Todos conocemos personas justas, dignas,
esforzadas y amigas de decirnos lo que debemos hacer, bajo el disfraz de la
sugerencia o del consejo que, de alguna manera, nos hacen sentir culpables o,
cuando menos, niños regañados o alumnos imperfectos. Son las personas
clasificadas en el Eneagrama de la personalidad (véase Verdemente nº 36 de
Julio-Agosto 2000) como "unos". Corresponden al tipo de persona
justiciera, cuyos correctísimos modales y, muchas veces, voz meliflua ocultan
una ira contenida por el tabú de la violencia. "Nunca jamás la
violencia", al menos abiertamente manifestada, podría ser uno de sus eslóganes.
Su arma más utilizada: la crítica hacia los demás y, a veces, la autocrítica.
En cualquier caso, el otro siempre queda en posición de inferioridad, por no
alcanzar el modelo de perfección ideal.
En su infancia solían ser niños o niñas
buenas, que se tragaban su rebeldía y, ajustándose a las normas, conseguían
ser modelos para los demás. Una manera como otra de conseguir amor y aprobación,
pero a cambio de un precio altísimo: traicionar su espontaneidad y su anhelo de
disfrute de la vida. Para ello, debieron construirse un falso mundo ideal y
perfecto al que ajustar todos sus pensamientos, sentimientos y acciones.
A medida que crecían se iban dando cuenta de
que el mundo no era como les habían dicho, como ellos se lo habían pintado;
empezaron a acumular resentimiento, oculto muchas veces bajo el apego a las
reglas y al orden, el predominio del deber sobre el placer, la inflexibilidad
moral y un alto concepto de sí mismas, casi siempre en contradicción con su afán
de perfección.
Quien no haya convivido con un
"uno" difícilmente se dará cuenta de que tanto deseo de perfección
y tanta sobrevaloración de la virtud oculta un oscurecimiento del Ser. Como muy
bien apunta A.H. Almaas, en una obra todavía no aparecida en castellano ("Facets
of Unity. The Enneagram of Holy Ideas"), la virtud correspondiente a esa
ira reprimida y basada en su creencia en la imperfección del mundo y de los demás
es la Perfección Sagrada: la realidad es perfecta en este instante tal como es
en sus múltiples facetas y aparentes contradicciones. Ésa es la distorsión
cognitiva del iracundo: que la Realidad nunca se acerca al ideal de realidad que
ha formado en su mente, que desea para sí y para los demás, porque toma la
parte -sus deseos- por el Todo, la Realidad tal cual Es.
En "Carácter y Neurosis. Una visión
integradora" (Ediciones La Llave, Vitoria, 1994), quizá la obra más
completa desde el punto de vista psicológico que se haya escrito sobre el
Eneagrama y los caracteres humanos en base a sus nueve eneatipos, Claudio
Naranjo pone de relieve que los autores cristianos pensaban que la ira era uno
de los obstáculos para la virtud, sin advertir que, precisamente, bajo la
apariencia de virtud es como encuentra la ira inconsciente en su forma de
expresión más característica. Exceptúa a San Juan de la Cruz que, en su
"Noche oscura del alma" describe con exactitud el "pecado"
de la ira de los novicios espirituales que "se airan contra los vicios
ajenos con cierto celo desasosegado... les dan ímpetus de reprehenderlos
enojosamente...., haciéndose ellos dueños de la virtud... Hay otros que cuando
se ven imperfectos... se airan contra sí mismos... tienen tanta impaciencia,
que querrían ser santos en un día". En cualquier caso, el "uno"
se ve altruista y su impaciencia es sólo la del que desea la justicia y el
orden para todos.
Sería simplista meter a todos los
"iracundos contenidos" en el mismo saco. Los hay perfeccionistas
que sufren y hacen sufrir a los demás intentando que todo lo que hacen sea
perfecto, obsesivos por el orden e incapaces de delegar tareas, porque nadie las
hace tan bien como ellos. Los hay perfeccionadores que nunca están
satisfechos con lo que hacen: la carne podría haber estado más en su punto, al
pescado le podrían haber puesto un poco más de eneldo, la raya del pantalón
les salió un poco torcida; el problema es que esa insatisfacción de no dar
nunca la talla de su ideal la transfieren a las personas con las que trabajan o
conviven: todo lo que éstas hacen, siempre lo podrían haber hecho un poco
mejor con solo un poquito más de esfuerzo y mejor voluntad. Pero también están
los perfectos: ellos lo hacen todo mejor; su mecanismo preferido es la
proyección: el mundo iría mejor si todos pensasen y actuasen como ellos. La
causa de su infelicidad son los demás o, como diría Sartre, "el infierno
son los otros". En lugar de responsabilizarse de sus deseos -"yo
quiero"-, simplemente afirman: "tú debes".
A un "uno" le encantaría ser juez,
fiscal, inspector de Hacienda, maestro y, en otros tiempos, estaría muy a gusto
en la piel de un inquisidor o de un cruzado. Un buen ejemplo oriental de este
tipo de carácter sería Confucio, maestro y predicador de la piedad filial, las
virtudes sociales y la obediencia al Estado. En Occidente, tal vez el más
influyente de los personajes históricos con este tipo de carácter sea Martín
Lutero, quien, según Erik Erikson (citado por Claudio Naranjo en "Autoconocimiento
transformador. Los eneatipos en la Vida, la Literatura y la Clínica"
-Ediciones La Llave, Vitoria, 1997-), por la ira que le producía su padre, fue
capaz de desafiar al hombre más poderoso de su tiempo, el Papa, y crear todo un
movimiento religioso, filosófico, político y social basado en la crítica a la
corrupción de la Iglesia católica romana.
Socialmente, este primer tipo del eneagrama
podría ser ejemplificado por el carácter anglosajón victoriano del siglo
pasado, encorsetado en rígidas normas legales y sociales, autocomplaciente,
menospreciador de las culturas ajenas, impulsado a salvarlas de su
"ignorancia" y "salvajismo". La enorme violencia soterrada
queda velada por los buenos modales y un aparente comportamiento flemático. La
"justa indignación" ante los "desmanes" ajenos, tal vez
aquellos que ellos no se permiten, pero que desean desde lo más profundo de sus
impulsos reprimidos, puede adoptar actitudes que van desde marginar al
"desviado" hasta imponerle la pena capital con toda justificación y
la mejor buena conciencia, para "cortar el cáncer social de raíz".
En definitiva, los "unos" han
olvidado sus verdaderos impulsos y deseos en aras de hacer lo correcto, que es
la medida de su autoimagen, lo que les da valor a sus propios ojos. Un buen vino
deberá reservarse para un día de fiesta o una ocasión en que haya que
agasajar a unos amigos, pero jamás tomársela para alegrarse un poco un día
malo o monótono. Unos bombones deberán ser compartidos; si se toman a solas,
habrá que justificarse para liberarse del sentido de culpa. El placer por el
placer es tan tabú como la manifestación de la ira. Si la manifiestan, tal vez
habría que tomarlo, según los casos y las circunstancias, como un paso
adelante en la sanación. Por ello, es raro ver a muchas personas de este tipo
en terapia: ello significaría reconocer que algo va mal o que ellas mismas no
son capaces de solucionarlo haciendo los ajustes necesarios y, sobre todo,
correr el riesgo de perder el control de sí mismas al que se han aferrado como
forma de no verse sobrepasados por su pasión no reconocida: la ira. Cambiar de
pautas de conducta significaría replantearse la imagen del mundo y de sí
mismas que tan esforzadamente han elaborado día tras día, cada uno de los años
de su vida.
Simplificando un poco, a un uno podría
hacerle evolucionar la convivencia con un "siete" goloso y hedonista,
si éste no muere antes en el intento. También, cambiar las múltiples
responsabilidades que se autoimponen por prioridades reales y realistas;
cuestionarse sus normas internas; aceptar que "lo mejor es enemigo de lo
bueno"; abrirse al sistema de valores de otras personas; escuchar y atender
sus auténticos impulsos de placer; diferenciar entre el "debería" y
lo realmente deseable; atender a lo central y olvidarse de lo periférico,
de los detalles "imperfectos"; pero, sobre todo, ENTREGARSE A LA
REALIDAD, TAL CUAL ES, AQUÍ Y AHORA, Y ABRIRSE A LA VIDA COMO ÉXTASIS Y NO
COMO TAREA.
Ella -porque era una "ella" y no
un "él"- entró en mi consulta con paso elegante de gacela, se sentó
en el sillón con una desenvoltura algo llamativa y me miró unos instantes
directamente a los ojos como si me preguntara con la mirada: ¿reconoces mi
belleza de alma? Sin darme tiempo a que yo pudiera verificar si se trataba
simplemente de una fantasía mía o de una intuición basada en la experiencia,
me ofreció maternalmente una pastilla para la tos al oírme carraspear, al
tiempo que me aconsejaba: "Tómate este caramelo de propóleo y miel y verás
cómo se te pasa la tos. Supongo que no fumas, pero quizá vas demasiado poco
abrigado con estos bruscos cambios otoñales de tiemperatura".
Es éste el primer recuerdo que me ha venido
a la mente al iniciar estas reflexiones sobre las personas cuyo patrón de
comportamiento viene esencialmente motivado por la pasión del orgullo. Pero lo
mismo que los auténticos iracundos tienen tapada su ira (Véase "Verdemente",
nº 37), los orgullosos del eneagrama no suelen ser conocidos por su orgullo,
sino por su davidosidad y preocupación por los demás, que puede resultar
invasiva. No son los burdos y soberbios luciferinos de los que nos hablaban los
curas cuando trataban el pecado capital de la soberbia, sino ese tipo de
personas que van siempre cubriendo las necesidades ajenas, movidas por el ansia
de ser reconocidas, de ser queridas, de recibir lo que con tanta generosidad
ofrecen sin que nadie se lo pida.
Su intensa necesidad de amor, frustrada en
algún momento de su infancia, les hizo desarrollar un arraigado mecanismo de
compensación de considerarse especiales. Sin embargo, la necesidad original sólo
queda amortiguada a través del amor del otro, de un poco de intimidad, de
compartir emociones, de ser tenido en cuenta. La clásica "mujer
fatal" de tantas novelas y películas famosas no es sino una pobrecita niña
que busca en el fondo los mimos y las caricias de papá, para el que fue, en
algunas ocasiones, su "princesita" o que, en otras, estuvo ausente y
fue idealizado.
En algunos hombres -son más numerosas las
mujeres de este tipo, calificada en el Eneagrama como Dos-, la actitud se parece
más a una cierta competitividad, sólo encubierta a primera vista: ellos son
los primeros y, si no, lo intentan ser, por el esfuerzo o por el encanto: nunca
se saltarán una cola a puñetazos, sino sonriendo, ofreciendo algún consejo o
buscando la amistad de quien tenga poder para ponerles en cabeza.
Sin embargo, hombres y mujeres Dos comparten
una emotividad a flor de piel; de hecho comunican mejor sentimientos y emociones
que abstracciones mentales o deducciones lógicas. En medio de un clima de alta
emotividad se encuentran en su salsa. La expresión continua de sus emociones
puede degenerar en un cierto histrionismo: de un grano hacen una montaña y su
universo emocional es "la realidad objetiva", ya que el mundo no es
como es, sino como lo sienten. Suelen buscar la libertad a todo trance, por lo
que la rutina y la disciplina no son precisamente sus puntos fuertes. A veces
parecen niños mimados, o tal vez lo fueron en su infancia, por lo que sus
caprichos y cambios de humor parecen no tener fin. Pero quien tenga un amigo o
una amiga Dos lo que resaltará será sus dotes de seducción y su capacidad de
ayudar, sin pedir aparentemente nada a cambio: su orgullo no le permite expresar
sus necesidades, aunque sí esperar que se las satisfagan sin pedirlo. De aquí
la hostilidad que surge si no recibe lo que cree merecer; pero en general será
una hostilidad manifestada en forma de despreciativo silencio o de digno
abandono haciendo mutis por el foro: el otro no ha merecido su cariño y le ha
herido en lo más profundo de su amor propio. Le ha revelado el tabú de los tabúes:
su enorme dependencia emocional, tras ese barniz de falsa autosuficiencia.
Dicen que grandes personajes como Alejandro
Magno y Napoleón fueron movidos por este tipo de orgullo. Pero tal vez el
paradigma de este tipo sea Cleopatra que, según la biografía de Emil Ludwig,
aprendió ya a los diez años, a la caída de su padre, que "para un rey,
el orgullo y la altivez están por encima incluso del poder" y que la
esclavitud y la sumisión son indignas. Entre los personajes modernos, podrían
nombrarse a Elvis Presley, Elisabeth Taylor, Jerry Lewis o Madonna. Pero quien
quiera profundizar en ejemplos históricos, literarios y clínicos, vuelvo a
recomendar encarecidamente la obra de Claudio Naranjo "Autoconocimiento
transformador. Los eneatipos en la vida, la literatura y la clínica"
(Editorial La Llave, Vitoria).
Como en todos los eneatipos, existen tres
subtipos que, en el caso del Dos, y muy esquemáticamente podrían
caracterizarse como: el seductor agresivo que fuerza el contacto de los demás,
pero que más que sexo, lo que desea es ser deseado, ser querido como señal de
aprobación; el ambicioso social que necesita la asociación con gente poderosa
como fuente de protección y para cubrir la necesidad de asegurarse una posición
dentro de cualquier grupo; el competitivo cuya actitud "yo primero" le
proporciona su falsa identidad de autoconservación. Sin embargo, los tres
subtipos pueden compartir además la existencia de múltiples "yoes",
dependiendo de sus estados emocionales y de la mirada de los demás.
A la espera de posteriores investigaciones
empíricas, a mí se me antoja que las personas que he conocido movidas
simplemente por este patrón de conducta caracterizado como Dos, ya que los
seres humanos por su propia riqueza se resisten a clasificaciones simplistas,
podrían equivaler a ciertos rasgos de los Leo en la astrología occidental
y a los "Caballos" en la astrología china.
Los Doses evolucionan cuando contactan con
sus verdaderos deseos, en lugar de someterse a los de los demás o competir con
ellos. Entonces detectan su hábito de manipular y pueden reconocer el verdadero
valor de los otros como personas y no como objetos de su aparente generosidad.
Tal vez entonces se den cuenta que obtener aprobación no es lo mismo que
obtener amor y que el compromiso no significa pérdida de libertad sino su
verdadero ejercicio consciente. En ese momento es posible que cambien el
romaticismo idealizado por la verdadera intimidad. Para ello es muy aleccionador
el libro de reciente publicación en castellano "Las mujeres y el
deseo" de la psicoanalista y feminista junguiana Young-Eisendrath.
(Editorial Kairós, Barcelona).
Cuando un Dos puede atravesar la noche oscura
de la envidia, contactar con su verdadera carencia y empezar a reconocer lo que
le falta, puede emerger realmente como una persona nueva, compasiva consigo
misma y con los demás. Puede en ese momento dar sin esperar nada a cambio, pues
ya lo tiene todo. Es entonces cuando puede transformar el orgullo injustificado
de creerse especial en un AUTÉNTICO ORGULLO DE SER Y DE REBOSAR VERDADERO
AMOR INCONDICIONAL QUE, PARADÓJICAMENTE, ES GENUINAMENTE HUMILDE.
La más sutil de las vanidades es
conseguir que ésta no se vea. Llamar la atención sin que se note demasiado.
Por ello, el tipo Tres del eneagrama puede no ser la persona que vulgarmente
llamaríamos vanidosa. Al igual que la ira del Uno (véase Verdemente nº 37) y
el orgullo del Dos (véase Verdemente nº 38), la vanidad del Tres está
normalmente velada o, al menos, nos suele ser del tipo jactancioso y burdo. El
velo más común es una apariencia de naturalidad, optimismo y eficacia: como el
camaleón, las personas pertenecientes a este rasgo pueden adaptarse a cualquier
entorno y triunfar en él.
De hecho, la vanidad no se encuentra entre
los pecados capitales de la Iglesia católica, no tiene entidad propia, pues
queda asimilada al orgullo. El máximo logro de los vanidosos tal vez haya sido
imponer su pasión -que es la de aparentar para conseguir- como valor dominante
en la actual cultura mercantilista de Occidente. El Tres se fija metas,
planifica, cumple los plazos fijados, ejecuta fielmente las estrategias que se
ha marcado para conseguir sus fines y logra sobresalir en su medio social y
profesional. Hasta tal punto es "invisible" la vanidad -el fingimiento
de lo que realmente se es- como patología, que no está recogida en el
"Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales" (DSM-III).
No es una coincidencia que el DSM sea un producto estadounidense y que la
cultura de Estados Unidos valore tanto al conseguidor, al ejecutivo eficaz, al
triunfador. Y sobre todo que sea la sociedad de la imagen por excelencia, el
paraíso de la publicidad, en donde cuenta más el envoltorio que el contenido,
el personaje más que el político, el eslogan antes que el programa y, en
definitiva, el gesto mediático más que la verdadera intención.
Curiosamente, en los grupos en los que se
trabaja el Eneagrama (véase Verdemente nº 36), la gran mayoría de los que se
incluyen en este rasgo son mujeres. Quizá, porque en una sociedad
predominantemente machista, muchas mujeres hayan tenido que depender más que
los hombres para ser y existir de la mirada del otro: del padre, de la madre, de
los profesores, del novio, del marido, de los colegas de profesión, de la
sociedad en general.
Los Tres fueron generalmente valorados en su
infancia por su hacer más que por su ser, por su conducta más que por sí
mismos, por sus logros más que por los esfuerzos que hacían para conseguirlos.
En muchas ocasiones, vivieron como una carrera de obstáculos la consecución
del cariño o del reconocimiento y la satisfacción de la simple necesidad de
ser tenidos en cuenta. Había que adaptarse a los deseos de papá o mamá para
tener una identidad. Y fueron creciendo creyéndose ser aquello a lo que se
adaptaban. Y ésta es precisamente la tragedia del Tres: no saber quién es en
realidad, porque no desarrolló desde que era niño o niña el hábito de
contactar con sus propios sentimientos y deseos. Llegó a creer que la mirada
del Otro le hacía existir y que los demás sólo podían apreciarle por su
actividad y por su imagen. En la loca carrera por agradar y triunfar, es lógico
que aparezcan el estrés, la ansiedad y los infartos como enfermedades típicas
de este rasgo.
Ante la falta de verdadera identidad, se
aferran a la seguridad que se dan a sí mismos y que generan a su alrededor.
Unos la pondrán en la riqueza material -exitosos hombres de negocios como Walt
Disney-, otros en el triunfo social y profesional -políticos como John F.
Kennedy o Ronald Reagan- y algunos en el atractivo sexual, como Marilyn Monroe,
como prototipo de la "diosa sexual", capaz de atraer al sexo opuesto a
costa de vivir, según su propia confesión, el personaje que ellos se
inventaban: "He permitido que los hombres se engañen a sí mismos. En
ocasiones, no se han preocupado en averiguar quién o qué era yo. En lugar de
eso, se inventaban un personaje. Ni me molestaba en discutir con ellos: era
obvio que buscaban alguien que no era yo...".
También es muy típico que puedan ser
polifacéticos y triunfar en lo que se propongan como el cantante, actor,
presentador de televisión y muchas cosas más Miguel Bosé, hijo de actriz y de
torero famosos a los que obviamente tenía que emular. Pero si hay algo en lo
que fracasan, salvo que tomen conciencia de que toda su vida es un esfuerzo por
gustar, estar a la moda y ser alguien para los demás, es en vivir intensamente
lo que son sin representar ningún papel. En una memorable entrevista televisada
que hizo a Chavela Vargas, se le ve naufragar, intentar quedar bien, achicarse,
ante una fuerza de la naturaleza que se ríe de sí misma y del mundo y que pasa
totalmente de su imagen y del qué dirán. Cualidades todas ellas de las que
carece el Tres, pero con las que podría vacunarse de su verdadera angustia: el
vacío de no saber quién es en realidad.
Por ello, rara vez los Tres se dejan tiempo
libre para la soledad y la reflexión. Prefieren el grupo ante el que brillar y
la actividad que les defienda del riesgo de los tiempos muertos, ante los que
sientenun auténtico pánico. Si descansan, lo hacen como preámbulo necesario a
la siguiente actividad. Si fracasan en algo, rápidamente lo minimizan y tienen
en mente un próximo logro más seguro. En sociedad suelen ser brillantes, en
equipo, eficaces, en familia, responsables, con los amigos, serviciales. El leit
motiv: mantener la imagen; si para ello hay que competir, se encuentran en su
salsa. La intención final: todo ha de servir, incluso las amistades, para
conseguir sus metas. Por ello podría decirse del "vanidoso" que es un
ejecutor, un conseguidor y un mercantilista. Se vende bien y vende bien todo lo
que le rodea.
Precisamente este "don" de la
imagen, de quedar bien en cualquier situación, de adaptabilidad al medio, hace
que sea a veces muy difícil detectar a un Tres, que parecerá muy mental e
intelectual en un ambiente universitario; mundano, divertido y emocional en una
fiesta social; y aventurero, pasional o hippy en unas vacaciones en el Amazonas.
Una pequeña clave para distinguirlo en un grupo podría ser su disponibilidad a
gestionar los planes, a dirigir el cotarro, de una manera suave, sin imponerse
demasiado ni suscitar ninguna oposición. Recuerdo la forma en que una Tres se
ofreció como quien no quiere la cosa para ser la portavoz de un grupo de
trabajo: antes de que nadie pudiera proponerse, ya estaba tomando eficazmente
notas con aire de mosquita muerta y mucha diplomacia. Resultó ser una terapeuta
competente y versadísima en siete u ocho técnicas, que había trabajado con
los mejores especialistas del mundo. Simplemente no suscitaba la competitividad
de los demás, pues ella la tenía incorporada como una segunda piel.
A quien le interese la Homeopatía, el Tres
se ha asociado con "Phosphorus". Según Catherine Coulter, citada por
Claudio Naranjo ("Carácter y neurosis. Una visión integradora",
Editorial La LLave, Vitoria, 1995): "Emocionalmente es comprensivo,
impresionable y sensible a la vibración del otro... Posee una intuición muy
fina en su trato con los demás y los predispone a su favor con pequeñas
atenciones verbales, con cálidos elogios o mostrando una consideración
enternecedora... Es gregario y necesita gente a su alrededor para sentirse
entero, bien y feliz.... Se considera más sensible y refinado, más intuitivo,
más entretenido, más dotado y más espiritual que los demás... Tiene
temperamento de actor. Debajo de su genuina sociabilidad subyace la necesidad de
audiencia y... necesita del aprecio y atención de los demás para sacar lo
mejor de su propia naturaleza y sentirse vivo".
Así pues, el mayor peligro de este tipo de
personalidad es que puede creerse tanto sus sucesivos papeles, captar tanta
atención y tanto aprecio que pueden morir de éxito. Dicho de otro modo: si
ninguna crisis llama a su puerta, por una enfermedad grave, un pérdida
dolorosa, un fracaso estrepitoso... pueden mantenerse permanentemente
alimentados por la mirada ajena, incluso por la admiración expresa o la envidia
tácita de los demás y seguir engañándose y engañando sin llegar nunca a
contactar con su verdadero Ser. Incluso cuando acude a
terapia, puede ser el paciente perfecto que proporciona al terapeuta el material
que cree que éste necesita.
Un Tres que entre en una vía de desarrollo
personal no tiene más remedio que afrontar su miedo a mirar hacia adentro, su pánico
a detenerse y poder estar sin hacer, a fluir sin controlar, a vivir el presente
sin planificar los próximos minutos, a permanecer solo sin engancharse al
primero que se le atraviese en el camino o le llame por teléfono. La meditación
es una excelente vía para quien se halla dominado por la pasión del fingir y
del hacer como sustitutos del simplemente ser. Con un poco de práctica es
posible que llegue a la máxima TRANSPARENCIA y HONESTIDAD. Es entonces cuando
no necesitan adaptarse a lo que creen que los demás valoran de ellos, sino que
pueden convertirse en auténticos MODELOS para los demás, sirviéndoles de guía
en la seguridad, autonomía, eficacia y entusiasmo que pueden llegar a emanar.
Las pasiones capitales: 4 la envidia
De pequeños nos enseñaron que la envidia
era "la tristeza del bien ajeno". Cuando recitábamos las virtudes
correspondientes, cantábamos a coro: "contra la envidia, caridad". El
mensaje era claro: había que alegrarse del bien ajeno, aunque uno careciera de
él y lo desease con toda el alma, ya fuese el nuevo juguete de nuestro vecino
que era hijo único, sacar las notas del empollón de turno o, simplemente, la
atención y los mimos recibidos por nuestra hermanita recién nacida.
Sin embargo, quienes se hayan dominados por
esta pasión capital no son siempre aquellas personas entristecidas y
enfurruñadas por lo que otros tienen -aunque también las haya-, sino
fundamentalmente las que, en algún momento de su infancia, perdieron -o
creyeron perder- su pequeño paraíso: su derecho de nacimiento, generalmente el
amor paterno o materno. Ese profundo dolor infantil se transformó poco a poco
en una especie de melancolía nostálgica, de carencia irremediable, no ya de lo
ajeno, sino de algo propio, que el destino les arrebató, muchas veces con la
llegada de un nuevo hermano o hermana o la ausencia repentina e
inexplicable del padre o de la madre.
El trauma es en ocasiones tan temprano o tan
profundo que ni siquiera lo recuerdan. Lo que sí saben es que, ya desde
pequeños, se consideraban un poco víctimas y, por ello, especiales: con más
derecho a la compasión de los demás, por un lado, pero superiores en
sensibilidad y capacidad de sufrimiento, por otro. Gradualmente entraron en un
círculo vicioso que conformó un determinado carácter, que también podría
llamarse "romántico" o "de sensibilidad artística". En
líneas generales podría decirse que la infelicidad interna, el aislamiento
interior, el sentirse un poco perdidos en un mundo en el que los demás parecen
ser más felices, les lleva a aumentar su añoranza de recuperar el paraíso
perdido, a través de anhelar las oportunidades y relaciones perfectas que puede
ofrecer la vida; cuanto mayor es este anhelo, mayor es el mundo de fantasías
que se forjan y mayor la desconexión con sus necesidades más básicas y
sencillas; el riesgo principal: perderse totalmente, cayendo en una especie de
abismo interior de sufrimiento, cuya causa principal desconocen y al que acaban
acostumbrándose como parte de su identidad y de su visión general del mundo.
Otro círculo vicioso que producen en las
relaciones algunas de las personas caracterizadas por la
"envidia-carencia" es la de ponerse en estados de niños desvalidos,
para manipular la ayuda de los demás. Cuando éstos se dan cuenta y manifiestan
su resentimiento por haber hecho algo que no querían realmente hacer, aquéllas
se sienten perseguidas, justificando así su estado inicial de víctimas.
A pesar de que los subtipos de este rasgo son
muy diferentes entre sí, la característica general podría ser la sensación
permanente de carencia: siempre les falta algo para ser felices. De mi vuelta
alrededor del mundo, recuerdo, entre otros tipos de viajeros, una subespecie que
sólo después de haberme introducido en el estudio de los eneatipos he logrado
comprender: si contemplábamos las aguas esmeraldas de Bora-Bora en medio de la
Polinesia, no eran tan cristalinas como las aguas turquesas del Caribe; si
saboreábamos un magnífico arroz con salsa de curry en Bombay, añoraban el
picante del chile mexicano; los amaneceres del lago Toba eran más
espectaculares que los del Titicaca, cuando estábamos en Bolivia. Sin embargo
añoraban volver al altiplano boliviano, cuando estábamos en Sumatra... Siempre
la eterna insatisfacción producida por lo que falta en el presente y lo que se
perdió en el pasado de los "Cuatro". Además entre ellos abundaban
los "pupas", que parecían atraer percances y desgracias. Cuando
contaban viajes pasados tenían una memoria selectiva para recordar
especialmente sinsabores, como pérdidas de tren, estafas en los precios,
cucarachas en los hoteles... Uno no sabía si ayudarles o enviarles con un
billete de vuelta de patitas a sus respectivos países.
No obstante, mientras que el subtipo enojado
-el "cuatro odio"- reclama abiertamente lo que le falta, suele ser
impulsado por el rencor o el resentimiento y puede lograr grandes éxitos con el
motor interno de la competitividad, adoptando a menudo una actitud arrogante
(como Rimbaud, que exigía fama y adhesión incondicional a su poesía, incluso
antes de que ésta fuera publicada), el subtipo llamado "social"
mostrará más su tristeza y vulnerabilidad, como medios de conseguir ser
ayudado para obtener lo que necesita. Marcel Proust, por ejemplo, llegó a
desarrollar un asma psicosomático, para aumentar melodramáticamente su
necesidad de ser cuidado. No podía quedarse solo, pero tampoco podía salir al
mundo, que era para él un lugar inhóspito y amenazador. En las relaciones con
quienes le visitaban combinaba una excesiva modestia, gran facilidad para
ofenderse y una tendencia reprimida al sarcasmo. Por su parte, el subtipo
llamado de "conservación", según la terminología acuñada por
Claudio Naranjo ("Autoconocimiento transformador. Los eneatipos en la Vida,
la Literatura y la Clínica", Ediciones La Llave) pone su sensibilidad a
servicio de los necesitados, de las víctimas de las injusticias, como Tolstoi,
cuyo humanitarismo constituyó la inspiración más importante de Gandhi, Van
Gogh, misionero antes de ser pintor, o Lawrence de Arabia, dedicado durante
años a la causa árabe con una austeridad casi masoquista.
Las personas cuya personalidad tiene como
pasión dominante la "envidia" suelen tener menos resistencias a
acudir a una terapia. Es frecuente que sus sesiones sean ocupadas por quejas,
catástrofes, desgracias y temores, y que sólo de vez en cuando, o muy al final
de la sesión, puedan mencionar, de paso y sin darle importancia, algún
progreso importante, una buena noticia, algo que les ha ido bien en la semana.
No suelen recibir bien los apoyos psicológicos, morales ni emocionales, pues
piensan que no se los merecen, que son estrategias terapéuticas, que "más
dura será la caída", que... algo puede amenazar su identidad de
víctimas, arrancarles su hábito cuasi gozoso de ser sensibles al sufrimiento.
Normalmente captan muy bien los estados
emocionales ajenos, sobre todo si son estados de carencia, de tristeza,
depresivos...., de sufrimiento. No es por ello infrecuente encontrar a médicos,
psiquiatras, terapeutas, sacerdotes, consejeros, enfermeras y profesionales de
ayuda en general entre las personas que pueden identificarse con este rasgo. Las
penas ajenas les hacen sobrellevar las suyas y, además, vibrar en el grado de
intensidad suficiente para mantener un alto nivel de emotividad.
Así como la Inglaterra victoriana puede ser
calificada en este sistema del Eneagrama como afín al Uno -la ira reprimida-
(véase Verdemente nº 37. sept-oct. 2000), España podría ser muy bien un
país dominado por la pasión capital de la envidia, con sus dosis de melodrama,
masoquismo y solidaridad con las víctimas. Nunca encontré en otras lenguas esa
expresión tan española, aunque afortunadamente cada vez más en desuso, de
"se cayó con todo el equipo", frase que se aplicaba a un político
caído en desgracia, a un jefe de oficina destituido, a alguien que se arruinaba
o a cualquier vecino que sufría una desgracia aparentemente merecida.
Helen Palmer ("El eneagrama. Un
prodigioso sistema de identificación de los tipos de personalidad", Los
libros de la Liebre de Marzo, Barcelona), destaca entre las personalidades
famosas pertenecientes a este carácter a Orson Welles, Bette Davis, Joan Baez,
Marlon Brando, Alan Watts o la bailarina Martha Graham, que dio inicio a una
escuela de danza en la que se expresa el inconsciente humano a través de
movimientos corporales que transmiten visualmente los dramas internos.
Que no se desanimen quienes hayan reconocido
algunas características de su carácter en estas líneas. No existen caracteres
peores ni mejores, ya que, por definición, todo carácter es una defensa frente
a la espontaneidad y libertad del Ser. Sin embargo, podrían avanzar más
fácilmente en el camino de la autoaceptación y de la desidentificación
tomando conciencia de que: 1) No existen remedios mágicos e instantáneos para
paliar la pérdida original. Sólo vale aceptarla. 2) El lamento no vale para
nada y nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. 3) No se es especial por
sufrir más o de modo diferente. 4) Se puede apreciar lo que es fácil de
conseguir. 5) Las cualidades que envidian de los demás están potencialmente
dentro sí. 6) Para solidarizarse y ser útil no es necesario fusionarse con el
dolor ajeno. 7) La tristeza no es un enemigo a combatir sino un aliado del que
sacar profundidad y compasión.
En definitiva, las personas cuya pasión
dominante es la "envidia-carencia-tristeza" pueden aprovecharse de
ella para acercarse al centro de su Ser, pues ese vacío y dolor existencial, si
no es llenado con falsas ilusiones de futuro, puede ser un vacío fértil y un
dolor cargado de frutos. Como muy sencillamente enunció Buda, el sufrimiento
-enfermedad, vejez y muerte- es la esencia de la vida, pero existe una Vía de
liberación del mismo. Los "CUATRO" pueden transformar su hábito de
sufrir por un sufrimiento consciente y empático con todos los seres vivos y
llegar la verdadera COMPASIÓN BÚDICA. Entonces se dan cuenta de que lo tenían
todo desde el principio y de que nunca perdieron ni carecieron de lo Esencial,
que, por propia naturaleza, es ETERNO.
Las pasiones capitales: la avaricia
En "Afterzen" (Editorial Libros
de la Liebre de Marzo, Barcelona, 2000), un libro de gran agudeza y
socarronería, que desmitifica, entre otras muchas cosas, la vida cotidiana de
los maestros Zen y sus discípulos, su autor, que pasó muchos años en Japón,
al describir a uno de los muchos buscadores espirituales que desfilan por el
desgranado de sus vivencias, perfila algunos rasgos atribuidos a las personas
cuya pasión capital es la avaricia y que el eneagrama designa como "tipo
5".
Ben-san es un estadounidense que, tras su
vuelta de Japón, sigue practicando Zen en una pequeña pagoda construida por
él y perdida en medio del bosque, viviendo como un ermitaño. En el primer
piso, sólo unos pocos muebles. El segundo y el tercero están vacíos y sin
puertas. Para ganarse la vida, "trabajaba durante parte de los veranos,
alojándose en casa de los patrones gratuitamente, ahorrando algunos dólares..
Pasaba la primavera, el otoño y el invierno con poca cosa, recluido, rodeado de
vida salvaje... Me dijo que pasaba de la gente... nunca demostró tener interés
en hacer carrera budista. Sólo quería saber cosas...".
Cómo ocurre con el resto de las pasiones
(véase Verdemente nº 37, 38, 39 y 40, que tratan respectivamente de la ira, el
orgullo, la vanidad y la envidia), el "avaro" de este sistema
psicológico y esotérico de conocimiento del alma humana que es el eneagrama no
es precisamente el avaro de Molière ni el mercader de Venecia de Shakespeare.
Al eneatipo 5 no le impulsa generalmente el ansia de dinero o riquezas, sino, en
todo caso, el anhelo de acumular conocimientos, claves para comprender la
existencia, sistemas para entender mentalmente el funcionamiento del mundo y del
universo y, de alguna manera, controlarlo protegiéndose así de sus muchos
imprevistos.
Pero esta búsqueda del Tótem, de la sociedad
perfecta, del Maestro iluminado, de la solución definitiva a los males del
mundo, caracteriza sobre todo a uno de los subtipos de este carácter: el
"Cinco social". En realidad, la verdadera pasión del Cinco es la
economía de medios: no desperdiciar energía -pues cree que la que tiene es
limitada- y por energía entiende tiempo, palabras, sentimientos, movimientos...
Prefiere pensar a actuar, prever a arriesgarse, lo conocido a lo sorpresivo. Y
todo ello, porque su excesiva sensibilidad y fragilidad emocional le obligó
desde pequeño a subir la emoción a la cabeza: pensar le mitigaba el dolor de
sentir. Sentir tal vez la ausencia paterna o materna, o su opuesto: la
intromisión permanente en su esfera personal de un padre, o de una madre,
absorbente y dominante. En muchos casos, quienes desarrollaron este carácter en
la infancia tuvieron que crearse un mundo interno y aislarse, para protegerse de
la falta de espacio físico y psíquico propio de una familia numerosa o
invasiva.
Quizá podría llamársele más que avaro,
"observador". Los Cinco son observadores de la vida. Evitan
aglomeraciones y actos sociales y, si se ven obligados a asistir a ellos,
intentan pasar desapercibidos, alejarse de los focos, situarse en algún rincón
desde donde poder observar y controlar las posibles vías de escape, antes de
que alguien pueda agobiarles con sus demandas. Recuerdo a este respecto los
hábiles mecanismos, muy bien descritos por uno de mis pacientes, con los que se
las había ingeniado durante la adolescencia para no acudir nunca a ningún
cumpleaños ni baile con amigos -en su época se llamaban "guateques"-
y ni siquiera pisar durante sus cinco años de carrera el bar de la Facultad:
hasta tal punto le producía terror la "masa humana". Según contaba,
pasaba por ser parco en gestos y palabras, casi misántropo, pero podía
enchufarse a hablar durante horas con algún amigo de confianza, aunque siempre
sobre temas objetivos -política, arte, espiritualidad, esoterismo-, pero nunca
de sus emociones. Podía aplicársele al pie de la letra varias de las
características expuestas por Claudio Naranjo en "Carácter y neurosis.
Una visión integradora" (La Llave, Vitoria, 1997): una paradójica
insensibilización frente a la emoción ajena, por su exceso de
hipersensibilidad, baja tolerancia al dolor y miedo al rechazo. En el interior
de su aparente huraña torre, ocultaba una ternura inofensiva, como si quisiera
"caminar sin dañar la hierba que pisa".
El "observador" puede parecer a
veces distraído y absorto en su propio mundo, pero difícilmente se le escapan
los detalles que le interesan para mantener todo bajo control. De hecho, suelen
paliar su sensación de aislamiento interior creando un mundo de relación
mental. Para él, una mirada, un silencio, la simple compañía de alguien, un
recuerdo... cobran una dimensión intimista, especial y singular, que pueden
llegar a conformar un entramado personal de importantes relaciones subjetivas,
aunque el otro, los demás, puedan no llegar a enterarse nunca de lo importante
que es su existencia para el Cinco. Y esto, porque tiene una especial capacidad
para recrear las situaciones. De hecho, puede vivirlas con más intensidad a
posteriori que en el momento en que se están produciendo. Es como si entre la
vida y él siempre hubiera una especie de cristal que atenuase las sensaciones
físicas y el menor atisbo de sentimiento. Es difícil verle llorar en público.
Si se le pregunta cuando lo hizo en privado la última vez, tendrá que hacer
memoria. Pero es posible que recuerde perfectamente las dos últimas veces.
Quizá hayan pasado varios años entre las dos.
A pesar de que puedan vivir con poco y
escatimar el dinero en la propia comida o en la ropa que visten -que les puede
durar años-, son capaces de hacer espléndidos regalos, quizá porque les sea
más fácil conectar con las necesidades ajenas que con las propias, que suelen
minimizar o ignorar. Existen casos famosos, como los multimillonarios Howard
Hughes o J. Paul Getty, que no sólo vivían sin lujos, sino que dieron muestras
de tener hábitos mezquinos hacia sí mismos, como no tomar nunca un taxi o
utilizar siempre para sus llamadas un teléfono público. En el aspecto
positivo, por ejemplo, fue asombrosa la capacidad de Emily Dickinson para
expresar profundas intuiciones y visiones en sus poemas, con una singular
economía de sintaxis y palabras. Podría decirse que la quintaesencia de la
"poesía 5" son los "haikus" japoneses: tres versos de cinco
y siete sílabas capaces de expresar toda una vida o condensar vivencias
universales.
Cuando, en la famosa novela de Herman Hesse
inspirada en la vida de Buda, se le pregunta al joven príncipe Sidharta cuando
va a pedir trabajo que qué sabe hacer, él da una respuesta muy reveladora de
su "rasgo cinco": "Pensar, ayunar y esperar". Los Cinco
suelen ser buenos consejeros, pues tienen una visión general y objetiva de las
cosas, saben escuchar muy bien y pueden mantener la calma en cualquier
circunstancia, distanciándose de los remolinos emocionales. Es el tipo de
persona que a cualquier político o empresario le puede convenir tener en su
equipo, siempre que tenga cuidado en no interferir en su modo de trabajar ni le
atosigue con horarios o compromisos y, sobre todo, nunca le exija dar la cara
frente al público ni en situaciones conflictivas. Un
"observador-avaro" preferirá no desgastarse, no implicarse demasiado
en una situación, hacer mutis por el foro, cualquier cosa antes que verse en
una situación emocional en que tenga que manifestar desacuerdo o ira. Esto
también le lleva a aplazar indefinidamente decisiones importantes y a optar
generalmente por la vía que requiere menos desgaste de energía y menos
compromiso. Aunque, cuando se compromete, lo hace a fondo, tal vez por lo mucho
que tardó en decidirse y haberlo meditado cuidadosamente.
Si a los distintos países puede atribuírsele
una pasión dominante (la ira reprimida de la Inglaterra victoriana, la envidia
de la España tradicional), Francia podría representar la avaricia, con su
predominio de la racionalidad y el cálculo sobre la emotividad, ese
individualismo a ultranza tan celoso de preservar su espacio y su vida
privada, y la preocupación por acumular para el futuro, sobre todo, no gastando
lo que se tiene en el presente.
Es sutil la línea que separa la
objetividad y la distancia que proporciona el desarrollo del "testigo
interno" en un auténtico buscador espiritual del desapego patológico y
del miedo a la verdadera intimidad, a todo lo que huela a implicarse con las
miserias y las grandezas de la vida cotidiana del falso "iluminado".
Muchas personas de este rasgo se sentirán atraídas por una vía espiritual con
el único deseo de no sufrir, de estar por encima del bien y del mal. Si se dan
cuenta de esta trampa, tienen ganado medio camino en el proceso de ampliar la
conciencia para conectar con la realidad sin interferencias. El CINCO puede
llegar a un alto grado de sabiduría cuando pone su objetividad y capacidad de
escucha y análisis al servicio de los demás, sin ocultarse ni refugiarse en el
mundo del pensamiento. Cuando puede superar su miedo a que ser querido le va a
suponer la pérdida de libertad. Cuando es capaz de mostrarse y de entregarse
sin reservas, porque entonces se da cuenta de que la Vida se desgasta, pero
también se renueva constantemente y de que todo lo que da lo recibe aumentado
con creces.
Si nos dejáramos llevar por una idea superficial del miedo
como pasión dominante de un tipo de personalidad, jamás podríamos yuxtaponer
en este rasgo personajes tan opuestos como Don Quijote, Dostoyevsky, Hitler,
Woody Allen, Gandhi o Krishnamurti. Pero he aquí precisamente la profundidad y
sutileza del eneagrama (véase Verdemente nº especial sobre tipologías
humanas, Mayo de 2001), que no es un sistema de generalizaciones, sino una vía
de conocimiento de sí y, por ello, un mapa dinámico de interpretación de la
realidad, a veces aparentemente paradójico, pero de una enorme coherencia.
El miedo constituye, en el símbolo del
eneagrama, uno de los ángulos básicos (ángulo inferior izquierdo) del
triángulo formado por la "pereza" (ángulo superior -eneatipo 9-) y
la vanidad (ángulo inferior izquierdo -eneatipo 3-, éste último, ya tratado
en Verdemente nº 39, de enero-febrero de 2001). Es, por tanto, una de las tres
piedras angulares de todo el edificio emocional, que explica con una claridad
meridiana, comparándola con la visión freudiana de la neurosis como
transformación de la ansiedad de la infancia, Claudio Naranjo, en su nunca
suficientemente recomendado "Carácter y neurosis. Una visión
integradora" (La LLave, Vitoria). El miedo arrancaría originalmente de una
carencia de ser y, por consiguiente, de una base para actuar, de atreverse a ser
quien se es. Las personas caracterizadas por el miedo como pasión dominante
tienen en común la desconfianza en sí mismas, que les lleva a la duda
metódica y a la desconfianza del mundo y de la vida en general. Todo ello
acarrea una actitud hipervigilante y alerta, un gran desarrollo de una mente
sistematizadora y un cierto sentido de culpa, derivado de un exceso de
introspección.
Es común que en la infancia no tuvieran un
apoyo sólido emocional, por orfandad o ausencia psíquica de los padres, o que
el ambiente familiar fuera incoherente, las pautas de conducta cambiantes o las
reacciones de los mayores violentas o imprevisibles. En algunos casos, también
la actitud superprotectora de una madre siempre preocupada pudo ser el factor
dominante de la formación de un "seis", o la existencia de una madre
víctima y culpabilizadora, tipo 4 (Véase Verdemente nº 40, marzo-abril de
2001). Sin embargo, las reacciones pudieron, ya desde entonces, adoptar
variantes muy contrapuestas: la sumisión a la autoridad de naturaleza
adaptativa y afectuosa, la rebelión y la agresión como huida, y la rigidez
prusiana intolerante ante cualquier tipo de ambigüedad.
La segunda actitud, por ejemplo, se da en
personas que nadie calificaría de cobardes, porque su miedo profundo y nunca
reconocido les lleva a lanzarse a un torrente sin pensar, a agredir a alguien
más fuerte sin prever las consecuencias o a trabajar en profesiones de riesgo
para mantener un alto estado de adrenalina que les aleje de su debilidad más
oculta. Recuerdo ahora a un guardia de seguridad de este rasgo, que había
vivido toda su vida asustando a los demás para huir de su propio susto.
Confesaba que ningún compañero quería trabajar con él, porque cuando
conducía el furgón blindado lo hacía siempre a 150 por carreteras de costa
llenas de curvas. Con su 1,90 de altura, su constitución atlética y su mirada
desafiante y dura mantenía a raya el peligro permanente que para él suponían
los demás. Era un representante típico del Seis contrafóbico.
El subtipo "conservación"
presentará un aspecto totalmente opuesto de afabilidad, confiabilidad y afecto.
Incluso, a veces, de cierta fragilidad asustadiza, como los personajes
representados por Woody Allen en casi todas sus películas; fragilidad protegida
por el desarrollo de una gran capacidad de raciocinio, capaz de prever todas las
posibles consecuencias de las diferentes opciones, aunque ello les lleve a
cuestionarse continuamente, dudando de sí mismos, a diferir la acción y, a
veces, a la parálisis ante la toma de decisiones.
El suptipo "social" necesita
especialmente el grupo y las normas para sentirse bien. Sus aspectos positivos
serían la lealtad, la amistad duradera y la solidaridad. Sus extremos le
llevaría al perfeccionismo, la rigidez y el fanatismo para cumplir y hacer
cumplir las normas. Algunos aspectos del carácter alemán podrían ilustrar las
dos caras de este tipo de carácter. El nazismo, desde esta perspectiva, sería
la patología social extrema de la búsqueda del orden perfecto, de la norma
inamovible, de la protección ante la imprevisibilidad de los movimientos
sociales, del padre omnipotente y controlador que lo decide todo.
Pero más allá de las diferencias, todos los
seis tienen en común un gran deseo de ser aceptados, basado en un sentimiento
de inseguridad; pero boicotean su necesidad con la desconfianza hacia los
demás, porque no confían en sus propias percepciones. Para compensar,
necesitan acopiar datos y analizarlos una y otra vez, escudriñar el rostro de
los demás para percibir señales y mensajes ocultos. Esto les hace muy
sensibles al engaño y a la falsedad. Podría decirse que tienen un especial
olfato para detectar cuándo alguien les intenta dar gato por liebre. Suelen ser
ordenados, correctos, justos y ecuánimes, puntuales y responsables. Tal vez por
ello, algunos prefieran trabajos en los que las normas estén claramente
establecidas, como el funcionariado, la policía, el ejército o la docencia,
aunque los contrafóbicos preferirán probablemente crear su propio empleo o, al
menos, no estar sometidos a jefes ni a autoridades.
Existe un lema en el que casi todos
coincidirían: "Deberíamos vivir a posteriori". Así empieza la
última novela, "Los frutos de la pasión", de la serie del personaje
creado por Pennac en 1985, Benjamin Malaussène. Este personaje literario
trabaja en unos grandes almacenes para recibir las quejas y reclamaciones de los
clientes descontentos y sigue siendo el chivo expiatorio en su vida familiar.
Tal vez no sea un Seis típico, pero sí acaba paranoico y viendo enemigos en
todas partes. Y la paranoia es la patología principal de este rasgo.
Vivir a posteriori significaría no tener que
arriesgarse, decidir sobre seguro, saber de antemano que la decisión es la
correcta, corregir el tiro en caso contrario. Cuando le pregunté recientemente
a un paciente que se reconocía en este rasgo qué le parecía la frase,
respondió con una vacilación menor de la habitual en él: "Firmaría
ahora mismo" e inmediatamente se justificaba diciendo: "Pero es que
creo que todo el mundo la firmaría". Esa es precisamente la distorsión
cognitiva de cada carácter: creer que el mundo es de una determinada forma para
todos, que todos los demás piensan, sienten y actúan lo mismo que ellos. En
este caso, no le cabía en la cabeza que, para un emocional Dos o un impulsivo e
intenso Ocho, la vida sería un aburrimiento si todo se supiera de antemano.
He de confesar que, hasta que empecé a
profundizar en el Eneagrama, no entendía mi propia impaciencia y desánimo ante
determinados pacientes que, sesión tras sesión, se mostraban activos,
aparentemente colaboradores y rápidos en admitir los señalamientos, pero que,
en le último minuto, desmontaban todo lo elaborado durante casi una hora, con
una pequeña duda o simplemente soltando como quien no quiere la cosa:
"Todo esto está muy bien, pero podría ser lo contrario". Ahora
entiendo esa ambigüedad del Seis entre la aceptación de la
"autoridad" y la rebeldía desconfiada y, sobre todo, su necesidad de
hacer de "abogado del diablo" de su propio proceso, de poner todo en
cuestión una y otra vez hasta la saciedad.
En seres que han hecho un trabajo de
autoobservación no contaminada y que han trascendido el miedo, puede producirse
una iluminación precisamente a través de este cuestionamiento
permanente, como ilustra el caso de Krishnamurti, tal vez uno de los
Maestros espirituales más atípicos y aclamados de este siglo. Jiddu
Krishnamurti renunció en 1929 a ser "el Instructor del Mundo", para
lo que le preparaba desde los 13 años la Sociedad Teosófica, declarando que la
verdad es "una tierra sin senderos", a la que es imposible aproximarse
mediante ninguna religión, filosofía o secta tradicional. Su método de
"Seis iluminado": investigar juntos, mirar la realidad profundamente
sin ideas preconcebidas, sumergirse en la realidad tal como es.
Otro gigante histórico que superó la
timidez y el retraimiento de su infancia fue Gandhi, el apóstol de la no
violencia, tal vez, una de las formas más sutiles del coraje. Sin embargo, su
filosofía no se basó tanto en la indagación a través del conocimiento, como
en el sentido del deber y una moral estricta y peculiar.
A las personas que se identifiquen con la
pasión del miedo podría servirles vivir más el presente, sin imaginar
desgracias futuras; mirar la realidad profundamente sin distorsionarla
añadiendo el quinto pie que el gato no tiene; fomentar su lealtad y solidaridad
confiando más en sí mismos como primer paso para poder empezar a confiar en
los demás y, sobre todo, ABRAZAR EL VALOR de la FE, LA FE EN LA VIDA Y EN SÍ
MISMOS, pues ésta les acoge en su regazo cuando pueden APRENDER A CONFIAR.
Si nos acusaran de ser golosos,
probablemente no nos sentiríamos tan heridos como si nos dijeran que somos, por
ejemplo, orgullosos, avaros, cobardes o lujuriosos. Y ésta es precisamente una
de las dificultades de reconocer la patología de este carácter que el sistema
del eneagrama llama "eneatipo 7" y que, según los diferentes autores,
podría llamársele narcisista, epicúreo o hedonista, generalista, entusiasta,
diletante o charlatán, planificador y soñador, en función del aspecto de la
personalidad que consideren predominante. En cualquier caso, todas estas
características le parecen al que las reúne "pecados veniales" o
defectillos sin importancia, en comparación con el resto de los caracteres. Por
ello, no es de extrañar el tipo SIETE se tenga en alta estima y suela caer bien
por el encanto que despliega. Sin embargo, como Narciso, que se ahoga en el agua
enamorado de su imagen, el encantador acaba enredado en su propio encanto,
convirtiéndose en un encantador encantado.
Estoy seguro de que todo el mundo conoce a alguien que
siempre tiene soluciones para cualquier problema, al que ninguna situación le
parece excesivamente grave, que puede explicarlo todo: el tipo de persona que
racionalizará, explicará, pondrá una etiqueta o elaborará una
generalización brillante con tal de no entrar en una emoción profunda, de no
sufrir con el sentimiento del interlocutor. Nuestro personaje corresponde
claramente a la tríada mental pero, mientras que el CINCO (avaro) reflexiona,
calla y acumula su energía para tenerlo todo controlado (Verdemente, nº41), el
SEIS (miedoso) duda e imagina lo peor para estar preparado (Verdemente, nº 42),
el SIETE envuelve a los demás con sus palabras y fantasea siempre un futuro
mejor para huir de su angustia, del aburrimiento y del compromiso con cualquier
cosa que considere monótona, limitadora y vulgar; es decir, casi todo lo que
suponga esfuerzo constante, disciplina y limitación de opciones.
Quienes se hayan dominados por la pasión de la gula no son
forzosamente comedores compulsivos o glotones de alimentos -aunque puede que en
un bufé piquen un poco de todo para no perderse ningún sabor-, sino
consumidores compulsivos de experiencias, amistades, libros, cursos, viajes,
deportes..., aunque generalmente sin demasiada continuidad. Es difícil que un
paciente con estas características dure mucho en una terapia. Normalmente
acuden a ella como una vivencia más dentro de su largo currículo de terapeutas
y recursos de desarrollo personal, que suelen degustar como aperitivos, pero que
muchas veces no les alimenta, porque no se quedan el tiempo necesario para
digerir. Para ellos, planificar, explicar, generalizar y soñar suelen ser los
sustitutos del actuar, sentir, centrarse y, en definitiva, vivir el presente.
Con todos estos mecanismos de defensa bien pertrechados, es
difícil que sufran conflictos frecuentes y suelen dar una apariencia de
autosatisfacción y felicidad contagiosa, aunque, a veces, un tanto pretenciosa
y superficial. Por ello, lo que a muchos encanta puede resultar insoportable
para otros. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que me encontré con un
grupo de "sietes" que intentaba cumplir una tarea terapéutica: la
impresión era la de un corral con varios gallos que competían por la atención
y el espacio verbal; pocas emociones manifiestas; mucho desacuerdo; bastante
rebeldía que conducía a la desorganización y al caos; cierta agresividad
contenida para evitar el desencadenamiento del conflicto latente; casi ninguna
implicación existencial. Al final, pérdida de tiempo y frustración encubierta
con la broma, el juego o la actitud compensatoria de "la próxima
reunión saldrá mejor".
Vista la situación desde afuera y con el poso de lucidez que
deja el tiempo transcurrido, la primera imagen que me viene es la de una
reunión de niños grandes o adultos que no han querido crecer del todo. Una
especie de reunión de muchos "Peter Pan", sin una Wendy que les
dijera que ya habían pasado treinta o cuarenta años desde que jugaban a
enfrentarse al Capitán Garfio y a volar con Campanilla. Los "golosos"
siguen estancados en una infancia que, a pesar de las carencias y limitaciones
de toda niñez, siempre recuerdan como una infancia fundamentalmente feliz y sin
problemas mayores. Tal vez sea éste uno de sus principales encantos: su
jovialidad, su eterna juventud y entusiasmo por todo lo nuevo, que encubre un
gran concepto de sí y una cierta rebeldía ante todo lo establecido.
De ella no se libran ni los maestros espirituales, pues,
aunque se pueda llegar a trascender el carácter básico, siempre quedan rasgos
que delatan de dónde se partió. Es fácil comprobarlo, por ejemplo, en
"Vislumbres de una infancia dorada" (Gaia, 1996), autobiografía de
Rajneesh, conocido por Osho, uno de los guías más brillantes y controvertidos
de este siglo. Él la dictó a lo largo de sus sesiones con su dentista como un
juego lúdico. No tiene desperdicio desde la óptica del eneagrama:
"He renunciado incluso a la iluminación, a la que no
había renunciado nadie antes que yo... No tengo religión, ni país ni casa.
Todo el mundo es mío. Seguiré siendo un rebelde hasta que me quede el último
aliento... Aunque no tenga un cuerpo, tendré los cuerpos de miles de mis
amantes. Puedo provocarles; sabéis que soy un seductor y puedo meterles ideas
en la cabeza para los siglos venideros. Es exactamente lo que voy a hacer. Mi
rebelión no morirá con la muerte de este cuerpo. Mi revolución continuará
más intensamente, porque entonces tendrá muchos más cuerpos, muchas más
voces, muchas más manos para continuarla".
Jung, en sus "Tipos psicológicos" (Edhasa, 1991),
lo calificaría de "intuitivo" que "no se encuentra nunca en el
mundo de los valores aceptados de la realidad, sino que tiene un olfato
agudizado para todo lo que es nuevo o está surgiendo... Ninguna razón o
sentimiento puede refrenarle o asustarle como para hacerle perder una nueva
posibilidad, aun cuando vaya en contra de todas sus convicciones anteriores...
[pues] tiene su propia moral característica, que consiste en... someterse
voluntariamente a su propia autoridad".
Otro Maestro contemporáneo, Ram Das,
personifica también este eneatipo en la cantidad de actividades desarrolladas a
lo largo de su vida. Antes de dedicarse a la búsqueda espiritual, Richard
Alpert -su nombre de nacimiento- fue uno de los científicos pioneros en la
investigación del LSD. En la India fue discípulo que siguió una vía
devocional. Empresario de éxito, escritor de libros espirituales que marcaron
un hito en su época, presidente de varias Fundaciones humanitarias,
conferenciante, guru aclamado por toda una generación, hace unos años decidió
dedicarse fundamentalmente a cuidar a su padre enfermo y declaró públicamente
su homosexualidad. Esta versatilidad es paradigmática en el "goloso",
pero, mientras que en una persona con un gran trabajo interior cada etapa es
auténtica, en alguien estancado en su afán de escapar de todo lo que le haga
sufrir o le exija esfuerzo, cada cambio puede suponer sólo un mariposeo de flor
en flor, sin libar hasta el final su néctar ni elaborar nunca la miel
fantaseada.
Cuando el SIETE se queda sin estrategias por algún golpe
duro de la vida, cae en un profundo pozo que puede manifestarse como una
depresión aguda, de la que siempre huyó, pero cuya posibilidad latente intuía
o temía. Lo que se vive como un auténtico mazazo, una pérdida de identidad y
de control, una auténtica desgracia, puede ser en realidad una bendición: una
de las pocas oportunidades de madurar, de avanzar y de cambiar la gula -como
intento de llenar el vacío- por la introspección, el silencio y la aceptación
de las luces y sombras de la vida.
El mejor ejemplo publicado de este tipo de procesos, tal vez
sea el de Paco Peñarrubia, Director de la Escuela Madrileña de Terapia
Gestalt,en el testimonio recogido por Claudio Naranjo en "Autoconocimiento
transformador" (La Llave, 1998): "Lo más importante que sucedió por
entonces [en plena crisis] es que Claudio me habló del sufrimiento
consciente... Para mí fue algo revelador. Nunca me había dado esa oportunidad
de sufrir sin pelearme, sin evitar, respetándome esos sentimientos
legítimos... Lo más desalentador era sentir que Dios no me escuchaba. Y luego
ir viendo que el silencio de Dios era proporcional a mi ruido... Algunas veces
me elevo, otras siento un profundo peso en la base del tronco: pura tierra, nada
de volar... Soy un niño sentado a la puerta del corazón. Espero con paciencia,
sin ansiedad. Puede abrirse en cualquier momento. Sé que Dios pasa por mi calle
de vez en cuando. Y espero tranquilo, por si viene".
Las pasiones capitales: la lujuria
La palabra lujuria evoca inmediatamente
imágenes de cuerpos desnudos, deseos lascivos y orgías desenfrenadas. Tal vez,
porque nos hemos quedado estancados en la primera acepción de la palabra:
"apetito desordenado de los deleites carnales". No es de extrañar; en
el antiguo catecismo de estudio obligatorio, se decía al hablar de las virtudes
correspondientes a los "pecados capitales": "contra la lujuria,
castidad". Sin embargo, la segunda acepción de la palabra, según el
Diccionario de la Real Academia Española, "exceso o demasía en algunas
cosas", se corresponde mucho más con las características del
"lujurioso" del eneagrama, que otros llaman "el jefe",
"el desafiador", "el vengativo", "el justiciero" o
"el avasallador". Todos ellos son adjetivos que corresponden al
eneatipo OCHO, que, junto con el Uno (véase Verdemente nº 37) y el Nueve
(próximo número), se hallan dentro de los caracteres más dominados por el
impulso y el instinto que por los sentimientos o la mente. Lo que distingue al
"lujurioso" es su enorme apetito por vivir.
El exceso del "lujurioso" es
esencialmente un exceso de intensidad existencial, una huida del aburrimiento,
de las medias tintas, de la griseidad y, sobre todo, de la ternura y del amor,
que es lo que más necesita, pero lo que, al mismo tiempo, más vulnerable le
hace. Y así como cada carácter tiene su tabú, el del Ocho sería la
vulnerabilidad y la debilidad. Eso es lo que más temen, y su escudo y
protección ante este miedo sería su actitud permanente de dominación y de
poder. Así pues, esta pasión de intensidad no se manifiesta exclusivamente
como una lucha por el estímulo sexual -aunque, también-, sino principalmente
por la continua persecución de estímulos vitales de toda clase: grandes
proyectos, luchas encarnizadas, reacciones desmedidas, altas velocidades,
música a todo volumen, desprecio del peligro y hasta del propio cuerpo, rozar
la muerte, propia o ajena... Lo que sea, con tal de sobrestimularse y de evitar
la auténtica interiorización, compensando con ello una falta de vitalidad de
fondo, que es difícil de apreciar en medio de tanto vendaval.
Una imagen muy gráfica sería la de los
estereotipos mejicanos, cuyo "carácter nacional" podría muy bien
representar el tipo Ocho. De las películas nos queda la aparente indolencia de
hombres sesteando bajo grandes sombreros y un sol de justicia. Pero, en
cualquier momento y por un "quítame allá esas pajas", de repente se
arma la marimorena, el tiroteo, la "balasera". Un amigo me contaba que
un día invitó a un tequila a un mejicano que acababan de presentarle en
México DF. Tras apurarlo de un trago, éste quiso corresponder, invitando a su
vez. Era tarde, y mi amigo declinó la invitación dando amablemente las
gracias; tenía que madrugar al día siguiente. Sin inmutarse, el otro sacó con
calma su pistola del cinto, la puso cuidadosamente encima de la mesa y, mirando
fijamente a los ojos del pasmado gachupín, se limitó a decir: "Pues dije
que te invitaba e insisto". Sobra decir que la velada se prolongó entre
invitaciones y contrainvitaciones, bromas, cantos y escandalosas risotadas.
Entre los chistes de la improvisada juerga, uno rebela muy bien el rasgo de
insensibilización a lo macho ante el dolor: Alguien está tendido en el suelo
desangrándose. Un compatriota que pasa por allí le pregunta: "¿Te duele,
mano?". "Pues no más que cuando me río", responde el herido
poniéndose la coraza de "a mí no me afecta nada" o "yo puedo
con todo" y "no necesito ayuda de nadie". No es una coincidencia
el que los mexicanos celebren durante varios días -del 31 de octubre al 2 de
noviembre- su peculiar concepción de la muerte, a la que llaman guasonamente la
"pelleja", la "calva" o la "flaca", y la vistan de
charro con sombrero y guitarra.
El carácter Ocho suele tener como
fondo un niño o una niña que crecieron en una familia disfuncional o de
rígida disciplina militar, vivieron la violencia de algún miembro de la
familia -normalmente un padre brutal, insensible o exigente y frío- o
respiraron la atmósfera de barrios marginales. El poso que queda, siendo
adulto, es el de haber sido profunda e injustamente heridos y un sentimiento de
sorda venganza contra el mundo: si el mundo es cruel, en él sólo pueden
sobrevivir los fuertes; es la ley de la selva; prefiero comer a ser comido,
hacer sufrir a sufrir. De aquí que el extremo patológico de este carácter
sería el correspondiente al fálico-narcisista, al sádico o al antisocial.
La rebeldía de los Ocho no es racional, no
procede en general de una ignorancia de las leyes y de la moral, ni de un
análisis de su injusticia o de su imperfección. No. Es absolutamente visceral.
Existe una especie de anestesia moral que les hace incólumes a la culpa. En
todo caso, si culpa hubiera, la tienen los demás. En proyectar la culpa son
especialistas. Ellos son como elefantes en una cacharrería o en medio de un
corral: que pongan los cacharros fuera de su alcance y que se aparten los
pollitos; el que se arriesgue bajo su implacable pisada se tiene bien merecido
el morir aplastado, por cruzarse en su camino.
Los hombres que he conocido de este tipo son
más bien estilo oso: fuertes, poderosos, lentos, determinados; viven el
instante de su necesidad o de su venganza y se zampan una colmena como si las
abejas fueran mosquitos, después se limpian el hocico y se echan a dormir. Las
pocas mujeres que recuerdo son como hipopótamos o como panteras: avanzan
pesadamente desplazando el agua en que se bañan y ahuyentando pirañas y
cocodrilos, o con un movimiento felino se limitan a ocupar sutilmente el aire
que necesita su aura para establecer una distancia segura a su alrededor. Es
casi imposible verlos en una terapia y difícil codearse con ellos en un curso
de formación, pues suelen considerarse autosuficientes. Si uno quisiera
encontrarlos en grupos y no como especímenes raros y aislados, habría que
buscarlos en una Conferencia de jefes de Estado, una conspiración de
terroristas, unas negociaciones entre tiburones financieros, una asamblea
sindical o un Encuentro de gurus.
Es obvio que las actividades de cualquiera de
los grupos mencionados es cualquier cosa menos rutinaria y exige un cierto grado
de independencia y autonomía, una imagen autoasertiva y un estar relativamente
por encima las leyes, ya sea porque se tiene poder para cambiarlas, violarlas,
aprovecharse de ellas, mejorarlas o superarlas con otro sistema de valores que
se pone por encima. En todos los casos, hay poder y confrontación, incluso en
el caso del guru: en el falso guru, confrontación con los discípulos; en el
guru sincero, confrontación con sus propias pasiones y eliminación final del
ego. Curiosamente, el Ocho es alguien que, desde pequeño, aprendió a
desconfiar del poder hasta llegar a no creer en él. Sin embargo, toda su vida
parece orientada al poder, pues el propio poder es el único en el que confían.
Entre los personajes históricos, destacan
Stalin, del que Lenin llegó a escribir que era "demasiado brutal y grosero
para ser líder del Partido Comunista"; Enrique VIII, que puso su poder al
servicio de sus satisfacción personal: se divorció y ajustició a sus esposas
a conveniencia y se hizo nombrar Jefe de la Iglesia de Inglaterra, separándose
de Roma, con el pretexto de que el Papa no había sancionado el nombramiento
real del arzobispo de Canterbury. Entre los Ocho más evolucionados, Marx o
Garibaldi promovieron otro tipo de revolución, motivados por el amor y el
idealismo antes que por el odio o la pasión personal de poder. El célebre
Rasputín -que significa "libertino" y que ejerció una gran
influencia sobre la familia imperial rusa- instituyó un culto religioso en el
que la promiscuidad sexual se utilizaba con fines espirituales, en un auténtico
intento de transmutar la lujuria. Esta confrontación con las
"verdades" establecidas de cada época también fue
característica de Fritz Perls, creador de la terapia gestalt, que hubo de
enfrentarse a los dogmas freudianos y psicoanalíticos del momento; al centrarse
en el "aquí y ahora", pudo trascender su sed de intensidad, dejando
al mismo tiempo una huella perdurable en la cultura y una filosofía de vida
realmente terapéutica..
Como ocurre con el resto de los eneatipos,
también en las personas dominadas por esta pasión, existen diferencias de
rasgo, entre los "sexuales", los "sociales" y los "ocho
conservación". Los primeros se caracterizan por ser más provocadores y
desafiantes. Consideran que las personas que se dicen buenas son simples
hipócritas. Tienden a tiranizar a los que le rodean, a los que han seducido
previamente con su energía avasalladora y su palabra determinante; también es
posible que lo hagan con una conceptualización brillante, construida con
síntesis de lecturas, experiencias personales y observaciones perspicaces de
los fallos y debilidades de los demás. No es extraño encontrar gurus y gurusas
de este rasgo, que mantendrán sucesivas relaciones sexuales con discípulas o
discípulos bajo el manto justificativo de iniciaciones tántricas o de estar
buscando el rostro del Amado o el arquetipo masculino detrás de cada relación.
Los "sociales" suelen ser más
hedonistas y tienden a aprochecharse del otro de un modo más mercantilista. Al
ser algo más moralistas, hasta el punto de parecer puritanos, casi no parecen
estar dominados por la lujuria. Es posible incluso que les guste el nido
familiar. En todo caso, la amistad y los lazos de complicidad como uno de los
valores principales de la vida hace que se parezcan a a algunos Seis (véase
Verdemente nº 42), pero su lealtad puede llevarles a arriesgar sus vidas, y
esto les diferencia de las personas dominadas por el miedo.
Los "ocho conservación" serían
los más insensibles, pues su voluntad es la ley. Como dice la canción,
"con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la
ley..." y al final "sigo siendo el rey". Sus mecanismos de
supervivencia y de conservación de su espacio personal les llevaría a pasar
por alto las necesidades ajenas y, en casos extremos, a la eliminación física
de los "obstáculos", como en el caso del ya mencionado Enrique VIII
de Inglaterra.
Características comunes a los tres rasgos serían
la arrogancia, el autoritarismo, la dificultad de recibir y una cierta actitud
de venganza inmediata, que no de rencor y resentimiento retenidos. En todo caso,
su venganza de fondo sería la de triunfar a toda costa, la de devolver así a
la sociedad o a la familia las humillaciones recibidas o las carencias no
compensadas. No suelen ser discutidores, pues están seguros de su verdad y no
se dignan a perder el tiempo en convencer a los ignorantes de sus errores, que
ellos consideran errores ciegos o interesados. La diplomacia no es su fuerte,
sino la temeridad en sus afirmaciones y acciones. Sus necesidades pasan por
encima de las de los demás y difícilmente admite la crítica. En el fondo de
todo, subsiste una envidia sorda y generalizada: no envidian cosas concretas de
los que les rodean, sino el hecho de sentirlos incluidos en la vida, de la que
ellos mismos se marginan al protegerse tanto de los sentimientos humanos más
simples y positivos como el cariño o la ternura.
En el ámbito social, Claudio Naranjo expone
con magistral perspicacia ("El eneagrama de la sociedad. Males del mundo,
males del alma" (Ed. La Llave) la doble cara de esta pasión: por un lado,
la actitud antisocial y rebelde manifestada en la criminalidad de las personas
que se salen del control social y que no actúan según las leyes, porque no las
admiten (robos, asesinatos, violaciones, actos terroristas). Por otro, "la
violencia en la que la explotación tiene lugar bajo el disfraz de lo social, en
el seno de las instituciones, sustentando un poder secreta o explícitamente
explotador". Su raíz: el dominio masculino de nuestra civilización, que
ha producido el "desequilibrio interno de la psiquis individual, la
represión de las emociones y el racionalismo... El poder hoy día no está de
manos de matones con mucho músculo; no necesitamos gente tan insensible, cuando
tenemos cañones y misiles, y cuando hemos aprendido a insensibilizarnos
masivamente. No necesitamos generales con un carácter sádico, ya que matar se
ha hecho algo tan común". Gran parte de los recursos humanos están
desviados a la industria de la guerra, mientras se perpetúan el hambre y la
pobreza.
Pero existen salidas en el dominio individual
y colectivo. Un Ocho podría empezar tomando conciencia de que su preocupación
por la justicia le hace polarizar el mundo entre amigos y enemigos. Si cuenta
diez antes de reaccionar, tal vez empiece a aprender el valor de la
interiorización para ver su parte de responsabilidad en cualquier situación en
la que tiende a culpar siempre al "otro". El siguiente paso sería
poder reconocer sus propios errores y disculparse por ellos. Una actitud
receptiva sería la vacuna adecuada contra la busqueda del poder y el placer de
dominar, que ha convertido en sustitutos del amor y del ser.
Richard Risso y Russ Hudson ("La
sabiduría del eneagrama" -Ed. Urano-) afirman que, cuando los
"ocho" dejan aflorar su vulnerabilidad, conectan con su miedo básico
a que les hagan daño o los dominen. Cuando se liberan a continuación de este
miedo, se disuelven la autoconfianza y la prepotencia y aparece la verdadera
fuerza esencial. Esto permite que abracen una causa más grande y los convierte
en seres heroicos como Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela. Un Ocho
evolucionado nos recuerda "la sencilla alegría de existir, la exquisita
satisfacción de estar vivos, sobre todo en el plano primordial,
instintivo". Cuando abandona su voluntariedad, descubre la voluntad divina,
de donde procede su verdadera fuerza. Es entonces cuando aparece la INOCENCIA,
como simple encarnación desenfadada de la verdad.
Tal vez no sea pura coincidencia el el
hecho de que el último carácter del eneagrama sea el que más pereza me ha
dado escribir. Me han venido a la memoria muchas de las sesiones con pacientes
que comparten este eneatipo. El recuerdo dominante es el de tener que haber
recurrido a todas mis reservas de energía para vencer una especie de inercia,
de resistencia pasiva inconsciente, aunque siempre en un clima de afabilidad,
concordia y buenas intenciones. Pero quizá no haya que que echarle la culpa a
los "perezosos" y considerar simplemente el hecho de que se trata del
último de los eneatipos, el NUEVE, de una serie que empezó a publicarse en
julio del año 2000 (Véase Verdemente, nº 36). Además estamos casi a finales
de año y estas líneas aparecerán en plena "cuesta de enero".
Curiosamente, las personas dominadas por esta
pasión pueden ser muy activas, pues pertenecen a la tríada del impulso; es
decir, son impulsivas como los "iracundos" y los
"lujuriosos" (1 y 8), no muy mentales (5, 6 y 7) y poco emocionales
(2, 3 y 4). Lo que ocurre es que normalmente están más dispuestas a actuar y a
moverse más por los otros que por sí mismos. Si algo puede reprocharse a los
"nueve" es precisamente el olvido de sí. Suelen ser las típicas
personas serviciales, que detectan y escuchan las necesidades ajenas y tienen el
hábito de intentar satisfacerlas anteponiéndolas a las propias. Si en una
comida de grupo encontramos a una persona atenta a qué van a comer los demás,
que se levanta a por el vaso o la servilleta que falta, que cede su silla al
último recién llegado y que tal vez, gracias a todo ello, esté comiéndose la
ensalada cuando todo el mundo está tomándose el postre, es muy posible que se
trate de una persona perteneciente al grupo que estamos intentando describir.
A primera vista, por tanto, no son las
personas que la psiquiatría o la psicología clásica considerarían
necesitadas de terapia, ya que son las más adaptadas a su entorno familiar,
profesional y social. Pero es precisamente su sobreadaptación lo que constituye
el problema. Confluyen y se mimetizan tanto con su medio que al final no pueden
distinguir su deseo del deseo del otro, sus propias necesidades de las ajenas;
confunden sus sueños con los de la pareja y necesitan que todo el mundo a su
alrededor esté bien para encontrarse bien. En cuanto surge el más mínimo
conflicto, intentan apaciguarlo o se protegen, marchándose o distrayéndose y
poniendo la atención en cualquier otra cosa. Sin embargo, si persiste el
conflicto, su forma de agredir será la resistencia pasiva. Si en el trabajo un
jefe es agobiante, no se enfrentarán directamente a él, pero pospondrán la
tarea, la olvidarán o pondrán mil excusas para restablecer su rutina
perturbada por el superior en cuestión.
Posponer es un verbo que los caracteriza
bastante bien. Cuando surgen problemas, suelen simplemente negarlos, no como el
"goloso 7" que intenta dar una solución rápida, sino sencillamente
no viéndolos o, mejor aún, esperando a que se solucionen por sí mismos sin
hacer nada. Por ello, su visión del mundo y de las cosas en general suele ser
excesivamente simple; suelen ver mejor lo que tienen frente a la nariz que lo
que está a diez metros de distancia, porque prefieren agotar tranquilamente el
día de hoy sin esforzarse demasiado por el mañana. Les cuesta fijarse metas
lejanas, pueden incumplir mil veces sus propósitos cercanos y culparse por no
haber alcanzado los objetivos de la semana. Pero no se morirán de estrés ni
les dará un infarto por ello. Quizá el personaje universal que mejor les
caracterice sea Sancho Panza en toda su grandeza y con todas sus miserias:
sentido común, pragmatismo a ultranza, buen comer, huida del peligro, rutinas
bien establecidas y algo que, por obvio, suele olvidarse: sacrificar todo ello
en aras del ideal de Don Quijote, a través del que vive una especie de vida
vicaria. Los "nueve" viven las penas y las alegrías de los demás
como si fuesen propias; éstas son su motor y su gasolina para rodar por la
vida.
Todo ello hace que sean personas normalmente
dependientes: de los padres, de la pareja, de los hermanos, de los compañeros
de trabajo, de los amigos... Es difícil que den su opinión sin consultar antes
las de los demás. Al final, nos será difícil distinguir si es propia o pura
asimilación, ya que su principal mecanismo de defensa es la confluencia, la
pérdida de límites entre ellas y el entorno, la "con-fusión" con lo
de afuera: una especie de difuminación de la propia identidad. En sus casos
más extremos sería una especie de fijación sadomasoquista disfrazada de amor.
En la infancia supondría perpetuar el estado del bebé, no seguir los pasos
normales de diferenciación, principalmente de la madre que pudo ser una madre
superprotectora, aunque, en otros casos pudo ser lo contrario: ante una falta de
atención generalizada por un exceso de hermanos o por el trabajo absorbente de
los padres, el niño o la niña tuvieron que hacer un esfuerzo de
sobreadaptación para "merecer amor". De aquí, una especie de
resignación, de poner de lado los deseos propios, las necesidades personales,
en aras de satisfacer continuamente a los padres hasta el punto de llegar
finalmente a responsabilizarse de los deseos y necesidades de éstos.
Cuando un NUEVE acude a terapia es que está
despertando. Su malestar es un primer síntoma de que se está dando cuenta
finalmente de que ha construido su vida en falso, y uno de los primeros pasos
tal vez sea desidealizar a los padres y no sentirse culpable por pensar, sentir
y desear cosas distintas; por atreverse a vivir una vida propia. Para ello, les
es útil empezar a valorar sus cualidades, que generalmente pasan por alto no
dándoles mucho crédito. Sin embargo, la verdadera modestia es un peldaño
seguro de ascenso personal y de aceptación por parte de los demás; por ello,
podrían dejar de temer tanto la exclusión del grupo. Si se relajasen en este
esfuerzo por sentirse siempre incluidos, la energía que ponen al servicio de
los demás la tendrían disponible para sí mismos. Sobre todo, en el ámbito de
la escucha. En lugar de escuchar tanto a los demás, podrían dedicarse más
tiempo y espacio a escuchar su mundo interno, en el que generalmente no
profundizan.
Al releer este párrafo, me doy cuenta de su
tono de moralina y aconsejador y vuelvo a recordar qué sacan de mí los
"nueve": ganas de empujarles, deseos de que utilicen todo su potencial
dormido, indignación cuando se dejan engañar o explotar, impaciencia ante su
lentitud, sobreestimulación de alternativas y puntos de vista ante su excesiva
simplificación del mundo... Pero todo ello es una trampa, porque asentirán
inmediatamente, confluirán, sonreirán, se harán buenos propósitos
haciéndome creer que está todo más claro que el agua y volverán a su ritmo y
a su resistencia pasiva. Paciencia es lo que aprendo de ellos, porque de esta
virtud andan sobrados.
Se me ocurre que la cara y la cruz de este
eneatipo en el mundo en que vivimos serían: por un lado, un ejemplo de
autosatisfacción y conformidad en tiempos en que muchas personas se encuentran
inmersas en una carrera consumista en persecución insatisfactoria de aquello
que siempre creen que les falta; por otro, el obstáculo que supone esta actitud
para efectuar los cambios que el sistema necesita; los gobiernos, las
burocracias, las grandes instituciones caminan a paso de elefante ante las
urgencias sangrantes de la situación histórica que vivimos. Y es que los
"perezosos" son generalmente conservadores y obstinados; una
obstinación que raya en la terquedad puesta al servicio, en este caso, de la
tradición, lo conocido y las mayorías acomodaticias, con el supuesto
enfrentamiento pasivo al riesgo que supone cualquier innovación.
En el plano espiritual, los "nueve"
suelen ser los más "terrenales" de todos los eneatipos; no suele
encontrarse entre ellos muchos esoteristas, meditadores o buscadores, sobre todo
en Vías que supongan esfuerzo personal y constancia. Y esto, porque suelen
desinteresarse de todo aquello que no se pueda ver, oler y tocar fácilmente.
Por ello pueden ser buenos funcionarios y buenos diplomáticos. Les gusta mediar
y les encantan las estructuras que proporcionan estabilidad y pocas sorpresas.
Sin embargo, cuando despiertan a su verdadero deseo, a su auténtica necesidad,
puede surgir paradójicamente el Amor genuino por los demás y trabajar con
eficacia en profesiones de ayuda o en actividades de voluntariado: al trascender
su carácter, pueden poner al servicio de los otros su serenidad, visión
incluyente, modestia y, sobre todo, su tendencia a las dimensiones
transpersonales de la existencia humana.
Nota: Quien ya haya leído los libros
recomendados a lo largo de toda esta serie de Claudio Naranjo (Editorial La
Llave) sobre el eneagrama, pueden encontrar esquemas simples y de gran utilidad,
como recordatorio, en la obra de Salvador A. Carrión López,
"Eneagrama", (Ediciones Mandala).
Alfonso Colodrón
Terapeuta gestático