Teoria sexual
Vista la evolución que ha seguido el concepto
de masculinidad-feminidad, desde Sandra Bem (1974), proponiendo el concepto de
androginia, y los diferentes problemas que conlleva dicha teoría, Spence dice
que lo ideal sería que la conducta no tuviera sexo, mas, en mi opinión, el
problema viene cuando la cuestión de masculino o femenino es un aspecto
fundamental y primordial… Me estoy refiriendo a las relaciones íntimas de
pareja. Aquí, la conducta sí que tiene sexo. Estoy de acuerdo de que atributos
como fuerte, sensible, etc., no se tendrían que atribuir a estereotipos
masculinos o femeninos, ahora bien, una vez liberados estos atributos de toda
identificación sexual, es preciso preservar la polaridad que hace que los miembros
de una pareja se sientan atraídos. Para eso, no es necesario retornar a
patrones patriarcales de relación de pareja, sino que es posible ser muy
masculino o muy femenina desde el respeto mutuo. Y hablo tanto de parejas
hétero como homosexuales. Partiendo de estas premisas, analizaré qué es ser
masculino o femenina en esta dimensión del ser, pues la energía sexual
reverbera en todas las dimensiones del ser humano (cuerpo, emoción, mente,
etc.) y una conducta sexualmente neutral en la relación de pareja disminuye la
polarización y, por tanto, la atracción. Una relación íntima en la que haya una
gran atracción mutua, fuertemente polarizada, hace que la energía sexual (que
es la energía vital, pues no existen energías diferentes, solamente hay una
energía de vida, que es el mismo amor, en hindú prajna, en el Tao lo llaman Chi...)
bañe todos los rincones de nuestro ser, provocando que traspue alegría,
vitalidad y gozo de vivir.
Si observamos detenidamente la acertada
afirmación de que la ciencia hecha por hombres es parcial y que se tiene que
completar con la visión femenina, esto implica que los hombres y las mujeres
conciben el mundo de forma diferente. Y yo diría que esta diferencia no se debe
al sexo, sino a la polaridad energética que expresan. Según David Deida[1], un 80% de las mujeres expresan una
polaridad energética con su núcleo tendiente a lo que él llama Comunión,
Plenitud o Ágape; un 10% expresan una polaridad tendiente a la Libertad o Eros;
un 80% de los hombres expresan una polaridad energética con tendencia a la
Libertad o Eros; y un 10% de Ágape. El 10% de las mujeres y el 10% de hombres
que faltan tendrían las fuerzas más equilibradas. Y lo que es más importante,
que equilibrado energéticamente no
significa mejor que encontrarse en un extremo, pues esta base o núcleo de
la personalidad sostiene la construcción posterior de todo el ser.
Este mismo autor reconoce como algunas de las
principales quejas de sus clientes en terapia esgrimen son, por una parte, y
cito textual, “las mujeres quejándose de que los hombres se están volviendo más
débiles, menos comprometidos y que carecen de determinación y decisión, en
definitiva se quejan de que los hombres se han vuelto afeminados. Y los hombres
se quejan de que las mujeres se están endureciendo, son más resistentes e
independientes, hasta el punto de resultar poco atractivas. En resumen, se
quejan de que las mujeres se están volviendo demasiado masculinas. Los hombres
y mujeres modernos han descubierto que la igualdad, por sí misma, no asegura
una relación apasionada y floreciente”.
Tener un predominio energético de
Eros-Libertad o Ágape-Plenitud no influye en la tendencia sexual, ya sea hétero,
homo o bisexual. Se puede tener un fuerte predominio de Ágape (considerado
femenino) y ser un hombre heterosexual.
Este enfoque aporta una novedosa visión que
supera la insostenible tesis sobre el grado de masculinidad o feminidad,
medible por tests, llena de escollos
difíciles de superar, como, por ejemplo, responder a la pregunta de porqué una
determinada conducta era considerada masculina o femenina. Con este enfoque, la conducta queda libre de sexo y, además, toda
persona tiene, en más o menos medida, las dos fuerzas primordiales en su propio
ser.
Toda persona debería cuidar el desarrollo de
su Eros y de su Ágape, mas no es lo mismo que la equilibración entre lo
masculino y lo femenino que propugna la teoría andrógina. Eros y Ágape no
tienen el por qué equilibrarse. En la vida pública conviene el equilibrio,
aunque en la esfera privada no, si se desea polaridad, atracción y pasión en la
pareja.
Cada una de estas energías tiene sus virtudes
y patologías. Y citando textualmente a
Ken Wilber[2], “Eros sano tiende hacia la autonomía, la
fortaleza, la independencia y la libertad, mientras que su versión insana o
patológica tiende a infravalorar o a supravalorar esas virtudes, en cuyo caso,
la autonomía se convierte en alienación, la fortaleza en dominio, la
independencia en temor patológico al compromiso y la relación no conduce hacia
la libertad, sino que se convierte en un impulso hacia la destrucción que deja
al individuo sumido en el miedo. Y algo parecido ocurre también con la fuerza
Ágape, que sana tiende hacia la relación, el flujo, el respeto y la compasión,
y su modalidad enfermiza acaba naufragando en cada una de esas dimensiones. En
tal caso, en lugar de mantener las relaciones, se pierde en ellas, y en vez de
alentar el desarrollo de un yo sano en comunión con los demás, pierde el yo y
se confunde con las relaciones en que se halla sumida/o. Entonces es cuando la
conexión acaba convirtiéndose en fusión, el flujo en pánico y la comunión en
una auténtica empanada. Por este motivo, la energía Ágape insana no encuentra la plenitud en la
relación, sino el caos en la fusión”.
En cuanto a los hombres[3], por su predominio en Eros, estudios
científicos modernos demuestran que les es más fácil entrar en un estado de observación,
que precisamente es en lo que se ha basado tradicionalmente el método
científico patriarcal, porque hay una distancia involucrada. En cambio las
mujeres tienden a la comunión o “tocar”.
Yendo
hacia atrás en la psicología evolucionista, cuando los hombres cazaban y las
mujeres cuidaban a los niños, el tipo de conocimiento que hizo que la
supervivencia siguiera fue juntarse en grupos y mantener una cierta distancia
entre ellos para cazar. La ventaja de una observación en tercera persona es que
pueden ver “enteros” (cosas completas). Así pues es sólo en la distancia que
puedes ver un bosque. Puedes tocar un árbol, mas para ver el bosque necesitas
la distancia, necesitas distancia para ver “enteros”.
Por
otra parte, el trabajo primario de las mujeres era táctil: tienes un bebé, y
tienes que captar todos los matices de ese bebé para que sobreviva (si tiene
hambre, si está triste, si siente dolor, etc.). Así que las mujeres han
desarrollado una escala emocional exquisita.
Ambos
tienen fortalezas y debilidades; las mujeres tienen un modo de relacionarse
táctil, mas no es holístico. Los hombres tienen una visión “holística”, aunque
distante, separada.
Si
están trabajando en la resolución de problemas, las mujeres se van a reunir si
algo anda mal, y van a tratar de “tocar el tema”, lo van a charlar. Un hombre,
si está en la reunión, va a ir a por su solución; va a decir: -Ok, ¿este es el
problema? Vamos a hacer esto y problema resuelto-. Y las mujeres van a decir:
-¡Oh no, no!- Porque, de hecho, si aparece la solución significa que la charla
se acabó, y no hay más contacto.
En
la iconografía budista, el principio masculino es representado todo negro, que
simboliza el puro vacío de contenido, el inamovible observador. En cambio el
principio femenino es representado como pura luz blanca y radiante. Mientras el
principio masculino quiere ver, el femenino quiere ser visto, quiere radiar,
quiere brillar. Lo no-manifestado y lo manifestado.
Insisto,
las personas los tienen ambos. La feminidad se complementa encontrando la
distancia justa de su “tocar”, de otro modo no tiene libertad, volviéndose
adicta a su relación, y esto tiene mucho que ver con la adherencia, encontrarse
perdidas en la relación. En cambio, la patología clásica de lo masculino es su
autonomía, su rigidez, represión, no poder sentir. Por tanto, lo que se debe
hacer es equilibrar cada una de estas fuerzas para lograr la salud. El quid de
la cuestión es que tenemos ambos aspectos en nosotros y cada uno de estos debe
estar sano, sin excederse de demasiado o demasiado poco, y sólo en este sentido
es necesaria la equilibración.
Wilber
continua diciendo que no se tiene que forzar la paridad en el mundo laboral o
esfera de lo público entre hombres y mujeres, sino que es preciso cargos donde
se valore la capacidad de relación, de trabajo en grupo, de comunicación, de
responsabilidad, equilibrando valores más propios de lo masculino, como la
fuerza, el riesgo, la racionalidad, etc. Por tanto, en estos nuevos cargos, de
forma natural, las mujeres aventajarían a los hombres. No se trata de suprimir
los valores propios del género masculino, sino de equilibrar la balanza.
Respeto
a la escuela, podemos observar que de lo que más se habla en la actualidad es
de aprendizaje significativo, cooperativo, responsable, grupal, socializador,
educar las emociones, etc. Por tanto, se puede afirmar que, al menos en esto,
sí se está rectificando una educación patriarcal, que solamente se preocupaba
del fomento de la razón, los conceptos, la individualidad, la competitividad,
etc. Y lanzo esta pregunta: ¿porqué hay tanta predominancia de mujeres sobre
hombres que estudian pedagogía y magisterio? En mi opinión es porque la escuela
es un lugar de estrecha interrelación con otros, de colaboración, comunicación,
donde no se está solo en casi ningún momento. Y me atrevo a decir que la
escuela es femenina.
En cuanto a la lectura de
la historia, es totalmente cierto que se ha hecho una lectura totalmente
machista, priorizando el ámbito público y olvidando el doméstico en que las
mujeres se han dedicado a lo largo del patriarcado, ahora bien, no es justo ni
verídico hacer una lectura de este patriarcado como si hubiese dos equipos
comtrapuetos, hombres contra mujeres, sino que se trata de la historia de una
especie, la humana, sexuada bipolarment (hombres y mujeres), que en sus
orígenes intenta abrirse camino, y dado el escaso desarrollo de la cultura, se
impone lo más obvio, natural, y si se quiere, brutal, como la mayor corpulencia
y fuerza física de los hombres, y que las mujeres son las que dan a luz después
de una larga gestación, y estas evidencias o hechos dados dentro de unos
sistemas de pensamientos arcàics y míticos dieron como resultado una fuerte
diferenciación de los roles por sexos.
Plantear la historia como la lucha entre dos equipos,
además de ser falaç, implicaría que las mujeres fueron derrotadas por los
hombres, y por lo tanto, más estúpidas, lo cual no es verdad. Ni todos los
hombres son unos cerdos ni todas las mujeres unas borregas.
DEIDA, David. (2005): En íntima
comunión. El despertar de tu esencia sexual. Madrid: Gaia ediciones, pag.
40-41.
WILBER, Ken.
(2008): La visión integral. Barcelona: Ed. Kairós.
WILBER, Ken.
[Documento en vídeo de Internet]: http://dotsub.com/view/0100de44-f3a4-486f-931f-21f635ab424f. (14 de Mayo del 2009; a las 22:15h.).