Mortal
y tigre (01/12/08)
No
es fácil escribir con los ojos anegados en lágrimas. No es fácil escribir con
dos comprimidos de trankimazín en el cuerpo. No es fácil escribir cuando se
está sonado. No es fácil escribir con 72 horas de insoportable dolor a cuestas
y sabe Dios cuántas más, o días, o semanas, o meses así, por delante. No es
fácil escribir después de asomarse al horror. No es fácil escribir
―dicen― después de Auschwitz. No es fácil escribir, en efecto,
cuando el sentimiento de culpa nubla la inteligencia y desgarra la conciencia.
No es fácil escribir cuando un ser inmensamente amado que te amaba inmensamente
muere y tú has sido el instrumento involuntario de esa muerte. No es fácil
escribir cuando, para hacerlo, se aprieta la tecla de encendido del ordenador y
lo primero que aparece en su pantalla es la imagen de la persona que se ha ido
para siempre. No es fácil escribir, en suma, cuando no se tienen ganas de
vivir.
¿Exagero?
No. ¿Exageraba Umbral en el mejor de sus libros? Mortal, como el suyo, y tigre
es mi dolor, porque atigrado, y no rosa, era el ausente cuya presencia ha
llenado, uno a uno, todos los instantes de mi vida a lo largo de los dos últimos
años. ¿Se puede querer a un animal como a un hijo, como a una madre, como a un
padre, como a un amigo? Se puede. Doy fe.
¿Persona?
Sí, aunque sólo (¿sólo?) fuese un gato, porque persona es todo lo que tiene
alma, y Soseki la tenía. Quien lo trató, lo sabe. Era ―¿es?― el
ser más noble, más bueno, más simpático, más sensible, más inteligente e,
incluso, más guapo que he conocido. Parecerá, una vez más, que exagero, pero
quien exagera, miente, y yo no estoy mintiendo. Digo mi verdad.
Sus
amigos, quienes lo conocieron, comentaban: no es un gato, no hay gatos así, es
un ángel encarnado, es vuestro ángel de la guarda, está aquí para
protegeros, para enseñaros...
Nos
enseñó, en efecto. Nos enseñó a amar. Así de simple, así de claro.
Y
yo, sin embargo, en el último instante de su vida, cuando la mano de hielo de
la muerte se cernía sobre él, no supe protegerlo, no estuve a la altura de lo
que las circunstancias exigían ni de la ciega confianza que había depositado
en mí. Le fallé, le fallé, le fallé... ¡Dios! Rasca, cruje, duele, hiere.
Nunca me he sentido tan mal.
Sentimiento
de culpa, decía. ¿Por qué hice lo que hice? ¿Por qué no hice lo que no
hice? ¿Y si hubiera hecho tal cosa? ¿Y si no hubiera hecho tal otra? ¿Y si, y
si, y si...?
Lo
sé, lo sé. Es el fatum. Es un
accidente. Sin volición no hay culpa. ¿Pero no es culpable la negligencia, la
distracción, la falta de reflejos? No me absuelvo, no me perdono. ¿Qué
penitencia debo cumplir para que Soseki me perdone y me absuelvan las personas a
las que se lo arrebaté?
Naoko,
sin ir más lejos. Era su bebé, quiere que tengamos otro ―humano, hijo
nuestro― y creía que Soseki lo vería nacer, se metería en su cuna,
vigilaría su sueño, jugaría con él y estaría, hasta mi muerte, con
nosotros.
Mi
conciencia no puede soportar cuatro dolores simultáneos: el de ella, el mío,
el de Soseki ―dos minutos de espantosa agonía y un futuro de felicidad
segado de repente en plena juventud (¡qué injusticia, Dios mío, qué
injusticia!)― y el del remordimiento. ¿Injustificado éste? Supongo que sí,
pero esa conjetura, razonable, no me sirve de consuelo. El corazón tiene
razones que la razón no conoce.
Suelo
citar a santa Teresa: No importa nada; y
si importa, ¿qué pasa?; y si pasa, ¿qué importa?
Pues
me trago la cita y, con ella, la doctrina del desapego de Buda y la ataraxia de
los estoicos. Lo de Soseki, me importa. ¡Vaya si lo hace! Estoy deshecho. Juro
por Dios, y por Buda, y por Marco Aurelio, que vivo más su muerte que mi vida.
Yace
ahora al pie del olivo de mi jardín. Había nacido en Castilfrío y en Castilfrío
reposará su cuerpo. Naoko y yo hemos escarbado su tumba diente a diente, lo
hemos depositado boca arriba en ella, le hemos rascado la panza, ofrecida por última
vez, mientras nos miraba con los ojos abiertos, apenas vidriados y llenos aún
de amor, hemos alzado su patita derecha ―de ese modo, levantada y agitada
por Naoko, su madre, se despedía siempre de mí cuando yo salía de casa―
y hemos recibido de él, después de besarlo, su último adiós. Hizo suyo en el
postrer instante el ideal de Roma: murió joven y tuvo un cadáver bonito. Tan
bonito como en vida lo había sido no sólo su cuerpo. También sus actos y su
alma.
Su
tumba está ahora cubierta de nieve. Habría correteado hoy sobre ella, feliz,
persiguiendo a sus amigos, los pájaros, y jugando con sus amigas, las hojas,
si...
¡Maldito
condicional!
En
el lugar donde murió ―un montacargas― hemos encendido velas y unas
varillas de incienso, y hemos puesto un tazón de friskies, un cuenco de agua,
unas briznas de la hierba que le gustaba mordisquear y un puñado de los chicles
especiales que le dábamos, a veces, como premio de su conducta, siempre
intachable. Es lo que, según los budistas japoneses, hay que hacer en tales
casos.
Antes
de enterrarlo, cuando ya estaba en su pequeña fosa, me arrodillé ante ella y
le pedí perdón. Es otro consejo de Buda.
¿Son
bobadas? ¡Por favor! No digan eso, no piensen eso. Nunca es bobada lo que dicta
el afecto, la misericordia o la esperanza.
¿Afecto?
He recibido hoy decenas de llamadas, y no todas eran de parientes y de amigos.
Algunas eran de desconocidos. Quizá, entre ellos, había, incluso, algún
enemigo. Sería, de ser así, mérito de Soseki. Seguían su alto ejemplo de
concordia, de bondad, de pata tendida en gesto de saludo. Estaban sokegados.
Soseki,
sosiego. Sosekémonos todos.
¿Esperanza?
Sí. También dicen los budistas japoneses que las personas muertas se
reencarnan dentro de los 49 días siguientes al de su fallecimiento. Busco un
gato que haya nacido o vaya a nacer en ese plazo. Que sea vital y tigre, por
favor.
Claro
que si Soseki era, como muchos sospechamos, un ángel, lo mismo no se reencarna.
Bueno. Me esperará allá arriba, con mi madre, que adoraba los gatos, y con el
resto de mis gatos muertos, y en el ínterin seguirá revoloteando por nuestras
vidas y nuestra casa como siempre lo hizo desde el día en que motu proprio se
subió a mi coche, en Castilfrío, hasta que el viernes 28 de los corrientes, a
eso de las tres y media de la tarde, echó pie a tierra y emprendió su vuelo.
Sabía
que iba a morir. Su conducta en los días, las horas y los minutos anteriores a
su óbito lo demuestra. Se despedía. Nos avisaba. Nos dio más amor que nunca.
Naoko y yo, sorprendidos, lo comentábamos sin entender el porqué de esa
actitud. Quería avisarnos de que el montacargas maldito es peligroso y, para
ello, se inmoló.
Nos
ha dejado, además de ese recordatorio, otras muchas cosas en herencia.
Procuraremos usarlas bien y rayar siempre a la altura ética y estética de
quien nos las legó. Por ejemplo: nunca, antes, habiéndonos querido mucho, nos
habíamos querido tanto Naoko y yo. Todas las mañanas y todas las tardes, desde
que murió, meditamos los tres juntos y el aire se vuelve amor. No
desfalleceremos. Doy mi palabra.
Perdóneme
Pedro Jota que convierta hoy esta página de El
Mundo en obituario. Perdónenme los lectores el desahogo. Ahogado, en
definitiva, murió Soseki. No me gusta convertir el dolor propio en espectáculo,
no me gusta desempeñar el papel de plañidera, pero dicen que escribir alivia,
cauteriza, tranquiliza, fortalece, cura, es una terapia...
¿Lo
es? No estoy seguro. Desde la pantalla del ordenador me mira, joven, ágil,
guapo, sereno, noble, cargado de vida y de futuro, y de fe en mí, Soseki, y los
ojos vuelven a llenárseme de lágrimas y a naufragar en ellas.
Naufragio,
sí. No sé qué hacer, no sé cómo contenerlas. Miro el infinito paisaje
nevado de ese mar que es la estepa de Castilla a través de los cristales y
descuelgo el teléfono como si me aferrara a un tablón en el océano. Hay en su
contestador un mensaje. Me lo ha dejado, mientras escribía este artículo, un
viejo amigo, un compañero de colegio y del alma: Luis Martos, autor, por
cierto, ¡qué sincronía!, ¡qué empatía!, de un libro, a decir poco
extraordinario, que se titula En busca del
universo invisible. Léanlo. Lo ha publicado Letra Clara. ¡Y tan clara! Les
doy este consejo, quizá extemporáneo, porque sé que Soseki, generoso, amigo
de la verdad y amigo de sus amigos (Luis lo era), también lo daría, y me lo
inspira. Ni una jornada, me susurra desde el pie de su olivo, árbol de paz, sin
una buena acción.
El
mensaje dice: «Fernando, piensa una cosa: él ha sido feliz con vosotros,
vosotros le habéis hecho feliz y ahora estará para siempre, feliz, con
vosotros». Que así sea.