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ELPAIS.ES

MUSICA CONTRA EL AISLAMIENTO


El músico argentino Martin Saint-Pierre, antiguo maestro rural y compositor percusionista, laureado de la Fundación Yehudi Menuhin en 1986, cuenta una historia del mundo con tambores. Para él, el tambor es un cronista de los sentimientos más arcaicos del ser humano. Pero su principal hazaña es que trabaja desde hace cinco años en el centro médico-pedagógico de Belleville (París) con niños que tienen problemas de aprendizaje. Aplica sus técnicas de musicoterapia a sordomudos y autistas para despertar sus emociones mediante 'sonidos primordiales' con resultados sorprendentes.

El director de este centro, Michel Gendre, afirma que 'el método elaborado por Saint-Pierre está particularmente adaptado para desarrollar ciertas capacidades en los niños con problemas de lenguaje y de comprensión'.

El músico habla de rascar, golpear o acariciar la piel del tambor como posibilidades de recuperar reminiscencias en la memoria provocando estímulos internos gracias a ciertos 'efectos' musicales. Después de numerosos viajes por el mundo en misiones relacionadas con su particular terapia musical de tambor, desde hace cinco años decidió trabajar en París en varios talleres destinados a niños discapacitados, sordomudos y autistas.

Su método, a la vez pedagógico y artístico, ha conseguido una gran reputación en los centros escolares y clínicos de rehabilitación. Por encargo del Gobierno francés, una vez dio un concierto ante 2.000 sordomudos. 'Aparentemente, se trataba de algo absurdo; sin embargo, no lo era', afirma. 'Los sordomudos, en el caso del tambor, pueden percibir el sonido por medio de las vibraciones que les llegan a través de los huesos y el bajo vientre'.

Para la pedagoga Anne Vaulont, responsable de grupos autistas reacios a la comunicación verbal en el colegio Saint-Michel de Picpus, 'la música es un modo de expresión primordial en la historia de la humanidad. Tiene un papel de mediador, transmisor de mensajes'.

Científicamente está probado que un universo sonoro baña al individuo antes de su nacimiento. El bebé escucha antes de ver. Según el psicoanalista Didier Anzieu, 'el espacio sonoro es nuestro primer espacio psíquico', sin duda, un lugar privilegiado entre el interior y el exterior del cuerpo, entre sí mismo y los otros.

La experiencia de Saint Pierre, explica otra educadora del centro, 'le aporta al niño elementos para construir su identidad, progresivamente, hacia la socialización, al abandonarse a sensaciones distintas, agradables, a reírse, a moverse'.

Para el músico, 'la percusión provoca en ciertos niños discapacitados una reacción positiva, una posibilidad ínfima, pero real, de integrar su historia personal a su entorno'. La pulsación vital del sonido puede enseñarles a captar su diferencia y compartir su destino con los demás obteniendo un poco de felicidad o de placer. 'El juego con los instrumentos, -añade-, la diversidad de timbres y sonoridades, permite la emergencia de intercambios, la reproducción de ritmos en función de las capacidades de cada uno'.

El sonido del tambor 'imita' la vida y, por eso, Martin Saint-Pierre ha pasado muchas horas en servicios de cardiología grabando los sonidos de corazones sanos o con alguna lesión. 'Cada cultura acomoda su ritmo a sus propios ritmos cardiacos -subraya-. El ritmo del Altiplano no es el mismo que el de la sabana africana'.

Este músico terapeuta opina que se debe explorar el campo perceptivo de la comunicación y de la emoción compartida, sentida por todos sin necesidad de hablar; y renovar el contacto con el mundo gracias a la música, agregando elementos que recuerden globalmente el pasado de nuestra memoria genética.

Saint-Pierre es un hombre múltiple. Nació en la pampa argentina, descendiente de la emigración vasca que afluyó en 1870 a Buenos Aires. 'Desde chiquito tuve una necesidad imperiosa de oír los sonidos y ruidos de la naturaleza y, a los 15 años, vi en una revista brasileña un tipo negro con un tambor, y quise ser como él', recuerda. Punto de partida de un experimento que se prolonga 45 años después.

 

La respuesta al sonido

Cada viernes, Martin Saint-Pierre trabaja en el Comité de Estudios y Curas de París con niños sordomudos y autistas, a quienes aplica sus sesiones musicales. Sus consejos son sencillos: revalorizar una cultura de origen; nombrar, personalizar canciones y nombrar con cantos o sonidos la historicidad del enfermo. Identificar todo un trabajo nominal. Que el discapacitado deje de ser una planta. Jugar con la connotación sonora del nombre, crear una fertilidad de sonidos con mezclas entre graves y agudos inspirando tonos intermedios. La prodigiosa capacidad de invención de esta terapia produce a veces milagros. Martin Saint-Pierre le canta a cada niño una canción que lleva su nombre. Las reacciones de las personas sordomudas o autistas frente a la música raramente son neutras, y es observable en ellos una gran sensibilidad hacia estas actividades. 'Los niños tienen dificultad para verse como sujetos', dice Dominique Capdeville, psicólogo del Comité, 'y con el tambor se sienten interpelados, hallan el medio de responder, de manifestarse con un grito, una posición, una modificación del comportamiento'. Saint Pierre: 'Percutir, golpear, escuchar, provocar y, sobre todo, arrancar respuestas verbales o gestuales que den a nuestros actos el peso de nuestro propio cuerpo'.