Terapia con delfines
mejora el desarrollo
de niños incapacitados
Wendy Elliman
Dominó es una delfín, pero también se ha ganado el derecho de ser llamada
curadora. Fue después de haberla alimentado y haber jugado con ella que Ran, de
10 años de edad, un niño seriamente autista y encerrado en su propio mundo,
corrió por la playa y miró a su padre a los ojos por primera vez en su vida.
Fue después de un año de estrecho contacto con Dominó que Neta, una niña de 6
años de edad con el cerebro dañado por una infección poco después de su
nacimiento, dijo sus primeras frases completas y empezó a jugar con otros
niños. "Los delfines reconocen lo diferente en estos niños infelices y se
relacionan con ellos con intenso interés y ternura", dice Sophie Donio,
quien entrena a Dominó y dirige el Programa Experiencia de Apoyo con Delfines
en el arrecife de delfines en Eilat, el puerto de Israel al Mar Rojo. "Y,
por su parte, estos niños ven rápidamente que sus incapacidades no repelen a
los delfines del modo que lo hacen muchos seres humanos".
El valor terapéutico de los animales ha sido reconocido desde hace tiempo
—desde perros guías para ciegos hasta monos para inválidos y las cualidades
sedantes de los peces, pájaros y gatos— pero los delfines son una clase
especial, sostiene Donio. "Otros animales sirven como instrumentos para el
terapeuta", dice. "Los delfines, sin embargo, son los terapeutas en
sí. Son ellos quienes motivan al paciente y ellos los que llevan a cabo la
interacción".
El programa de terapia con delfines en Israel comenzó en 1991, pensado para
niños de más de siete años de edad, con problemas muy distintos: síndrome de
Down, incapacidades de aprendizaje, anorexia, hiperactividad, dificultades de
comunicación y concentración, sordera, ceguera, depresión y abuso sexual. Es
uno de un puñado de programas similares que se llevan a cabo en Estados Unidos,
Australia y Gran Bretaña.
"Aceptamos solamente un pequeño número de niños para poder así brindar a
cada uno el máximo de atención", explica Donio. "El trabajo es a
largo plazo: cada niño se integra en una serie de por lo menos siete cursos,
cada uno de los cuales dura cuatro días".
Los cursos están cuidadosamente estructurados, equilibrando el desarrollo
cognitivo y el emocional. La primera parte de cada día de trabajo es una sesión
de entrenamiento del delfín. El niño trabaja con el entrenador, aprendiendo a
alimentar al delfín y conociendo sus señales.
"Guiamos a los niños para que tomen contacto con los delfines terapeutas
de un modo positivo y no forzado", dice Donio. "Les damos metas que
deben cumplir con los delfines y, al hacerlo, estimulamos su proceso y su deseo
de cooperar. Esto aumenta el nivel de concentración del niño así como su
entusiasmo".
Con Neta, por ejemplo, se produjeron cambios dramáticos en pocos meses. En sus
primeras sesiones de entrenamiento ella no podía sentarse, obedecer las
instrucciones del entrenador ni imitar las señales de manos que se emplean para
comunicarse con los delfines. Después de cuatro meses en el programa, era
disciplinada, dominaba las señales y la principal dificultad que le quedaba era
soltar los pescados con que alimentaba a los delfines.
Después de la sesión de adiestramiento, el niño y el entrenador nadan (o
flotan) en el agua junto con los delfines. "Los delfines ya han sido
alimentados, de modo que no dan vueltas alrededor nuestro por la comida",
cuenta Donio. "Están ahí porque quieren estar. Su genuina amistad hacia la
gente, el agradable contacto de sus narices, los sonidos que emiten y la eterna
sonrisa en sus caras convierten el encuentro en agradable y excitante, y ayuda
a elevar la seguridad en sí mismos de los muchachos y su autovaloración, su
nivel de comunicación y su capacidad de expresar emociones como amor y
felicidad".
"Son los delfines quienes buscan el contacto, no Ran", explica el
padre del muchacho. "El nada y ellos nadan en torno a él. Los delfines
parecen relacionarse con él como con alguien a quien conocen. Recuerdo una vez
que Ran estaba nadando solo cuando Dominó fue donde él y empezaron a jugar
juntos. Durante 10 minutos, fueron solamente ellos dos. Otra vez, después de
que Ran estuvo jugando con Dominó, salió del agua y me abrazó. No lo había
hecho nunca antes. No tengo palabras para decir lo que significó para mí".
El hecho de que los encuentros con los delfines son en el agua es un gran punto
a favor de la terapia. "Nosotros comenzamos nuestra vida fetal en el agua,
y generalmente nos sentimos bien allí", dice Donio. "Liberados de la
gravedad en el agua, experimentamos también cambios fisiológicos positivos: una
circulación sanguínea más libre y una presión arterial más baja. De acuerdo con
un investigador, las frecuencias de onda transmitidas por los delfines aumentan
la producción de una sustancia química en el cerebro humano que induce a una
sensación de bienestar".
Sea o no verdad la frecuencia de onda y el ambiente acuático, es indiscutible
que les gusta tocar y ser tocados, y que sienten un enorme amor por los seres
humanos y les quieren ayudar. "No cabe duda", afirma Donio, "que
hay un elemento terapéutico muy fuerte en el delfín. Y es de nuestra
inteligencia humana aceptar con los brazos abiertos lo que el delfín nos
da". [IIC]