¿RESIGNACION O ACEPTACION?

...La experiencia de frustración, además de ser dolorosa, es impulsora de crecimiento. Hay personas que, como los chicos y adolescentes, no pueden soportar tal experiencia: quieren todo, ya. El adulto que está viviendo su edad y que ha asimilado las variadas lecciones que la vida enseña, ha aprendido a frustrarse. Tiene que haberse dado cuenta de que la vida es, por mucho, una especialista en frustrar a los mortales. ¡Cuántos deseos, expectativas, logros se vieron truncados por imponderables! Si no estamos en contacto con esta verdad, vamos a vivir el resto de nuestra existencia insistiendo e insistiendo en que las cosas sean diferentes de lo que son. Por eso, la clave para resolver esta cuestión está dada por la palabra aceptación que nada tiene que ver con la resignación. Aclaremos.

Resignarse tiene que ver con un acto de sumisión, de mansedumbre, de ceder para no causar trastornos, para evitar discusiones o peleas. Cuando uno se resigna no acepta que el deseo propio haya sido frustrado. La resignación siempre incluye enojo, bronca que puede transformarse en deseos de venganza: "Ya van a saber quién soy". La persona resignada queda adherida al objeto perdido o jamás encontrado; no puede ni siquiera entrar en la etapa de duelo por ese objeto perdido. Siempre se lo añora de una manera nostalgiosa. "Nostalgia" es un profundo dolor (algia) por lo que no está (no-sta), por lo que no pudo ser, por lo que ya fue y no sigue siendo (la niñez, los padres de la infancia, la juventud, etc.) En esta condición, la energía de la persona queda estancada en ese objeto imposible.

En cambio, en la aceptación de la frustración de un deseo se pone en marcha un mecanismo de reconocimiento de que la realidad ES la realidad. Este estado permite y favorece el proceso de duelo mediante el cual uno se despide para siempre de lo que no está o no pudo ser y la energía queda liberada para iniciar otro proyecto. Este proceso necesita, en ocasiones, de bastante tiempo según la trascendencia del objeto perdido.

En las parejas tormentosas no hay aceptación de que el otro es como es, que sus deseos son SUS deseos. Por el contrario, se le quieren imponer los propios como si fueran grandes verdades. A su vez, el otro miembro de la pareja, vive la misma realidad: sus deseos y proyectos son los auténticos y verdaderos, no los del otro. Si por imperio de las circunstancias uno tiene que ceder su deseo en aras del proyecto del otro, no se lo hace con gusto, con esa condición del amor que es la renuncia, sino con fastidio, con refunfuño, esperando consciente o inconscientemente una reparación.

Aquel fastidio por postergar sus deseos sin defenderlos adecuadamente, puede transformarse, con el tiempo, en una especie de "ausencia de deseos". Llegado a este estado la persona se adhiere al deseo del otro. Es típico de esta situación el pedir la misma comida que su pareja o amigo. El despertar de un deseo necesita, en estos casos, de la iniciativa de un otro. Pero se trata de un deseo vacío, empobrecido, engañoso, falso porque no surge de la propia interioridad de la persona sino de la iniciativa de otro. Esto también nos muestra lo desparejo de esa "pareja" y este estilo puede dar lugar a demandas y quejas del tipo "!Nunca se te ocurre nada a ti!".

En las parejas trascendentes, en cambio, como se respetan las individualidades, se aceptan los deseos del otro eligiendo participar en ellos o no. Esto da lugar a un enriquecimiento mutuo por cuanto se llegan a compartir experiencias, relacionadas con el cumplimiento del deseo del otro, que nunca se vivirían de otra manera. En la pareja tormentosa, al adherirse al proyecto del otro o al atacarlo pero cediendo al fin, no hay enriquecimiento por cuanto se "participa de mala gana". No hay, entonces, una asimilación de esa experiencia. En la pareja trascendente, aunque no haya aspiración de tal o cual cosa, hay un profundo y auténtico anhelo de compartir la experiencia de realizar tal proyecto sabiendo que, al hacerlo, se están creando las condiciones para contribuir a la felicidad del otro.

Analía tiene el deseo de visitar la Feria de Artesanía y Folklore de Mataderos. A Agustín no le interesa lo telúrico ni las artesanías: no le "dicen" nada. No obstante, conociendo que para su novia es tan importante ir, decide acompañarla por iniciativa propia. Decide llevar la filmadora. Recorriendo la feria se interesa en la doma de caballos y pasa una tarde de disfrute filmando distintas escenas.

Héctor quiere ir a la exposición de Informática. Insiste a su mujer que lo acompañe pues quiere mostrarle la Realidad Virtual. Elsa le contesta, despectivamente, que no le interesan esas cosas. Se produce una discusión en donde él le reprocha que siempre la acompaña donde ella quiere ir. "Me acompañas porque quieres; nadie te obliga.", le responde. Héctor se ofende porque ella no le reconoce su "buena voluntad" y decide no ir tampoco a conocer la nueva tecnología en computación. Elsa hace un gesto de fastidio y le reprocha que siempre pasa lo mismo. Al final accede pero tiene mala cara en todo momento. Ninguno disfruta de la exposición.

Estos son dos ejemplos cotidianos que se pueden verificar tanto en usted mismo, lector, como en parejas conocidas. A esta altura del texto ya no hace falta aclarar cual ellos representa a una pareja trascendente y a una pareja tormentosa...

Emilio Jorge Atognazza

(Parejas tormentosas)