LOS CELOS ¿MATAN O ALIMENTAN?
El eterno humano chapotea entre fantasía y razón en las turbulentas aguas de
las pasiones, allí donde la seguridad en el otro es el mejor blindaje frente a
los celos. El problema comienza cuando un excesivo sentido de la seguridad le
incita a la posesión del otro. Es el comienzo del fin.
Toda relación hunde sus raíces en el tumultuoso mundo de las pasiones y nos
lanza a una aventura emocional de cuyo desarrollo no siempre somos dueños. Los
celos serían uno de esos mil rostros que adopta el amor sin nuestro
consentimiento. Cupido agudiza el sentido de la posesión y nos dejamos invadir
por un sentimiento de codicia hacia el ser querido en la creencia de que nos
pertenece en cuerpo y alma. En las empresas del corazón no queremos a nadie por
socio, y gozar del otro en régimen de exclusividad se convierte en el
privilegio pactado de un egoísmo consentido.
Frente a los caprichos de la Fortuna, el miedo a perder al amado en brazos de
un tercero se cuela por las fisuras de nuestra autoestima y se proyecta sobre el pasado, el presente y el
futuro. Alimentar este temor lleva a contemplar al resto de los mortales como
posibles rivales y a entrar en una espiral de competencia. Al calor de lo que
se vive como una traición u ofensa larvada acuden en cortejo la inquietud, la
sospecha y la desconfianza.
Dentro de un orden, los celos forman parte de un juego de halagos mutuos; nos
enorgullece despertar ese sentimiento en el ser querido, a quien devolvemos el
cumplido con las mismas; pero resulta peligroso emplearlos como estrategia para
estimular el interés del otro. Con eso de que la confianza mitiga el deseo y el temor aviva sus llamas, en ocasiones exploramos
nuestra capacidad de conquista para que la alarma se dispare. ¡Ojo, esta
táctica puede volverse en contra y desencadenar consecuencias no deseadas!.
Los celos fundados o infundados acechan a cualquiera, pero no todo el mundo
sabe dosificar su efervescencia. Un temperamento apasionado no concibe el amor
sin ellos y sucumbe a su embrujo de una forma visceral, mientras que los de
talante frío invocan a la razón para no caer en lo que consideran una bajeza.
La seguridad que nos inspira la relación que tenemos entre manos también influye
a la hora de alentarlos o desecharlos.
Como pájaro de mal agüero, la suspicacia anida en el corazón celoso; con sus
radares siempre alerta capta el mínimo detalle y su mente calenturienta pone el
resto. En su afán por dar crédito a todo lo peor, adopta el papel de policía y
mantiene a su pareja bajo sospecha permanente. La vehemencia de esta pasión conduce a los celos patológicos, una enfermedad
obsesiva que destruye todo entendimiento amoroso. Recuerde que aunque en
pequeñas dosis pueden ser afrodisíacos,
abusar de ellos resulta letal para el amor.