Del
cerebro triuno y la ley del tres.
Tres
puntos forman un plano
Tres
partículas un átomo
Tres
notas acorde son
Y
tres cerebros un ser humano
A
saber, el racional
El
emocional y el reptiliano
También
llamado visceral
Cada
uno se ocupa de algo
El
visceral de lo animal
El
emocional de lo sentimental
Y
el racional, pues eso, de pensar
Todos
están en uno y uno está en todos
Más
que pasa y que misterio hay
Pues
complejo sí que es, que caray
De
esto se deriva que personas
No
son animales ni cosas
Pero
que a veces lo parecen
También
muchas veces
De
estos tres cerebros
Salen
las llamadas tríadas
Una,
dos y tres, ¡ala!
Visceral,
emocional y mental
los
viscerales buscan autonomía
Y
que no les pisen
pues
para rabia la mía
Los
emocionales buscan atención
Que
poca vergüenza
Pues
quién te crees que eres
So
simplón
Y
los mentales, ¡ay los mentales!
De
tanto pensar
Se
llenan de ansiedad
Y
así de esta manera
Se
resume la esencia
De
lo que un TODO
Quiso
ser
Y
se partió en tres.
Mario
La triste
historia de Fidelita Amores de María. (*)
Más vos
que sabés del amor, que sabés de la
entrega apasionada, de la pura dicha de amar sin esperar nada a cambio. Amigo,
creo que será mejor que os cuente la historia de Fidelita, la niña que nació
para amar en la desdicha, que fue la gloria y la envidia de las mujeres, que fue
la pasión de muchos hombres y el calvario de uno. Sin ella el tango no existiría,
la voluntad y la seducción hecha mujer.
Fidelita
nació en un arrabal de Buenos Aires, mas parece ser que los aires del arrabal
no eran nada buenos, pues había hambre, miseria, sudor y lágrimas. La gente se
quitaba las penurias cantando tangos arrabaleros e intercambiando improperios
unos a otros. Las mujeres se pasaban la vida lavando y fregando para sus hijos y
maridos, las que eran decentes, y las que no lo eran se dedicaban a ensuciarlos.
Todo un ciclo, che, vistes. Los hombres cuando no trabajaban que era casi
siempre se dedicaban a ir a la taberna a escuchar tangos y milongas y a
emborracharse mientras sus mujeres lloraban sus ausencias, algunos se abroncaban
y la cosa terminaba o en la comisaría o en brazos de alguna buscona que les
calmaba la rechifla.
En ese
ambiente fue en el que vino al mundo Fidelita, su padre, bueno su padre no es
muy seguro quién fue su padre. Hay teorías, sabes, unos dicen que era un
Bombero que vino a apagar un fuego al arrabal y al parecer lo que terminó
apagando fue otra clase de fuego, y otros dicen que fue el cura del barrio, mas
eso no está muy claro pues la mama de Fidelita no era muy devota, sobre todo
después del incendio.
Fidelita
creció entonces sin un papa que la diera su amor y la supiera aconsejar sobre
los hombres, más bien fue la madre la que la desaconsejó los hombres, pero ya
es sabido que los hijos nunca hacen caso de los padres, y menos de las madres
que además aconsejan siempre en la dirección equivocada y sin ningún ejemplo
a seguir, pues si de algo sabía la mamá de Fidelita era de hombres, pero de
los hombres de otras mujeres.
Fidelita
desarrolló así un sentido fino para agradar, para seducir a todo hombre que se
acercara a ella, demostraba una gran maestría en como manipular a los demás a
su antojo, en sacar lo mejor de cada uno, sobre todo el dinero, y así desde su
más tierna infancia de niña linda, pasó por una adolescencia de chica pecosa
y graciosa a una juventud de tierna compostura seductora para llegar a ser una
auténtica diva, destroza corazones. Los hombres se deshacían por estar con
ella, qué digo, por obtener una simple mirada de sus ojos, una sonrisa de su
boca, un gesto amable, che, que hiciera albergar alguna esperanza en sus
corazones, mas lo único que conseguían era un dolor de cabeza, una herida en
su alma y menos pesos en su cartera. Pero ay amigo, Fidelita sabía entregarse
como nadie, sobre todo con aquellos a los que amó de veras. Más de una vez vi
sufrir a Fidelita, llorar desconsolada los desplantes de Liborio Machuelas de
Pijarrón un auténtico fanfarrón donde los haya. El Machu Pichu que así le
llamaban sus amigos era un tipo de buen porte, arrogante y pendenciero que traía
locas a las damiselas del arrabal. Tenía un no sé qué, un qué sé yo, bueno
un duende que dicen, que por donde pasaba se oían los suspiros de las mujeres
cuando las miraba al estribote y al tiro alguna se desmayaba, y de algún otro
rarito pero a estos los despreciaba, bueno a las mujeres también pero después
de amarlas. Tenía por costumbre cantar tangos en la taberna del Cuernavaca, que
así le llamaban por los tratos que el Machu Pichu había tenido con su esposa,
entendés no. Su voz lastimera servía de reclamo, las mujeres que lo escuchaban
caían prendadas al instante y los hombres salían de la taberna para que no los
vieran llorar no los fueran a tomar por tilingos
Y como
estaba escrito Fidelita se enamoró del Liborio y Liborio se enamoró de
Fidelita y de veinte más, ¡cómo no!, era Machu Pichu y no podía dejar su
fama por los suelos el muy apotrado.
Pero, ay
amigo mío lo que no sabía el Machu era lo que Fidelita era capaz de hacer para
salirse con la suya y ser el único amor de Liborio, pues buena era Fidelita,
cuando le entraba el calentón se le iba la chaveta y mejor no estar en el
bullarengo que se preparaba.
Un día
que Fidelita había regresado pronto ve que Liborio estaba dando cuenta de una
mujer un tanto desorejada, en esto que Liborio se percata, y ve venir a
Fidelita, se amujó las orejas, y en poniéndose la chapona, Fidelita le espeta,
Liborio ¿que andás buscando el hoyo? y sin esperar en un pronto le atajo una
flamencada en el buyón, de número, que lo dejó doloso y descangallao en el
suelo, después se fue al pescuezo y de mala entraña acabo con Liborio el Machu
Pichu.
Dicen que
Fidelita lloró a Liborio, pero que su orgullo quedó bien parao.
A esta
historia le dedicaron un tango que dice::
Fidelita
mujer bonita
No caigas
en la trampa
De un
boludo
Que os
maltrata
Y que al
tranco os salió
Vos que
sos la más guapa
Y la más
cara
No vayas a
perderos
Por este
cuchillero
De Liborio
De entre
todos el más bobo
CORO:
Fidelita,
Fidelita
La más
bonita
La más
salada
Como
Llora, Fidelita.
La más
chingadita
La más
guapa.
Mario Fernández Román,
Getafe a 8 de mayo de 2008
(*)
nota del autor: léase siempre con acento argentino, se entenderá mejor.
Mr. Doit F. Maker
La empresa, especialmente la
cuenta de resultados y la imagen era para lo que había nacido Mr. Doit F.
Maker. Ya desde bien pequeño Doit había demostrado una especial habilidad para
engañar a la gente, y venderles cosas que valían un dólar por el doble de su
precio, de lo cual su padre estaba muy orgulloso ya que así le ayudaba a
afrontar la crisis que asolaba Norteamérica en los años 30.
Doit era rubio, de complexión
atlética y un gran corredor de fondo, cualidad que había ido entrenando sobre
todo cuando la gente se daba cuenta de que habían sido engañados por el pequeño
Doit. No obstante sabía como nadie encandilar a los demás con su cara de buen
chico, su sonrisa abierta y sus dientes blancos y simétricos conseguidos tras
mucha leche y años de ortodoncias.
La madre de Doit pertenecía
a la clase de personas que saben educar a sus hijos en la vida práctica, cuando
Doit sacaba alguna mala nota en el colegio le recriminaba por su falta de tacto
con la maestra y su todavía torpeza en el noble arte de la chuleta, hijo es que
no sabes que lo que cuenta en esta vida son los resultados, la próxima vez pon
más atención en como copiar y que no te descubran, tu sabes que lo puedes
conseguir y por cierto ten cuidado con ese niño, como se llama, ah sí Thomas
Algor, siempre saca las mejores notas y eso es porque debe copiar mejor que tú.
No hace falta que te repita cómo conquistamos esta tierra a los indios.
Doit había así
desarrollado su capacidad para conseguir las cosas a cualquier precio, no
importaba como, lo que realmente importaba era el resultado. No obstante, todo
hay que reconocerlo, Doit era muy diestro para hacer cosas que produjeran
beneficios y en otras cosas se mostraba bastante siniestro. Nadie sabía cómo
Doit era capaz de entregar el primero los deberes en clase, lo cual a la maestra
le resultaba muy grato y esto hacía mejorar la imagen que de él tenía. Decía
Mrs. Emily O’Kal de origen irlandés y que sufría de jaqueca habitualmente,
“mirad como vuestro compañero Doit ha sido otra vez el primero en hacer los
deberes” lo que servía para que el pequeño Doit consiguiera un bono gratis
para el partido de Baseball de la liga de la escuela, además de un asiento al
lado de la niña más atractiva de la clase, la pequeña Yodi Mash, una niña
rubita con ojos azules y que era la envidia de todas sus compañeras y la
admiración de todos sus compañeros. Era hija de un afamado empresario, que con
dignas aportaciones dinerarias a la escuela era el responsable de que su hija
siempre fuera la primera en clase a pesar de no demostrar un talento especial
para ni las matemáticas ni la geografía pues ella sostenía que el jardín
trasero de su clase tenía frontera directa con Albania, pues en la casa de al
lado vivía un negro albino, llamado Mr. Hole Black. Doit y Yodi hacían una
pareja envidiable, de cine, los dos guapos, los mejores de la clase, y de buena
familia, sobre todo Yodi.
El tiempo fue pasando o
mejor dicho la gente fue creciendo, en estatura, en años y en arrugas, salvo
Yodi y Doit, que seguían conservando una figura escultural, gracias a los
sacrificios hechos en horas de gimnasio, cirugías estéticas y ropa de marca.
Doit descubrió su vocación, la de piloto de las fuerzas aéreas, cuando un día
vio una película sobre la 1ª guerra mundial, y lo que más le gustó fueron
los uniformes que vestían los pilotos con su pañuelo blanco anudado al cuello
y sus gafas en la frente. Fue cuando se juró asimismo que él sería piloto y
se casaría con Yodi. Ambas cosas las consiguió, primero ser piloto y después
casarse con Yodi. Al contrario hubiera sido bastante difícil pues Yodi no
hubiera admitido nunca casarse con el hijo de un fontanero a secas, oficio del
padre de Doit.
Corrían los años 60 cuando
la NASA empezó a desplegar todos los proyectos de viajes al espacio y para ello
requerían de pilotos avezados y entrenados duramente en el difícil arte de
viajar por los aires sin marearse ni perder la cabeza. Muchos pilotos se
presentaron a las pruebas para astronauta, y sólo unos pocos fueron elegidos,
como siempre pasa cuando se presenta mucha genta a una cosa para la que se
requieren sólo unos cuantos. Doit pasó todas las pruebas con éxito, palabra
que entusiasmaba a Doit y no digamos a Yodi. Incluso llegó a competir con un
chimpancé en la prueba de subir por un árbol, ganando al chimpancé en
agilidad y rapidez, se cuenta que el chimpancé nunca llegó a superar tamaña
derrota frente a un hombre, es más tuvieron que someter al mono a terapia
regresiva, ya se sabe que los monos de la NASA tienen un sentido del honor muy
desarrollado y una gran autoestima, no en vano eligen a los mejores simios del
zoo. Pues bien, el superar todas las pruebas con éxito le sirvió a Doit para
que le dieran el grado de “Mayor Doit” y el puesto del mono al que tenían
pensado enviar al espacio a no se sabe muy bien que satélite, planeta o astro
que se encontraran por el camino. Al final decidieron los científicos, hombres
todos muy sesudos ellos, enviar al Mayor Doit a dar una vuelta a la tierra a una
distancia de 300 km, lo que se dice poner en órbita al artefacto y sacar unas
fotos de la tierra desde esa distancia, fotos que sobre todo iban a ir dirigidas
principalmente a un país amigo, una tal Unión Soviética, en la que parece ser
que hacía mucho frío y que también enviaban cohetes al espacio con el mismo
propósito de sacar fotos, pero con la diferencia que ellos mandaban perros como
tripulantes en vez monos o Mayores, que para el caso viene a ser los mismo.
Total que como todo llega en
esta vida, llegó el día del despegue de la nave desde un cabo de florida que
tenía nombre y luego se lo cambiaron para despistar. El Mayor Doit, fue a
despedirse de su querida esposa, Yodi, que para la ceremonia se había puesto
uno de sus mejores vestidos y encajado una peluca a la moda.
Estas fueron las últimas
palabras que Doit dedicó a su mujer: Mi linda Yodi, creo que nadie va a llegar
tan alto como yo, a lo que Yodi contestó con lágrimas en los ojos: Te esperaré
y te veré por la televisión nueva que hemos comprado y ten cuidado con las
estrellas, que me han dicho que si las tocas te queman.
El mayor Doit con paso firme
emprendió lo que iba a ser un gran paso para la humanidad y un tropezón para
el Mayor, pues casi se cae al chocar con un cable de la nave.
Los momentos que siguieron
estuvieron llenos de emoción y al iniciarse la cuenta atrás el Mayor Doit,
apretó los dientes, sonrió y salió a toda pastilla al llegar a cero. Los
pelos se le erizaron y las tripas se le movilizaron. Pero eso fueron sólo los
primeros minutos, al estabilizarse la nave y entrar en velocidad de crucero,
miro por la ventana hacia la tierra y no pudo por menos que pensar para sus
adentros “¡PERO QUE COÑO HAGO YO AQUÍ!”, y en ese instante es cuando el
pequeño Doit, ahora Mayor, se dio cuenta de que nunca había tenido los pies en
la tierra realmente.
Mario Fernández Román,
Getafe a 29 de mayo de 2008
Pericles
Fausto o la alegría de vivir.
El
estaba mirando por la ventana con su cara habitual, es decir de tristeza. Su
melancolía le invadía especialmente esos días, los 365 días del año y uno más
los años bisiestos. No obstante, había días en los que la melancolía la
transformaba en auténtica depresión. Y todo esto por qué, no se sabe muy
bien, sus terapeutas le aconsejaban a la familia de Pericles Fausto, que es así
como se llamaba nuestro protagonista de la historia, que no fueran muy duros con
él pues el niño había nacido con una especial sensibilidad para arruinar la
vida de los demás y llenarla de tristeza y melancolía, era un alma sensible
como pocas, un auténtico incomprendido. Al poco de nacer, su madre se dio
cuenta que el niño no lloraba por el biberón o porque tuviera gases, no, el niño
lloraba por el color de su cuna y por los cuadros de su habitación. Pronto sus
padres descubrieron que lo que le relajaba al niño eran cuadros como los
fusilamientos del 3 de Mayo o la decapitación de Juana Grey, lo conectaban con
la amargura y lo trágico de la vida. Como es de esperar en todos los niños,
Pericles Fausto fue creciendo y con él también sus hermanos, pues tenía 3
hermanos, una hermana y un caniche que lo hizo compañía desde bien pequeño
hasta que no se sabe muy bien por qué un día desapareció de la casa y no
regresó jamás. Años más tarde la familia se enteró que el caniche se había
ido liado con una gata de la casa de al lado, era un perro que siempre supo
marcar la diferencia entre los de su especie. Cosa que a Pericles Fausto le cayó
en gracia y supo comprender como nadie. Decía él a su madre, mamá en la vida
de todo ser viviente, incluidos los perros, llega un momento en que hay que
saber dejar huella y marcar la diferencia, a lo que su madre le respondía, mira
Peri, tu hasta ahora sólo dejas huella en tus gallumbos, a ver si te limpias
mejor hijo, que mamá se cansa de tanto lavar.
Estas
y otras cosas son la que fueron marcando la personalidad y el carácter de
Pericles Fausto. Cuando cumplió los 20 años decidió estudiar psiquiatría, ya
que él pensaba que así de esa manera, ya que nadie le entendía, podría por
los menos llegar a comprenderse el mismo y curarse su melancolía de nacimiento
por sí sólo, y pasar a la historia como el “hombre que se curó a sí
mismo”, cosa que la mayor parte de la gente ya venía haciendo durante siglos,
pero en la que Pericles no había caído en su afán de buscar la originalidad
en todo momento. Pericles sabía como nadie captar esos momentos cumbres que nos
depara la vida, los amaneceres, los atardeceres y sobre todo los anocheceres,
cuando todo se volvía oscuro él se relajaba y entraba en canal con la amargura
y el destino fatal de todo ser viviente. En esos momentos es cuando le comentaba
a su novia, que casualmente se parecía mucho a él, “lo ves Angustias, como
todo se torna negro y poco a poco el terrible destino nos alcanza con esa
contumaz perseverancia que termina por debilitarnos y nos arroja en brazos de la
parca” a lo que ante esa frase tan inspirada, Angustias le contestaba, “si
mi amor, sólo tú eres capaz de hacerme feliz y llenarme de alegría la
vida”. Así de esta manera los dos juntos iban paso a paso caminando por la
calle, alternando estas sutiles frases propias del más sensible de los poetas
con unos largos silencios únicamente rotos por el claxon de algún coche que
pasaba por allí.
Cuando
Pericles terminó la carrera y después de varios intentos de suicidio de su
novia, por fin se casaron y decidieron marcharse de su ciudad natal pues
llevaban ya mucho tiempo sospechando que nadie les comprendía en aquel sitio y
que se sentían fuera de lugar, pues todo les parecía vulgar, triste y cómo
no, la gente muy poco inteligente, pues para ellos era una vulgaridad lo que hacían
sus amigos habitualmente, como era ir al cine a ver películas, merendar, y
dormir por las noches. No había cosa que horrorizara más a Pericles que una
tertulia sobre algún tema que no fuera él mismo, consideraba muy poco elegante
por parte de sus amigos que hablaran de algo que no tuviera que ver con él y
sus problemas existenciales. Si hablaban de cine, a Pericles le hubiera gustado
haber sido Woody Allen, si hablaban de fútbol, Iker Casillas, y si hablaban de
mujeres pues la mismísima tía buena del momento. Lo importante era él y su
universo. Si le dejaban que hablara de sus cosas, la tertulia podía ser
monopolizada y absorbida enteramente por su vida, sus avatares y la funesta
imbecilidad de los demás de no darse cuenta del genio que tenían delante. Esto
hizo que poco a poco sus amigos se fueran alejando de él y de Angustias. Por
eso decidieron probar suerte en otra ciudad, incluso otro país, por qué no.
Tanto fue así que se trasladaron a París, a un ático en el barrio de
Montmartre. Al principio sentían que habían encontrado por fin el lugar ideal,
el sitio donde todo era original, bohemio, cargado de una gran sensibilidad artística,
el paraíso del desadaptado en definitiva. Pericles le comentaba a Angustias,
“hueles lo que yo huelo” y Angustias le respondía, “si amor, aquí todo huele a arte, sensibilidad,
originalidad, pasión y desesperación, que bien, eres feliz ahora ¿verdad?”.
Transcurrieron sólo 3 semanas para darse cuenta tanto Pericles como Angustias
que Paris y en especial Montmartre, olía a la contaminación de todas las
grandes ciudades europeas, y que la gente solía hacer lo mismo que en otros
sitios, como era levantarse por la mañana, desayunar, ir a trabajar en el metro
o en coche, comer, ver la tele, cenar, ver la tele, hacer el amor algunos, ver
la tele otros, y finalmente irse a dormir para al día siguiente hacer lo mismo,
y lo más horroroso, en el mismo orden que el día anterior. Esto fue la gota
que colmó el vaso de Pericles y de Angustias, decidieron por unanimidad
abandonar este mundo los dos a la vez, para lo cual planearon un final apoteósico
que dejara constancia de la irrelevancia que habitaba en este mundo y el
profundo desprecio que sentían por él. Lo pensaron mucho pero al final se
decantaron por subirse a la torre Eiffel juntos y tirarse desde lo más alto
separados uno detrás del otro. La decisión estaba tomada y era irrevocable, así
el mundo se daría cuenta de una vez lo que se perdía.
Las
últimas palabras de Pericles y de Angustias fueron las siguientes:
“Amor
no te preocupes que yo iré detrás de ti” le decía Pericles a Angustias, a
lo que Angustias segura de su amor, le espetaba, “Peri, te esperaré como
ninguna mujer ha esperado a su amor, en
mi caída sólo pensaré en ti y lo muy felices que seremos en el mas allá”,
Pericles le contestaba, si cariño, sólo abandonando este mundo podremos
encontrar la dicha que no hemos encontrado aquí, y sin más y con una mueca de
resignación Angustias saltó al vacío y una caída silenciosa fue el preludio
de un tremendo trompazo contra una de las columnas de la torre. La gente al ver
tamaña desgracia salió corriendo en dirección a la víctima como suelen hacer
cuando es el morbo el que nos gobierna. Ante semejante barullo que se armó
abajo, Pericles dudó de la idoneidad de saltar en ese momento y sobre todo
cuando se fijó en los ojos lacrimosos de una francesita que había escuchado
toda la escena y que le suplicaba “por favor señor no salte” con ese acento
gutural tan delicioso que tienen las francesitas de buen tipo y mejor cara, fue
en ese momento, como digo, cuando Pericles Fausto decidió no saltar y dirigirse hacia la
francesita, darle un abrazo de agradecimiento lleno de lágrimas y emocionado
por haber encontrado al fin otra persona que se interesara por él.
Getafe a 14 de julio de 2008
Mario
Fernández Román.
La tremenda historia de Toshiro Tokata o como
hacer el ridículo en 3 compases dos corcheas y una semifusa.
Toshiro
había sido un niño educado en la más estricta disciplina en el seno de su
familia de larga tradición y costumbres de honor, pureza y perfección. En su
Japón natal había ido a la escuela para niños superdotados "Fuchi mori
mucho" que en castellano significa yo tengo la razón. Desde bien
pequeño fue adiestrado en el arte musical para el que siempre había demostrado
un especial talento. Pronto destacó en el violín, donde a la edad de 7 años
ya sabía tocar con plena destreza piezas de difícil ejecución como el
"Porrompompero", "Hay Mari luz" y "El carro", ya
se sabe la admiración de los japoneses por todo lo español.
Cuando
cumplió los 15 años fue enviado a Londres a estudiar con un gran profesor de
violín, Sir Cannibal Strings en la prestigiosa escuela de música de "All
together now" en el condado de Nobodynows. A los 20 años se convirtió en
uno de los más famosos concertistas de su tiempo. Se le llegó a conocer con el
apodo del Paganini Nipón, por su generosidad en pagar las facturas de sus
amigos.
Referente
al violín su virtuosismo llegó a cotas inimaginables de perfección. No había
nadie que le pudiera hacer sombra en la ejecución de las obras que
interpretaba. Todas las orquestas y todos los directores querían tocar con él.
Era atento, comedido, afable, aunque un poco maniático a veces, sobre todo si
alguien de la orquesta no seguía bien el compás o entraba a destiempo. En esos
momentos se tornaba inflexible y podía ser capaz de fulminar sólo con la
mirada al inoportuno, inútil e incapaz que fuera el culpable de tal acción.
Dado
su carácter perfeccionista podía estarse 3 horas con un mismo compás y tardar
un año en prepararse una obra de concierto, por lo que sus actuaciones eran
escasas pero muy apreciadas entre sus seguidores.
Debido
a la estricta disciplina que había recibido durante su infancia, Toshiro había
desarrollado un especial control para no salirse de tono en ningún momento, lo
cual es muy de agradecer en un músico, además de un miedo terrible a hacer el
ridículo, pero tales cosas no le pasaban nunca pues antes de salir a escena había
ensayado hasta la extenuación y era muy cuidadoso en elegir las obras. Era difícil
que Toshiro se viera en apuros.
Toshiro
como era muy joven todavía no sabía que el destino es muy caprichoso y a veces
la vida nos pone a prueba. Nos lleva a situaciones realmente trágicas cuando
las cosas nos sobrepasan y se escapan de nuestro control.
Como
músico de fama y prestigio reconocido fue contratado para tocar en el Albert
Hall de Londres el día del onomástico de su graciosa majestad la reina de
Inglaterra. La obra elegida fue un réquiem de un autor que no viene al caso, el
réquiem fue elegido quizás pensando en los años que la reina cumplía y en el
profundo amor de su hijo, el príncipe, hacia su madre.
La
orquesta que iba a acompañar a Toshiro era la "Filarmónica de la radio
televisión de Butako-Ono" todo un contrasentido pues en Butako-Ono no había
ni radio ni televisión. Toda la orquesta estaba integrada por personas de color
negro, todo muy racial en homenaje al carácter siempre integrador del pueblo
británico. Lo que hacía que la figura de Toshiro destacara más aún de lo
normal, pues todo el mundo sabe que los japoneses no son negros.
Para
la ocasión Toshiro había elegido su mejor violín "estorbovarius"
del siglo I antes de Cristo, que su padre había conseguido en un anticuario
Italiano de la ciudad de Tramposi allá en la Sicilia recalcitrante. Fue un auténtico
hallazgo pues en el siglo I a.C. no había violines.
Llego
el momento de salir a escena y Toshiro con su porte elegante vistiendo un Frac
alquilado en una genuina sastrería Inglesa de nombre "Goodbye Mr
Tics" era consciente de la importancia de tal gala, pues venía a
representar el culmen de su corta pero intensa carrera repleta de éxitos y
grandes ovaciones.
Se
podía decir que en estos momentos Toshiro se jugaba todo su prestigio.
Los
hechos acontecieron de la siguiente manera:
La
gente acomodada y la reina ya en su palco real es la señal para que el director
de la orquesta levante la batuta y comience el espectáculo.
Las
orquesta inicia el largo, que introduce al público en un estado de sopor y
recogimiento que sólo es alterado cuando a indicación del director, Toshiro enérgicamente
como primer violín, se levanta con tal ímpetu que uno de los laterales de su
asiento se engancha en su pantalón tirando de él hacia abajo, dejando al
descubierto su ropa interior inexistente pues todo el mundo sabe que los
japoneses no llevan calzoncillos, ante tan desgraciado desmán mezclado con la
flema inglesa Toshiro transportado por su música no se percata del evento y
sigue tocando sin ningún pudor. Al final de su intervención tras 20 minutos de
inspirada interpretación Toshiro se vuelve a sentar en su silla y es en ese
momento cuando se da cuenta de por qué los fotógrafos de la prensa habían
estado tirando fotos a cada instante y por qué el percusionista de la orquesta
le miraba con ojos picarones.
Los
titulares de la prensa al día siguiente fueron, bueno, fueron como son los
"ingleses correctos pero un tanto irónicos:
"Toshiro
nos enseña lo que lleva dentro" del Daily Bad Milk.
"Toshiro
desnuda su alma en escena" del Musical Times
Y
esta es la historia trágica de Toshiro que desde aquel día se retiró a un
isla perdida del océano Índico, donde los marineros que pasan por ella dicen
haber escuchado un violín lejano tocando melodías melancólicas y lamentos en
un extraño idioma.
Mario
Fernández Román
Getafe a 23 de abril de 2008
La ajetreada vida de Joh Phe Ling, Fu para los amigos.
Fu, como le llamaba todo el mundo, había venido al mundo entre terribles dolores de su
madre, la señora de Liao, y todo el mundo le llamaba Fu porque su madre al verle la cara
exclamó entre lágrimas de dolor, ¡Fu! Que feo eres hijo, por lo visto Fu es u una expresión
bastante corriente entre los chinos, si no véase Kung – Fu , Fu manchú, por poner un ejemplo.
Pues bien Fu, recibió de su madre la primera muestra de cariño, que para darle el pecho le
tapaba la cara con una careta. Esta costumbre materna duró dos largos años, momento en el
que Fu dejó de tomar el pecho de su madre y como ya tenía dientes más que de sobra pasó
directamente a comer arroz, que es lo único que había por casa, bueno, esto es lo normal
cuando se trata de la casa de un chino. No obstante, su padre el señor Kuan Phe Oh, era un
hombre de posibles en la china del aquel entonces, del año 5000 antes de las olimpíadas de
Pekín, es decir, hace muchos años. Por aquellos años era costumbre el disputarse la hombría
entre los señores acaudalados a base de apuestas absurdas, como ver quién era capaz de
comer más arroz de entre todos. Cosa ridícula porque por aquel entonces las cosechas de
arroz eran muy escasas, y había grandes hambrunas que dejaban asoladas las aldeas. No
obstante, el padre de Fu fue varias veces ganador de estas disputas que no servían nada más
que para ver quién era el chino más glotón. Solía pasar que después de estos eventos muy
celebrados por el pueblo pues era señal de bonanza, el ganador solía pasarse varios días
incluso semanas sin ir al retrete, no olvidemos el poder astringente del arroz descascarillado.
Lo peor venía cuando por fin le llegaba la hora de evacuar. Hay leyendas de la ancestral china
que hablan de grandes proezas en este aspecto, hombres que tuvieron que ser anestesiados
con acupuntura para hilvanarles el esfínter anal después del evento. Pero en fin eso es otra
historia.
Lo que nos ocupar ahora es contarles a ustedes, la vida de Joh Phe Ling, llamado también Fu
por su madre y por sus amigos. Fu creció siendo un niño muy retraído pues los cariños de su
madre y la figura autoritaria de su padre hicieron de él un niño apocado, tímido, y muy
aficionado a la lectura, a la filosofía y al back gamón. Gustaba Fu, de recluirse en su cuarto a
leer libros en chino como no podía ser de otra manera, pues en aquella época no era
costumbre leer otro idioma que no fuera el suyo propio. Los libros que leía eran
principalmente de filosofía, aritmética, algebra, cálculo infinitesimal, historia de china,
gramática china, cocina china, pensamientos del gran Confucio y también le leía a su madre la
lista de la compra cuando esta se lo pedía. Cosa bastante sencilla para Fu, pues generalmente
la lista de la compra de su madre, se componía básicamente de un solo alimento; ARROZ.
Fu no era muy aficionado a las artes marciales, pues su experiencia con ellas se reducía a ser
zarandeado, volteado y pataleado por sus compañeros de clase, sus vecinos y su hermano Xtsu
Ling, que era el bandarras del barrio, pues era como su padre, fanfarrón y se jactaba de la
fuerza que la naturaleza le había otorgado. No obstante, lo que es la vida, el día que el
emperador mandó hacer una leva y reclutar a los muchachos más aguerridos de cada aldea,
para luchar contra sus vecinos los mongoles, Xtsu, perdió su coraje y todavía hoy 5000 años
después hay investigadores que pierden el tiempo buscando el rastro de Xtsu, es toda una
leyenda que se conoce como “Xtsu Xtse fue”.
En lugar de su hermano, los soldados del emperador reclutaron a FU con sólo 14 años, para
luchar contra los temibles mongoles.
Afortunadamente para Fu, lo de los mongoles fue sólo una falsa alarma, y al final no hubo
guerra ninguna, pero esto le permitió a Fu llegar a conocer de cerca la ciudad prohibida donde
vivía el gran emperador.
Fu se quedo impresionado con tamañas murallas y las cosas que oía hablar de aquellas
personas que habían tenido la oportunidad de conocer por dentro el palacio del emperador,
las maravillas que contaban y sobre todo la enorme biblioteca que había para uso y disfrute de
los monjes, y corte imperial. Pero para corte el que se llevó Fu cuando intentó traspasar la
puerta que conducía a la ciudad prohibida. Dos enormes soldados le cortaron el paso y de un
puntapié lo lanzaron contra un puesto de cerámica china que había a 5 metros.
Esto dejó muy herido en su honor a Fu, que desde aquel entonces se juró a si mismo que algún
día entraría en la dichosa ciudad prohibida del emperador.
Pasaron los años y Fu se los había pasado encerrado en un templo preparándose para monje,
que era la única forma en que Fu tenía posibilidades de entrar a la ciudad imperial para formar
parte del cortejo de monjes que dieran apoyo espiritual al emperador y a los cortesanos que
con el vivían.
Ese día llegó y mediante un bando imperial se convocaron plazas para monjes en el monasterio
de la ciudad prohibida. Sólo entrarían los mejores, lo más ascetas, los más sabios y los más
delgados pues la puerta de entrada era muy estrecha. Fu cumplía todas la condiciones pues se
había pasado todos estos años meditando, leyendo y alejado del mundo en su celda en la que
se sentía muy feliz, pues el contacto con otros humanos, desde su madre, su padre, su
hermano, sus amigos y los mongoles le había advertido de lo peligroso que es tener
sentimientos y tratar muy de cerca con la gente pues te involucras y si son mongoles mucho
peor. Se podría decir que a Fu le encantaba vivir rodeado de murallas.
Cuando Fu entró a formar parte de la corte de monjes del emperador, se sintió como nunca,
pleno, satisfecho, había logrado lo que más quería que era vivir en un monasterio rodeado de
murallas y al alcance de la mayor biblioteca del mundo conocido hasta entonces. Que bien,
exclama Fu para sus adentros. “No mas toltas, me pasalé la vida leyendo”, decía Fu.
Pero con lo que no contaba Fu es que al emperador les gustaban las chinas más que comer con
palillos, y era famosa la corte de concubinas de las que disponía en su palacio. Estas solían
pasear todas juntas cantando alegremente por las calles de la ciudad prohibida, en donde lo
único prohibido era que los demás chinos entraran y vieran lo bien que se lo pasaba su divino
emperador, sobre todo con las concubinas, pues lo de los monjes era para guardar las
apariencias, y que su pueblo pensara que el emperador tenía línea directa con los dioses.
Lo que tenía el emperador era una ganas locas de yacer con todo lo que se moviera. Era
insaciable.
Era costumbre en la china del aquel entonces que las familias humildes cediesen al emperador
las hijas más bellas.
Y así fue, cuando la bellísima Xtso Xtsin natural de una pequeñísima aldea en donde sólo vivían
200.000 chinos unos encima de otros llamada Kupao Ya, ingresó en el concubinato imperial del
entonces emperador Kui Dao de la dinastía milenaria de los Mingas, famosa en el mundo
entero por su capacidad procreadora.
Xtso Xtsin era una preciosidad, sus ojos negros, profundos, hacían sospechar un mar de
misterio, sus labios rojos como el carmín eran como una fresa en su máximo esplendor, tierna
y jugosa, sus facciones simétricas, perfectas, sólo alteradas por un pequeño lunar en su
pómulo derecho, su pelo, negro como el azabache y recogido en un tocado que la hacía altiva y
digna del cualquier emperador, sus andares eran cautelosos y gráciles a la vez y atraían la
mirada de todos los que se cruzaban en su camino, y como no, también la mirada de Fu que en
cuanto la vio pasear por los jardines de palacio con su sombrilla y su traje de gala, se quedó
embobado, perplejo, atónito, y hecho un pelele. Todos estos años de recogimiento, de
estudio, de alejamiento no sirvieron para nada cuando una moza de buen ver se cruzó en su
camino. Era posible, Fu, enamorado, él que era consciente de los peligros de los sentimientos,
la verdad es que nunca había experimentado ninguno, había sido toda su vida un observador,
no comprometido nada más que con su vida de recogimiento y estudio. Ahora a sus 20
primaveras había caído rendido a los ojos de una concubina, bueno a los ojos y a todo lo
demás, pues la moza en cuestión tenía de todo.
Que era esa emoción que embargaba su cuerpo, que le impedía dormir por las noches, que le
subía desde abajo y abrasaba sus entrañas, le llenaba el alma de sensaciones desconocidas, un
anhelo profundo de querer acercarse a ella en todo momento era el pensamiento que
ocupaba la mente de Fu todo el día.
Y como era de esperar Fu con su arrojo hizo lo siguiente, NADA. Se dedico a observar en todo
momento los movimientos de Xtso Xtsin, encerrando en su alma toda la fiebre que le invadía.
Hasta que un día ya no pudo más, y en un alarde de valentía salto de su cama, se encomendó
al gran dios Hoyoyoy, patrono de los suicidas y se disfrazó de eunuco imperial con el propósito
de acercarse a las estancias de las concubinas y en particular a la celda de su amada Xtso, que
por otro lado nada sabía de su existencia.
Aprovechando un descuido de los demás eunucos y de las demás concubinas Fu se escondió
en la celda de Xtso, en concreto en el armario donde ella guardaba sus esencias y sus ropajes,
y así escondido como estaba aguardó a que se hiciera de noche, para cuando todo el mundo
durmiera Fu pudiera salir del armario y declarar su amor a Xtso Xtsin, la mujer de su vida.
Aquel día Fu tuvo que pasarse toda la noche esperando, pues era el día, o mejor dicho la noche
en la que Xtso le tocaba consolar al emperador. Fue en la mañana del día siguiente cuando
una concubina descuidada entró en la celda de Xtso sin darse cuenta que no era su habitación
y sin esperar a más abrió el armario de par en par. Los gritos que salieron de su garganta aún
se oyen por los pasillos de palacio, y sirvieron para alertar a toda la guardia eunuca que en un
instante se acercaron a ver que pasaba. Como bien recordará el lector Fu no había sido
agraciado con el don de la belleza, y aún menos disfrazado de eunuco, su ojos bizcos y su cara
de adefesio no fueron suficientes para solicitar la clemencia del emperador, que sin dudarlo
condenó a Fu al exilio de palacio y a ser azotado allí donde más doliera.
Hoy tras muchos años después de aquel acontecimiento todavía se cuenta la historia del
monje que sufrió por amor sin haberlo conocido.
En su lápida reza la siguiente inscripción: “Aquí yace Joh Phe Ling, monje del templo de Wu
Bieng, que vivió y murió, pero no se reprodujo, para bien de la humanidad” que en chino se
dice “Ni Fu ni FA”
Mario.
Getafe a 23 de diciembre de 2008