso que les guste el nido familiar. En
todo caso, la amistad y los lazos de complicidad como uno de los valores
principales de la vida hace que se parezcan a algunos Seis (véase Las
Pasiones Capitales 6 - El Miedo), pero su lealtad puede
llevarles a arriesgar sus vidas, y esto les diferencia de las personas
dominadas por el miedo.
Los "ocho
conservación" serían los más insensibles, pues su
voluntad es la ley. Como dice la canción, "con dinero o sin dinero, hago
siempre lo que quiero y mi palabra es la ley..." y al final "sigo
siendo el rey". Sus mecanismos de supervivencia y de conservación de su
espacio personal les llevaría a pasar por alto las necesidades ajenas y, en
casos extremos, a la eliminación física de los "obstáculos", como en
el caso del ya mencionado Enrique VIII de Inglaterra.
Características comunes a los tres rasgos serían la arrogancia, el autoritarismo, la dificultad de
recibir y una cierta actitud de venganza inmediata, que no de
rencor y resentimiento retenidos. En todo caso, su venganza de fondo sería la
de triunfar a toda costa, la de devolver así a la sociedad o a la familia las
humillaciones recibidas o las carencias no compensadas. No suelen ser
discutidores, pues están seguros de su verdad y no se dignan a perder el tiempo
en convencer a los ignorantes de sus errores, que ellos consideran errores
ciegos o interesados. La diplomacia no es su fuerte, sino la temeridad en sus
afirmaciones y acciones. Sus necesidades pasan por encima de las de los demás y
difícilmente admite la crítica. En el fondo de todo, subsiste una envidia sorda
y generalizada: no envidian cosas concretas de los que les rodean, sino el
hecho de sentirlos incluidos en la vida, de la que ellos mismos se marginan al
protegerse tanto de los sentimientos humanos más simples y positivos como el
cariño o la ternura.
En el ámbito social, Claudio Naranjo expone con magistral perspicacia ("El
eneagrama de la sociedad. Males del mundo, males del alma" (Ed. La Llave)
la doble cara de esta pasión: por un lado, la actitud antisocial y rebelde
manifestada en la criminalidad de las personas que se salen del control social
y que no actúan según las leyes, porque no las admiten (robos, asesinatos,
violaciones, actos terroristas). Por otro, "la violencia en la que la
explotación tiene lugar bajo el disfraz de lo social, en el seno de las
instituciones, sustentando un poder secreta o explícitamente explotador".
Su raíz: el dominio masculino de nuestra civilización, que ha producido el
"desequilibrio interno de la psiquis individual, la represión de las
emociones y el racionalismo... El poder hoy día no está de manos de matones con
mucho músculo; no necesitamos gente tan insensible, cuando tenemos cañones y
mísiles, y cuando hemos aprendido a insensibilizarnos masivamente. No
necesitamos generales con un carácter sádico, ya que matar se ha hecho algo tan
común". Gran parte de los recursos humanos están desviados a la industria
de la guerra, mientras se perpetúan el hambre y la pobreza.
Pero existen salidas en el dominio individual y colectivo. Un Ocho podría
empezar tomando conciencia de que su preocupación por
la justicia le hace polarizar el mundo entre amigos y enemigos. Si
cuenta diez antes de reaccionar, tal vez empiece a aprender el valor de la
interiorización para ver su parte de responsabilidad en cualquier situación en
la que tiende a culpar siempre al "otro". El siguiente paso sería
poder reconocer sus propios errores y disculparse por ellos. Una actitud receptiva
sería la vacuna adecuada contra la búsqueda del poder y el placer de dominar,
que ha convertido en sustitutos del amor y del ser.
Richard Risso y Russ Hudson ("La sabiduría del eneagrama" -Ed.
Urano-) afirman que, cuando los "ocho" dejan aflorar su
vulnerabilidad, conectan con su miedo básico a que les hagan daño o los
dominen. Cuando se liberan a continuación de este miedo, se disuelven la
autoconfianza y la prepotencia y aparece la verdadera fuerza esencial. Esto
permite que abracen una causa más grande y los convierte en seres heroicos como
Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela. Un Ocho evolucionado nos recuerda
"la sencilla alegría
de existir, la exquisita satisfacción de estar vivos, sobre todo en el plano
primordial, instintivo". Cuando abandona su voluntariedad,
descubre la voluntad
divina, de donde procede su verdadera fuerza. Es entonces cuando
aparece la INOCENCIA,
como simple encarnación desenfadada de la verdad.
Las Pasiones Capitales 9
La Pereza
Tal vez no sea pura coincidencia el el hecho de que el último carácter del
eneagrama sea el que más pereza me ha dado escribir. Me han venido a la memoria
muchas de las sesiones con pacientes que comparten este eneatipo. El recuerdo
dominante es el de tener que haber recurrido a todas mis reservas de energía
para vencer una especie de inercia, de resistencia pasiva inconsciente, aunque siempre en
un clima de afabilidad, concordia y buenas intenciones. Pero quizá no haya que
echarle la culpa a los "perezosos" y
considerar simplemente el hecho de que se trata del último de los eneatipos, el
NUEVE, de una serie que empezó a publicarse en octubre de este año (Véase Las Pasiones Capitales y el Eneagrama).
Además estamos casi a finales de año.
Curiosamente, las personas dominadas por esta pasión pueden ser muy activas,
pues pertenecen a la tríada del impulso; es decir, son impulsivas como los "iracundos" y los
"lujuriosos" (1 y 8), no muy mentales (5, 6 y 7) y
poco emocionales (2, 3 y 4). Lo que ocurre es que normalmente están más
dispuestas a actuar y a moverse más por los otros que por sí mismos. Si algo
puede reprocharse a los "nueve" es precisamente el olvido de sí. Suelen ser
las típicas personas serviciales, que detectan y escuchan las necesidades
ajenas y tienen el hábito de intentar satisfacerlas anteponiéndolas a las propias.
Si en una comida de grupo encontramos a una persona atenta a qué van a comer
los demás, que se levanta a por el vaso o la servilleta que falta, que cede su
silla al último recién llegado y que tal vez, gracias a todo ello, esté
comiéndose la ensalada cuando todo el mundo está tomándose el postre, es muy
posible que se trate de una persona perteneciente al grupo que estamos
intentando describir.
A primera vista, por tanto, no son las personas que la psiquiatría o la
psicología clásica considerarían necesitadas de terapia, ya que son las más adaptadas a su entorno
familiar, profesional y social. Pero es precisamente su sobreadaptación lo que
constituye el problema. Confluyen y se mimetizan tanto
con su medio que al final no pueden distinguir su deseo del deseo del otro, sus
propias necesidades de las ajenas; confunden sus sueños con los de la pareja y
necesitan que todo el mundo a su alrededor esté bien para encontrarse bien.
En cuanto surge el más mínimo conflicto, intentan apaciguarlo o se protegen, marchándose o distrayéndose y poniendo la
atención en cualquier otra cosa. Sin embargo, si persiste el
conflicto, su forma de agredir será la resistencia pasiva. Si en el trabajo un jefe es
agobiante, no se enfrentarán directamente a él, pero pospondrán la tarea, la
olvidarán o pondrán mil excusas para restablecer su rutina perturbada por el
superior en cuestión.
Posponer es un verbo que los caracteriza bastante bien. Cuando surgen
problemas, suelen simplemente negarlos, no como el "goloso 7" que intenta
dar una solución rápida, sino sencillamente no viéndolos o, mejor aún, esperando a que se solucionen por sí
mismos sin hacer nada. Por ello, su visión del mundo y de las
cosas en general suele ser excesivamente simple; suelen ver mejor lo que tienen
frente a la nariz que lo que está a diez metros de distancia, porque prefieren
agotar tranquilamente el día de hoy sin esforzarse demasiado por el mañana. Les
cuesta fijarse metas lejanas, pueden incumplir mil veces sus propósitos
cercanos y culparse por no haber alcanzado los objetivos de la semana. Pero no
se morirán de estrés ni les dará un infarto por ello. Quizá el personaje
universal que mejor les caracterice sea Sancho Panza en toda su grandeza y con
todas sus miserias: sentido común, pragmatismo a ultranza, buen comer, huida
del peligro, rutinas bien establecidas y algo que, por obvio, suele olvidarse:
sacrificar todo ello en aras del ideal de Don Quijote, a través del que vive
una especie de vida vicaria. Los
"nueve" viven las penas y las alegrías de los demás como si fuesen
propias; éstas son su motor y su gasolina para rodar por la
vida.
Todo ello hace que sean personas normalmente dependientes: de los padres, de la
pareja, de los hermanos, de los compañeros de trabajo, de los amigos... Es difícil
que den su opinión sin consultar antes las de los demás. Al final, nos será
difícil distinguir si es propia o pura asimilación, ya que su principal
mecanismo de defensa es la confluencia,
la pérdida de límites entre ellas y el entorno, la
"con-fusión" con lo de afuera: una especie de difuminación de la propia identidad.
En sus casos más extremos sería una especie de fijación sadomasoquista
disfrazada de amor. En la infancia supondría perpetuar el estado del bebé, no
seguir los pasos normales de diferenciación, principalmente de la madre que
pudo ser una madre superprotectora, aunque, en otros casos pudo ser lo
contrario: ante una falta de atención generalizada por un exceso de hermanos o
por el trabajo absorbente de los padres, el niño o la niña tuvieron que hacer
un esfuerzo de sobreadaptación para "merecer amor". De aquí, una
especie de resignación, de poner de lado los deseos propios, las necesidades
personales, en aras de satisfacer continuamente a los padres hasta el punto de
llegar finalmente a responsabilizarse de los deseos y necesidades de éstos.
Cuando un NUEVE acude a terapia es que está despertando. Su malestar es un
primer síntoma de que se está dando cuenta finalmente de que ha construido su
vida en falso, y uno de los primeros pasos tal vez sea desidealizar a los
padres y no sentirse culpable por pensar, sentir y desear cosas distintas; por
atreverse a vivir una vida propia. Para ello, les es útil empezar a valorar sus cualidades,
que generalmente pasan por alto no dándoles mucho crédito. Sin embargo, la
verdadera modestia es un peldaño seguro de ascenso personal y de aceptación por
parte de los demás; por ello, podrían dejar de temer tanto la exclusión del
grupo. Si se relajasen en este esfuerzo por sentirse siempre incluidos, la
energía que ponen al servicio de los demás la tendrían disponible para sí
mismos. Sobre todo, en el ámbito de la escucha. En lugar de escuchar tanto a
los demás, podrían dedicarse más tiempo y espacio a escuchar su mundo interno,
en el que generalmente no profundizan.
Al releer este párrafo, me doy cuenta de su tono de moralina y aconsejador y
vuelvo a recordar qué sacan de mí los "nueve": ganas de empujarles,
deseos de que utilicen todo su potencial dormido, indignación cuando se dejan
engañar o explotar, impaciencia ante su lentitud, sobreestimulación de
alternativas y puntos de vista ante su excesiva simplificación del mundo...
Pero todo ello es una trampa, porque asentirán inmediatamente, confluirán,
sonreirán, se harán buenos propósitos haciéndome creer que está todo más claro
que el agua y volverán a su ritmo y a su resistencia pasiva. Paciencia es lo que
aprendo de ellos, porque de esta virtud andan sobrados.
Se me ocurre que la cara y la cruz de este eneatipo en el mundo en que vivimos
serían: por un lado, un ejemplo de autosatisfacción y conformidad en tiempos en
que muchas personas se encuentran inmersas en una carrera consumista en
persecución insatisfactoria de aquello que siempre creen que les falta; por
otro, el obstáculo que supone esta actitud para efectuar los cambios que el
sistema necesita; los gobiernos, las burocracias, las grandes instituciones
caminan a paso de elefante ante las urgencias sangrantes de la situación
histórica que vivimos. Y es que los "perezosos" son generalmente conservadores y obstinados;
una obstinación que raya en la terquedad puesta al servicio, en este caso, de
la tradición, lo conocido y las mayorías acomodaticias, con el supuesto
enfrentamiento pasivo al riesgo que supone cualquier innovación.
En el plano espiritual, los "nueve" suelen ser los más
"terrenales" de todos los eneatipos; no suele encontrarse entre ellos
muchos esoteristas, meditadores o buscadores, sobre todo en Vías que supongan
esfuerzo personal y constancia. Y esto, porque suelen desinteresarse de todo
aquello que no se pueda ver, oler y tocar fácilmente. Por ello pueden ser
buenos funcionarios y buenos diplomáticos. Les gusta mediar y les encantan las
estructuras que proporcionan estabilidad y pocas sorpresas. Sin embargo, cuando
despiertan a su verdadero deseo, a su auténtica necesidad, puede surgir
paradójicamente el Amor
genuino por los demás y trabajar con eficacia en profesiones de
ayuda o en actividades de voluntariado: al trascender su carácter, pueden poner
al servicio de los otros su serenidad,
visión incluyente, modestia y, sobre todo, su tendencia a las
dimensiones transpersonales de la existencia humana.
Nota: Quien ya haya leído los libros recomendados a lo largo de toda esta serie
de Claudio Naranjo (Editorial La Llave) sobre el eneagrama, pueden encontrar
esquemas simples y de gran utilidad, como recordatorio, en la obra de Salvador
A. Carrión López, "Eneagrama", (Ediciones Mandala).
Las Pasiones Capitales 3
La Vanidad
La más sutil de las vanidades es conseguir que ésta no se vea. Llamar la
atención sin que se note demasiado. Por ello, el tipo Tres del eneagrama puede
no ser la persona que vulgarmente llamaríamos vanidosa. Al igual que la ira del
Uno (véase Las Pasiones
Capitales 1 - La Ira) y el orgullo del Dos (Las Pasiones
Capitales 2 - El Orgullo), la vanidad del Tres está
normalmente velada o, al menos, nos suele ser del tipo jactancioso y burdo. El velo más común es una apariencia de naturalidad,
optimismo y eficacia: como el camaleón, las personas pertenecientes a este rasgo pueden adaptarse a cualquier
entorno y triunfar en él.
De hecho, la vanidad no se encuentra entre los pecados
capitales de la Iglesia católica, no tiene entidad propia, pues queda asimilada
al orgullo. El máximo logro de los vanidosos tal vez haya sido imponer su
pasión -que es la de
aparentar para conseguir- como valor dominante en la actual
cultura mercantilista de Occidente. El Tres se fija
metas, planifica, cumple los plazos fijados, ejecuta fielmente las estrategias
que se ha marcado para conseguir sus fines y logra sobresalir en su medio
social y profesional. Hasta tal punto es "invisible" la vanidad
-el fingimiento de lo que realmente se es- como patología, que no está recogida
en el "Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales"
(DSM-III). No es una coincidencia que el DSM sea un producto estadounidense y
que la cultura de Estados Unidos valore tanto al conseguidor, al ejecutivo eficaz, al
triunfador. Y sobre todo que sea la sociedad de la imagen por
excelencia, el paraíso de la
publicidad, en donde cuenta más el envoltorio que el contenido,
el personaje más que el político, el eslogan antes que el programa y, en
definitiva, el gesto mediático más que la verdadera intención.
Curiosamente, en los grupos en los que se trabaja el
Eneagrama (véase Las Pasiones
Capitales y el Eneagrama), la gran mayoría de los que se
incluyen en este rasgo son mujeres. Quizá, porque en una sociedad
predominantemente machista, muchas mujeres hayan tenido que depender más que
los hombres para ser y existir de la mirada del otro: del padre, de la madre,
de los profesores, del novio, del marido, de los colegas de profesión, de la
sociedad en general.
Los Tres
fueron generalmente valorados en su infancia por su hacer más que por su ser,
por su conducta más que por sí mismos, por sus logros más que por los esfuerzos que hacían para
conseguirlos. En muchas ocasiones, vivieron como una carrera de
obstáculos la consecución del cariño o del reconocimiento y la satisfacción de
la simple necesidad de ser tenidos en cuenta. Había que adaptarse a los deseos
de papá o mamá para tener una identidad. Y fueron creciendo creyéndose ser
aquello a lo que se adaptaban. Y ésta es precisamente la tragedia del Tres: no saber quién es en realidad,
porque no desarrolló desde que era niño o niña el hábito de contactar con sus
propios sentimientos y deseos. Llegó a creer que la mirada del Otro le hacía
existir y que los demás sólo podían apreciarle por su actividad y por su imagen.
En la loca carrera por agradar y triunfar, es lógico que aparezcan el estrés,
la ansiedad y los infartos como enfermedades típicas de este rasgo.
Ante la falta de verdadera identidad, se aferran a la
seguridad que se dan a sí mismos y que generan a su alrededor. Unos la pondrán
en la riqueza material
-exitosos hombres de negocios como Walt Disney-, otros en el triunfo social y profesional
-políticos como John F. Kennedy o Ronald Reagan- y algunos en el atractivo sexual, como
Marilyn Monroe, como prototipo de la "diosa sexual", capaz de atraer
al sexo opuesto a costa de vivir, según su propia confesión, el personaje que
ellos se inventaban: "He
permitido que los hombres se engañen a sí mismos. En ocasiones, no se han
preocupado en averiguar quién o qué era yo. En lugar de eso, se inventaban un
personaje. Ni me molestaba en discutir con ellos: era obvio que buscaban
alguien que no era yo...".
También es muy típico que puedan ser polifacéticos y
triunfar en lo que se propongan como el cantante, actor, presentador de
televisión y muchas cosas más Miguel Bosé, hijo de actriz y de torero famosos a
los que obviamente tenía que emular. Pero si hay algo en lo que fracasan, salvo que tomen
conciencia de que toda su vida es un esfuerzo por gustar, estar a la moda y ser
alguien para los demás, es en
vivir intensamente lo que son sin representar ningún papel. En
una memorable entrevista televisada que hizo a Chavela Vargas, se le ve
naufragar, intentar quedar bien, achicarse, ante una fuerza de la naturaleza que
se ríe de sí misma y del mundo y que pasa totalmente de su imagen y del qué
dirán. Cualidades todas ellas de las que carece el Tres, pero con las que
podría vacunarse de su verdadera angustia: el vacío de no saber quién es en realidad.
Por ello, rara vez
los Tres se dejan tiempo libre para la soledad y la reflexión.
Prefieren el grupo ante el que brillar y la actividad que les defienda del
riesgo de los tiempos muertos, ante los que sienten un auténtico pánico. Si
descansan, lo hacen como preámbulo necesario a la siguiente actividad. Si
fracasan en algo, rápidamente lo minimizan y tienen en mente un próximo logro
más seguro. En sociedad suelen ser brillantes, en equipo, eficaces, en familia,
responsables, con los amigos, serviciales. El leit motiv: mantener la imagen; si
para ello hay que competir, se encuentran en su salsa. La intención final: todo ha de servir, incluso
las amistades, para conseguir sus metas. Por ello podría
decirse del "vanidoso" que es un ejecutor, un conseguidor y un
mercantilista. Se vende bien y vende
bien todo lo que le rodea.
Precisamente este "don" de la imagen, de quedar
bien en cualquier situación, de adaptabilidad al medio, hace que sea a veces
muy difícil detectar a un Tres, que parecerá muy mental e intelectual en un
ambiente universitario; mundano, divertido y emocional en una fiesta social; y
aventurero, pasional o hippy en unas vacaciones en el Amazonas. Una pequeña
clave para distinguirlo en un grupo podría ser su disponibilidad a gestionar
los planes, a dirigir el cotarro, de una manera suave, sin imponerse demasiado
ni suscitar ninguna oposición. Recuerdo la forma en que una Tres se ofreció
como quien no quiere la cosa para ser la portavoz de un grupo de trabajo: antes
de que nadie pudiera proponerse, ya estaba tomando eficazmente notas con aire
de mosquita muerta y mucha diplomacia. Resultó ser una terapeuta competente y
versadísima en siete u ocho técnicas, que había trabajado con los mejores
especialistas del mundo. Simplemente no suscitaba la competitividad de los
demás, pues ella la tenía incorporada como una segunda piel.
A quien le interese la Homeopatía, el Tres se ha asociado
con "Phosphorus". Según Catherine Coulter, citada por Claudio Naranjo
("Carácter y neurosis. Una visión
integradora", Editorial La LLave, Vitoria, 1995):
"Emocionalmente es comprensivo, impresionable y sensible a la vibración
del otro... Posee una intuición muy fina en su trato con los demás y los
predispone a su favor con pequeñas atenciones verbales, con cálidos elogios o
mostrando una consideración enternecedora... Es gregario y necesita gente a su
alrededor para sentirse entero, bien y feliz.... Se considera más sensible y
refinado, más intuitivo, más entretenido, más dotado y más espiritual que los
demás... Tiene temperamento de actor. Debajo de su genuina sociabilidad subyace
la necesidad de audiencia y... necesita del aprecio y atención de los demás
para sacar lo mejor de su propia naturaleza y sentirse vivo".
Así pues, el
mayor peligro de este tipo de personalidad es que puede creerse tanto sus sucesivos
papeles, captar tanta atención y tanto aprecio que pueden morir
de éxito. Dicho de otro modo: si ninguna crisis llama a su puerta, por una
enfermedad grave, un pérdida dolorosa, un fracaso estrepitoso... pueden
mantenerse permanentemente alimentados por la mirada ajena, incluso por la
admiración expresa o la envidia tácita de los demás y seguir engañándose y
engañando sin llegar nunca a contactar con su verdadero Ser. Incluso cuando
acude a terapia, puede ser el paciente perfecto que proporciona al terapeuta el
material que cree que éste necesita.
Alfonso Colodrón. Terapeuta gestáltico y Consultor
transpersonal