El ego confunde a las cosas con su juicio, la Inocencia las aclara;

El ego cree que las cosas son como el piensa que son.

Es más, el ego cree que las palabras son las cosas.

El ego no vive, interpreta.

Es una constante actuación que nunca alcanza la realidad en tanto la Inocencia trata a todos por igual...

Por eso está más cerca de la felicidad, de la riqueza, de la tranquilidad.

La Inocencia ve todo con asombro; por eso nos lleva de fiesta en fiesta.

La Inocencia cree lo que es una bienaventuranza;

La Inocencia es excitante porque ve todo por primera vez. Para ella el mundo está lleno de novedades.

Para la Inocencia todo es un espejo porque en la Inocencia tomamos conciencia de que somos parte de Dios, es decir, el que se ve a sí mismo en todas las cosas...

El Inocente se divierte fácilmente porque todo le llama la atención: una vaca pastando, el tronco de un viejo árbol, las mariposas negras sobre

los trigales dorados, el colibrí detenido en el aire, el panadero sacando el pan del horno, la noche estrellada, la lluvia del invierno, los leños ardiendo en el hogar, los papeles de Matisse, las caravanas de las hormigas y las de lo beduinos, el sermón del domingo en la mañana y el fútbol del domingo en la tarde...

El ego le pone nombre a las cosas pero el inocente las ve;

el ego las juzga, el inocente las vive;

el ego divide, la inocencia armoniza diferencias;

el ego depende de la mente, el inocente del corazón;

el ego es viejo porque depende de la memoria pero el inocente está naciendo a cada instante...

El ego nos agota porque siempre lucha, el inocente flota graciosamente porque siempre se entrega.

El ego se aburre porque no puede dejar de buscar. El inocente va de asombro en asombro porque siempre encuentra y puede quedarse por la eternidad gozando el mismo caballo o la misma flor, o la misma estrella, porque el inocente está tan entregado a la vida que cambia como ella constantemente.

Por eso lo mismo nunca es lo mismo; por eso la Inocencia es fresca para siempre.

 

Facundo Cabral