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El
perro remedio casi infalible
El denominado "mal de la vejez"
es, en gran parte, consecuencia de la falta de motivaciones y no de la edad. Dejarse
morir, ser viejo, está relacionado directamente con una vida carente de sentido
y, a la inversa, los ancianos rejuvenecen si hay razones afectivas.
Grodsinsky, presidente de la Asociación de Instructores Caninos, recomienda una
cura casi infalible: tener un perro. Y se remite a las pruebas
En Tallahassee, Florida, EE.UU., la psicoterapeuta Mary Burch intentaba
sacar del autismo al pequeño Jason, de cuatro años, mudo, hijo de una
mujer cocainómana. No se resignaba al hecho de que, por puro determinismo de
la adicción de su madre, estuviera privado de palabra. Y en sólo ocho meses
el chico se hallaba en condiciones de ir al jardín de infantes y jugar con
los demás...
A criterio de la psicóloga, el mérito de la cura corresponde al asistente:
un perro de la raza Border Collie que, con su afecto y dulzura, hizo
salir a Jason del mutismo y del aislamiento, interesarse por el mundo, y
acaso, protestar a viva voz y locuacidad imparable.
Y no solamente niños. Un estudio realizado por Erika Friedman, en el
Brooklin College de Nueva York, demuestra que al convivir con animales se
recurre menos a los médicos, y particularmente, si se trata de
ancianos, la presencia de un gato o un perro puede influir sobre la presión
sanguínea ayudando a mantenerla en condiciones normales.
Igualmente sorprendentes son las conclusiones a las que llegó la investigadora
Susan Robb, después de indagar a fondo los comportamientos de ancianos
internados en casas de reposo de EE.UU. Comprobó que al permitírseles
pasar el día en compañía de un animal doméstico, a diferencia de quienes
no lo hacían, les mejoró el carácter, su interés por las cosas en incluso
las actividades ajenas, se hicieron más participativos, notoriamente
afectuosos, además de pronto a sonreír e integrarse abandonando la anterior
apatía, la expresión de aburrimiento crónico e imposibilidad de entretenerse
que los sumía en cuadros de ansiedad, angustia y dejadez. En cierto modo
-en el principal-, a partir de su relación con un perro o un gato, habían
rejuvenecido.
El doctor Kenneth Greenson, psiquiatra del instituto de Medicina
Alternativa de las Enfermedades Psíquicas, con sede en Washington, coincide
al resultado de una experiencia similar: pacientes afectados de ancianidad
prematura y demencia senil, mediante el vínculo que produjo un animal
doméstico, mejoraron visiblemente y, en dos casos tenidos por
"incurables", el logro autorizó las altas y cesar los síntomas.
"Señal que cabalgamos"
Según muchos estudios norteamericanos, con estricto seguimiento etiológico,
del mundo animal puede venir un simple pero efectivo remedio para el
"mal de la vejez". Se trata de "una nueva, económica y
eficaz medicina", como gusta repetir en su entusiasmo la
investigadora Judith M. Siegel, de Los Ángeles, California.
Frente a los hechos, la hipótesis suena innegable y sugestiva. En los
EE.UU. desde hace tiempo proliferan las experiencias en materia de
comunicación entre ancianos y animales domésticos, investigaciones que
financian y promocionan organizaciones de indiscutible prestigio, como la
californiana Lathan Foundation of Alameda, o la Delta Society of Renton, un
centro experimental de Washington que, en la actualidad, coordina cerca de
2500 grupos de trabajo en cárceles, escuelas, hospitales y geriátricos
para medir la actuación de programas recuperatorios, alternativos, basados en
las propiedades psicológicamente regenerativas de las relaciones
hombre-animal.
Idéntica hipótesis es sostenida también en otros países. En Italia, sobre
todo en los pueblos, millares de ancianos buscan aliviar la tristeza de sus
años póstumos con un compañero de cuatro patas, tolerante, afectuoso, pleno
de ternura y, fundamentalmente, solícito y fiel.
El ladrido de un perro, parafraseando la cervantina quijoteada, es segura
señal de existencia y condición significante.
La responsabilidad, revés de la isla
"Debería hacerse una gran campaña titulada: Un animal a cada anciano
para evitar el hospital", escribe el geriatra italiano Francesco
Antonioni. Este médico especialista es uno de los testimoniadores de la
terapia, al advertir que la presencia de un animal impone al anciano la recuperación
del intercambio afectivo, recurrente, entablado en el dar y no sólo recibir.
Relación ésta, que a edades avanzadas suele faltar de manera que acelera los
procesos destructivos seniles.
Se descuenta que al tener responsabilidad por alguien y para otro, el
anciano va a tornarse más activo y, nuevamente necesario, preocuparle y
recuperar su cuerpo. Decide así, más o menos consciente, impedir las
conductas abandónicas, enfermarse -en procura de atención y afecto-, dejarse
morir... Necesario, imprescindible, su jornada adquiere ritmo, motivándose
de conformidad a los tiempos y requerimientos del animal pendiente.
Pero, lo más importante, el poder tranquilizador de la caricia y el goce
ante la sola presencia del perro o el gato suyo, lleva a inferir que la
extraordinaria capacidad de sentir, de compartir, de amar y conocer... no se
pierde nunca.
En suma que, a pesar de los años, el valor individual reside en aquello
propio; Perogrullo, en lo que llevamos dentro y pugna por un generoso
desborde.
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