LA SEDUCCION
Es el termómetro que mejor refleja el estado de
ánimo. Sigue siendo más que un juego, alberga las claves lúdicas: intriga,
diversión, premio. Conoce bien sus reglas.
Seducción. Palabra que genera innumerables preguntas
cuyas repuestas no siempre son fáciles. "Atraer, fascinar, ejercer sobre
alguien una gran influencia o atractivo, incitar a alguien con promesas o
engaños a que haga alguna cosa; particularmente inducir una persona a otra a
tener relaciones sexuales". Esta definición es el frío esqueleto de una
realidad mucho más compleja y excitante.
La seducción ha sido siempre un tema muy atractivo
para todo tipo de artistas. Al margen de los seductores conocidos, ya sean
reales —Casanova— o ficticios —Don Juan—, quizás Las amistades peligrosas,
novela de Choderlos de Laclos llevada al cine con el mismo título, sea la obra
que cuenta con más claridad los apasionantes mecanismos que entrelazan la
seducción y el sexo. Si una mujer, o un hombre, es seducido/a, la temperatura
de esa relación funcionará al rojo vivo.¿Por qué hacerlo? El deseo sexual para
ser satisfecho requiere, como primer paso, un acercamiento a la persona
deseada. Mostrar disponibilidad y entrar en el juego del cortejo con el
propósito último de llegar hasta el final no es tarea fácil. Ahí es donde la
seducción se convierte en una práctica necesaria para lograr nuestros
objetivos. Podemos incluso decir, con toda claridad, que el seductor, o la
seductora, lo que desea, aunque lo enmascare de otra manera, es encontrar,
entre otras cosas, un compañero/a sexual. El sexo es divertido, misterioso y
fundamental en una relación amorosa. La seducción es el preámbulo obligatorio
de lo que nos suceda después. Llevar esta fase a buen término resulta clave
para alcanzar el éxito deseado.
Cómo actuar. Ya hemos dicho que el arte de la
seducción es tan complejo como apasionante. No todas las personas responden del
mismo modo a la experiencia de la seducción. El seductor nato, por ejemplo,
siente una especial predilección por cazar al ser a quien desea, sin que le
importe demasiado lo que pueda ocurrir luego. Este tipo de personaje suele
estar siempre dispuesto y muy seguro de sí mismo, lo cual le facilita
enormemente las cosas. Para una persona sin estas cualidades, el intentar
atraer a alguien resulta mucho más difícil, aunque si quiere conseguirlo deberá
seguir unas pautas, siendo fundamental que crean en ellas mismas. Luego, deberá
tener paciencia y saber decir y hacer lo adecuado en cada momento, sin perder
la calma, eligiendo un buen tema de conversación y lanzando mensajes corporales
que evidencien su disposición y gusto por la otra persona. Existen preámbulos
más rápidos y otros más lentos, sin que ni lo uno ni lo otro quiera decir que
la relación que se establezca sea mejor o peor.
Cosa de dos. Cuando consideremos que el juego de la
seducción ya ha comenzado, resulta importante manifestar parte de nuestros
sentimientos y emociones al otro. Conseguiremos así demostrar que tenemos un
equilibrio psicológico sano y maduro, lo que nos va a ayudar como telón de
fondo para, luego, abordar otro tipo de comentarios. El hecho de que notemos
que una persona está disponible, no quiere decir que la hayamos seducido. De
ahí que, para que la cosa funcione conviene estar muy atentos a la evolución
del proceso, interpretando correctamente el rechazo o la aceptación que produce
nuestro comportamiento.
Hablar de sexo. La idea del sexo hay que irla
colocando gradualmente, como algo normal, pero estando atentos a la reacción
que nuestras palabras producen en el otro. Si todo va bien, las piezas irán
encajando hasta componer un mosaico donde la sinceridad y la fluidez de la
situación sean idóneas para alcanzar nuestros propósitos. En este punto,
conviene advertir que las prisas son malas consejeras. Las mujeres, en general,
valoran mucho más el lenguaje agradable e inteligente que la torpe brusquedad.
El éxito de nuestra misión consiste en que la mujer elegida tenga la impresión
de que todo lo que está ocurriendo es lo que tiene que ocurrir, sencillamente.
El "look" y otros secretos. La vestimenta
juega, y ha jugado siempre, un papel añadido e importante en el arte de la
seducción. Cada época ha sabido transmitir, a través de la moda, una manera de
sentir, expresarse y vivir. En nuestros días, el desenfado y la variedad
rivalizan con prendas más clásicas según el gusto de quien las lleva. En esto
del vestir, lo aconsejable es saber ponernos aquello que se ajuste a nuestra
personalidad.
Lo mismo ocurre con el look en general: se trata de
una prolongación de nuestra personalidad. Hay mujeres que gustan de realzar su
sexualidad con ropa confeccionada para marcar sus formas, mientras otras
prefieren ser admiradas, o comprendidas, por su discreción, eligiendo prendas
más deportivas o, simplemente, desenfadadas. Estas mujeres anteponen el
conjunto de su carácter a lo puramente sexual, lo cual no quiere decir, en lo
absoluto, que no tengan interés por el sexo.
Las colonias, los perfumes y el olor que desprende
una persona, ejercen una atracción, o rechazo, significativo en una relación
que comienza. También el maquillaje, o su ausencia, así como el color del
carmín de los labios de las mujeres y el color de las uñas. La suma de todos
los detalles nos puede dar una idea bastante exacta de quién tenemos enfrente.
El lenguaje del cuerpo. La opinión más generalizada entre los psicólogos es que
lo más importante de la comunicación entre humanos no es verbal. Todos los
gestos que realizamos, desde la manera de sentarnos hasta la forma de coger un
cigarrillo, transmiten a los demás una serie de mensajes que, aunque sean
inconscientes, dan una idea clara de nuestra personalidad. Estos mensajes
crecen, a pesar nuestro, cuando estamos cerca de alguien por quien nos sentimos
atraídos. Muchas veces, en vez de exteriorizar los sentimientos, procuramos
ocultarlos, consiguiendo con frecuencia un resultado distinto al que
pretendíamos.
La gama de posturas o movimientos que realizamos a
lo largo del día es tan variada que puede abarcar desde expresar una
negatividad evidente cuando estamos distantes, hasta transmitir a la persona
con la que estamos, una dulce cercanía. Para seducir a alguien, debemos estar
lo más relajados que podamos, de tal manera que el cuerpo se mueva con fluidez,
dando siempre una sensación de naturalidad que despertará el interés de quien
nos observa. La mirada y la boca son claves en el arte de la seducción. Mirar a
una mujer a los ojos de una manera suave, sin violencia, y dirigiéndole una
agradable sonrisa, puede producir en ella un efecto tan contundente que entrará
en una fase donde la aceptación está más que conseguida, facilitándonos todos
los movimientos posteriores. Si conseguimos que se sienta cómoda en nuestra
compañía, tendremos mucho ganado. Cuando él y ella se miran largo tiempo a los
ojos, es que el deseo se ha encendido. Por lo demás, insistimos en que, incluso
a la hora de desnudarse, los movimientos han de ser seguros pero sin el menor
síntoma de violencia. Ser naturales es la mejor forma de alcanzar el éxito en
nuestra relación.
Ponerlo difícil. Es una táctica que suele dar
excelentes resultados. Si a la vez que flirteamos con la persona que queremos
seducir, le mostramos —con gestos, sugerencias— que también estamos disponibles
para otros, añadiremos a la excitación que ya tiene una gran tensión que
aumenta el interés por aquel que piensan que les quiere seducir. Este
comportamiento ambiguo resulta muy atractivo aunque tiene un límite en el
tiempo: la persona que termina pareciendo inaccesible es tan poco deseada como
aquella que sugiere una fácil disponibilidad.Muchas veces, esta manera de
comportarse tiene una base totalmente psicológica. Se trata de eludir el miedo
a ser rechazado, utilizando este juego no como una maniobra propia de un
seductor, sino como una necesidad que delataría nuestras carencias, al no ser
capaces de reaccionar con la debida rapidez a las señales que la otra persona
nos está enviando.
Las mujeres que practican este modelo de seducción suelen darse cuenta
rápidamente de cual es el papel a desempeñar: se harán las difíciles, pero
siempre guardando un hueco a la accesibilidad.
El seductor universal. Su mayor cualidad es, en
apariencia, mostrarse siempre amable y cercano aunque, a veces, no está exento
de expresarse con cierta ironía. Su manera de vestir, de ser, pasa
desapercibida. Transmite una sensación de haberse integrado en el cosmos cuando
todavía no estaba inventado, y eso le proporciona un aura enigmática que
constituye su principal magnetismo. Siempre estará atento a cuanto opinan los
demás, interviniendo, a veces, en las conversaciones con una mezcla de
comprensión y distancia, como si las cosas no fueran demasiado con él.
A la hora de mostrar proximidad, su actividad
resulta lo suficientemente prudente como que cualquiera quiera saber cuáles son
los resortes que le mueven a comportarse con esa fuerza misteriosa, capaz de
irradiar, en igual medida, ternura e inteligencia. Se habla de él con cariño,
respeto y mucha admiración.
La que da pena. La mujer que juega a sentirse
desprotegida y necesitada de ternura suele tener un gran atractivo entre los
hombres que, inmediatamente, se prestan a realizarse como machos protectores.
Estas mujeres suelen ser tan falsas como peligrosas. Mostrarán la misma actitud
con cualquier hombre y, además, ensalzarán su ego hasta encontrar la ocasión de
hundirlo con la misma pasión que lo alzaron. Son mujeres tremendamente
inseguras e imprevisibles. El hombre que les da cobijo corre el peligro de
engancharse en una dinámica en la que no diferenciará la verdad de la mentira,
la sumisión del capricho irracional. Además, se caracterizan por no ser nunca
conscientes del daño que pueden hacer.
Peligros. Aunque éstos forman parte de los
atractivos, más intensos que tiene la seducción, a veces nos pueden jugar una
mala pasada. Cuando el seductor/a tiene una relación con una persona y no puede
reprimir el deseo de seducir a otra, suele acabar teniendo problemas. Este tipo
de seductor irreprimible ejerce sobre su pareja habitual una atracción que, con
frecuencia, alcanza lo enfermizo, hasta convertirse muchas veces en algo más
que ver con el poder de dominar al otro que con la seducción que algún día
cautivó a la persona que termina con la convicción de estar siendo engañada.
Cuando nos va bien con alguien no es en absoluto recomendable encomendarse a
nuevas conquistas. No es lo mismo que en una pareja haya un punto de misterio
capaz de incentivar el amor, que convertir la relación en un infierno donde la
sospecha del engaño está presente cada día.
Psicopatías. Ciertas personas viven la seducción
como una ficción en la que, generalmente, el seductor es otro. Se entregan con
tal pasión a este devaneo que hablarán de las conquistas del otro como si
fueran suyas, enriqueciéndolas, llegado el caso, hasta convertirlas en algo tan
difícil de creer para los otros como para él mismo. Estos personajes llegan
fácilmente a un estado esquizoide que, al final, deriva en paranoia. Lo que
contado a otros les resulta increíble y hasta estupendo, se vuelve contra
ellos, produciéndoles una insoportable ansiedad que termina con graves
perturbaciones sexuales.
Otra psicopatía, demasiado frecuente, afecta a los
seductores que se resisten a envejecer con naturalidad. Se comportarán como
seres fuera de lugar, haciendo muchas veces el ridículo, sin entender que el
seductor no tiene edad, ni físico envidiable, y sí una sólida personalidad.