Llamativos, curiosos e investigadores de su entorno, tienden a la compañía y el vínculo próximo, aprenden y por lo tanto, recuerdan y actúan en consecuencia, por naturaleza territoriales y muy reproductores, característica que les lleva a la lucha, la protección y el cuidado. Son interactivos siempre que lo desean y sorprendentemente graciosos y juguetones, en términos humanos. Además, vuelan.
Los
Agapornis son un bichito espectacular.
Si nos remontamos a la
lengua clásica griega, reparamos en que Agapornis, se descompone en agapein
(amar) y ornis (pájaro). Se les dio este nombre porque, una vez encuentran
compañero/a, siempre están junto a él y se acicalan y cuidan constantemente.
También podemos identificarlos como Inseparables o Lovebirds (pájaros del
amor).
Pertenecen a la clase de las aves, al orden de las Psitaciformes, a la
familia de los Psitácidos, proceden del continente africano. Dentro de sus
características generales, encontramos que, clasificados de porte pequeño,
varían de tamaño entre los 13 y los 17 centímetros, lo que facilita su
tenencia en interior. La esperanza de vida de estos loritos ronda los 12 años y
comienzan su edad fértil a partir de los 9 meses, aproximadamente. El no tener
dimorfismo sexual en la mayoría de sus subespecies y gozar de la visión de
colores, hacen de estos pequeños voladores un mosaico de diversidad cromática.
Una vez han criado, existen
dos caminos:
-
El ciclo natural de la cría: los progenitores crían a los pichones de
manera habitual hasta su destete y consiguiente abandono o expulsión del nido,
en vista de futuras puestas.
-
La manipulación humana en el proceso con el fin de interactuar con los
pichones improntando, dentro de su condición de ave, la seguridad y el no miedo
al entorno humano conocido.
Este
proceso de crianza compartida, comienza a los 23 días de vida; de manera muy
resumida y superficial diremos que: se sacan 2 o más pichones del nido a los
que se traslada a unas condiciones más o menos similares a las del nido de
origen. Se les alimenta regularmente y se les proporciona tranquilidad,
temperatura alta e interacción progresiva, alrededor de los 55 días abandonan
la papilla y comienzan la alimentación de adultos. La razón de criarlos en
compañía, es simple: sólo un ave puede enseñarle a otra el comportamiento de
la especie.
Es necesario insistir en
este punto, pues, a pesar de la crianza en cautividad y de la ya antigua domesticación
de estas aves, no deben de dejar ser eso, aves. Y dentro de la cautividad
deberemos ser capaces de proporcionarles enriquecimiento ambiental lo más
natural posible, evitando el exceso de plástico comercial en su entorno
sustituyéndolo por ramas, troncos de diferentes grosores, etc., a modo de
perchas y accesorios.
Ahora bien, ¿qué tiene el
Agapornis que cambia el entorno y la familia en la que convive? ¿Puede un
Agapornis actuar como facilitador de cambios? ¿Puede participar como
co-terapeuta?
Un
animal en el hogar, sea cual sea, produce cambios y exige responsabilidades a
todos los miembros. En el caso de un Agapornis criado a mano, la familia debe
concienciarse de que un ave, por más criada a mano que esté, puede volar fuera
de casa siendo dudoso el retorno por varios motivos. Este es, en principio, el
mayor cuidado que ha de tenerse.
A continuación se puede convivir con ellos, adiestrarles,
observarles, y sobre todo, proporcionarles un entorno lo más natural posible
dentro de casa. Ellos lo agradecerán y nosotros disfrutaremos observándoles.
Una de sus virtudes más valoradas en nuestro entorno es la imitación de
sonidos. Hace que se cree un sistema de comunicación a través de silbidos, por
ejemplo.
Capaces de devolver la
llamada con el mismo tono e intensidad, provocan interacción por sí mismos,
con ellos, con las personas y demás animales que nos rodean.
Personalmente,
basándome en la experiencia, y utilizando conceptos de nuestro lenguaje
cometiendo sutil antropomorfización, haré la siguiente descripción de
comportamiento: independiente, pero precisando vinculación y compañía,
territoriales pero amorosos con su pareja, agresivos si la situación lo
requiere, incluso rencorosos con miembros de la colonia, adultos y jóvenes
marcan jerarquías claras; si les llamas, pueden acudir o no, a la llamada; dóciles
depende con quién, y no sumisos incondicionales, etc. Muchos lectores podrían
pensar que es un más que aceptable relato sobre las pautas habituales en
adolescentes humanos. Y sin embargo, líneas más arriba, no difieren mucho la
descripción sobre Agapornis mencionada. La reflexión que sigo es, todos nos
podemos beneficiar de su presencia, pero concretando: ¿y si un adolescente se
sintiera identificado con esta ave en particular? ¿Y si el comportamiento
natural de unos ayuda a comprender el de los otros?
Este pequeño artículo
trata de ser el inicio de una idea que, bien con Agapornis, o con psitácidos de
mayor tamaño, pretende llevarse a cabo a base de registros, ensayos y mucha,
mucha ilusión.
Sandra Vadillo Ruiz