OLIVA  Y  YO
     El perro, una terapia muy positiva para superar ciertas enfermedades.

Mi historia se sitúa en una línea que creo que debemos de tener presente y apoyar todos los amantes del perro: la ayuda terapéutica que estos animales son capaces de brindar al ser humano.

Es este un tema que se está desarrollando con éxito en otros países, pero creo que en España aún no se toma muy en serio, o al menos esa impresión obtengo al hablar de ello. Y pienso que tenemos que difundir más esta posibilidad de terapia que tan positiva puede ser, para ello deberíamos utilizar cuantos medios tengamos a mano, y en este caso la revista de nuestra asociación resulta idónea.

Cuando Oliva llegó a mi vida yo pasaba por un mal momento. Había tocado fondo en una depresión que sufría desde hacia varios años, estaba en tratamiento médico y psicológico y esa ayuda empezó a fructificar, pero muy lentamente. Aún había muchas cosas que no era capaz de hacer: el trabajo suponía un esfuerzo sobrehumano, salir con los amigos o realizar un viaje igual. Y por supuesto para dormir y luchar contra la ansiedad tenia que medicarme diariamente.

Entonces llegó Oliva. A pesar de vivir perdida en una especie de laberinto del cual me sentía absolutamente incapaz de salir o de ver la luz, me empeñé en comprar un perro porque había sido ese mi deseo desde niña. Mi decisión era firme, pero sabía que no me encontraba bien y me sentía incapaz de afrontar las responsabilidades que conllevaba tener un perro: llevarlo al veterinario, pasearlo a diario, etc... Para superar estas dificultades contaba con la ayuda de mi marido, Juan, eso me tranquilizaba. Entonces no había más que hablar, y tras el proceso de escoger una raza (Perro de Agua Español, no podía ser otra, pero eso es otra historia) y después el ejemplar, apareció esa bola peluda y juguetona en el salón de mi casa.

Oliva, era alegre, increíblemente juguetona y traviesa, como la mayoría de los cachorros. Me empeñé desde el principio en educarla lo mejor que pudiese, a base de leer libros al respecto y consultas telefónicas a quienes me la vendieron. No obstante, muchas veces pensé que no podía más, que no sería capaz de seguir adelante con ello tal como lo había propuesto. Cuando yo estaba en el sofá y Oliva intentaba subir una vez tras otra sin parar, sentía que aquello me iba a desbordar, era superior a mis fuerzas bajarla con un ¡No! enérgico 20 o 30 veces seguidas.

Quien lea esto pensará que era una exageración mis sentimientos ante una cosa tan nimia. Pero si alguno ha vivido la experiencia de sufrir una depresión o de verla en un familiar, comprendería mucho mejor que en ese estado una no es la persona que solía ser porque le dominan el miedo, la tristeza, la inseguridad, la ansiedad, el desvalimiento, la culpabilidad y un largo etcétera de negativas.

Y así me encontraba yo, inmersa en ese túnel negro. Por las mañanas solía dar largos paseos por el campo, pues así me lo había aconsejado la facultativa que me trataba. Aquellos paseos constituían un gran esfuerzo porque no solamente era incapaz de ver y de disfrutar de la naturaleza que me rodeaba sino que esa naturaleza me asustaba, la sentía amenazante y procuraba no alejarme demasiado de las casas, siempre temiendo sufrir una crisis de ansiedad.

Al principio de incorporar a Oliva a mis paseos, nada cambió, todo seguía pareciéndome amenazante y la inquietud, el miedo y la tristeza seguían dominando mis actos cotidianos. Así transcurrió el tiempo, pero algo estaba transformándose en mi interior aunque no era capaz de percibirlo aún. Hasta que, una mañana de invierno, gris y fría, mientras caminaba a eso de las diez de la mañana por el sendero de tierra de todos los días, de repente ( y lo recuerdo con nitidez), me sorprendí al darme cuenta de que estaba sonriendo al ver correr a Oliva que se alejaba y volvía hacia mi con esa cara de traviesa, la lengua fuera, los cordones de su pelo y las orejas moviéndose con el viento. Verla así me producía una alegría que no sentía desde hacía mucho tiempo. Aquello fue como un descubrimiento, aunque solo fue eso: un flash, pero suficiente para sacar por un instante la cabeza del pozo en el que me encontraba y asomarme al mundo que estaba ahí fuera.

Desde aquel momento, mi recuperación fue en línea recta y ascendente. Poco a poco empecé a intentar hacer cosas que me suponían un reto, aunque a ustedes pueda parecerle lo más tonto del mundo. Por ejemplo, al cabo de cierto tiempo subí a mi perra al coche y me fui al veterinario sola con ella para una revisión rutinaria. En fin, para no alargar demasiado esta historia, diré que Oliva se convirtió en un enorme apoyo y un acicate para volver a la vida normal. Había algo muy especial y era que ella me hacía sonreír con sus ocurrencias lo cual me exigía una atención saludable que me relajaba sin darme cuenta.

All cabo de los años las cosas se ven con más claridad y yo he sacado mis propias conclusiones de aquella experiencia.

Comprendo que mi curación se debió a una reunión de factores. En primer lugar la ayuda médica y psicológica fue muy importante, porque para salir de esa enfermedad el primer paso es admitir que la estas padeciendo y seguidamente pedir ayuda y ponerte en manos de personas debidamente cualificadas. Bien, este debe ser el “trámite” o camino principal a seguir, pero a partir de ahí pueden darse factores que ayuden a que la salida sea efectiva, duradera y más rápida. Y es ahí donde entra Oliva , su compañía constante y su cariño incondicional constituyó un pilar importantísimo donde me fui apoyando sin darme cuenta. Y sus necesidades, si bien en un principio me abrumaban, terminaron por hacerme salir de mi encierro mental. Los temores desaparecieron si estaba acompañada por ella, era como un seguro (pueden pensar que absurdo) de que “nada malo puede ocurrirme”, y esa confianza que me transmitía acabó por extenderse a mi vida cotidiana en su ausencia.

En resumen, pienso que en momentos difíciles de un ser humano la compañía de un animal, en este caso perro, abre perspectivas insospechadas porque al tratarse de un ser vivo que no nos cuestiona, que nos acompaña y nos da tanto cariño, puede constituir ese resorte secreto que se tiene que accionar en nuestro interior y que el enfermo no sabe como hacerlo, para que salgamos de la enfermedad si es el caso de una depresión. Pero si hablamos de otros casos incluso más graves, o tratándose de ancianos solos o niños enfermos estoy segura de que más de uno se asombraría de lo que pueden conseguir nuestros amigos caninos de estas personas. Ojalá que se empiece a tener más en cuenta esta ayuda animal y se creen grupos de gente dispuesta a ofrecerla.

Quiero brindarle un homenaje a Oliva con este artículo. A ella se lo dedico, pues resultaba muy triste ver que casi todos los homenajes a perros (al igual que sucede en el caso de los humanos) se suelen hacer tras la muerte del can. Yo no quiero imaginar aún ese momento, prefiero dedicárselo hoy que sé que cuando regreso a casa me recibirá loca de alegría con una zapatilla vieja en la boca y que pasearemos juntas como todos los días y que le tiraré mil veces la pelota y otras tantas me la devolverá en la palma de la mano, que seguiremos siendo cómplices en el juego y que además le acompañará mi otra perrita, Jícara, su hija.


Hasta hoy Oliva solo me ha proporcionado alegrías, y además como colofón de su enorme cariño nos ofreció dos “regalitos extras” en su primera camada con Lastone de Ubrique: parió a la que sería la campeona del mundo en Holanda – Ámsterdam 2002 – la perrita de agua Ocuri, y también al campeón y Bis Cataluña 2003, Duende, que se criaron cuidados con esmero por su madre Oliva, jugando y correteando con sus hermanos y nuestra hija Laura por el jardín de mi casa.
Hoy, (verano 2003) Oliva solo tiene cinco años, es una perra feliz llena de vitalidad, tiene un carácter equilibrado, decidido y valiente. Espero vivir con ella y con toda la familia nuevos paseos, excursiones, aventuras, viajes y veraneos juntos. ¿Caben más satisfacciones?.

 

 

 

Lola Morales Ortega.

Criadora de Perros de Agua Español

Afijo “La Voz De Su Amo”