Hormigas,
esas gigantes
Diciembre 23 de 2001
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En el Talmud las
hormigas son símbolo de honestidad. Para el budismo representan lo irrisorio del
afán materialista. En Costa de Marfil, una mujer a la que muerda una hormiga
dará a luz un niño con cabeza de hormiga. Los polinesios las consideran
minidivinidades.
Por Julio César Londoño,
especial para GACETA
Como tantos, también he
sucumbido a la fascinación que despiertan las hormigas. Les he seguido la pista
por años en libros y bosques, y descubierto muchas cosas. He sabido, por
ejemplo, que hay un momento en que las hembras saben, de alguna manera, que
deben abandonar el hormiguero y salen por primera vez en su vida al mundo
exterior.
Dos fuertes estímulos
las sorprenden entonces: una cosa cálida y brillante, el sol, y una brisa
afrodisiaca, las ráfagas de feromonas que están lanzando en ese momento miles
de machos ansiosos. (Quizá sean los efluvios de esta perturbadora fragancia la
fuerza que incita a las hembras a abandonar el hormiguero).
Inquietas, ligeras por
esa brisa hechizada, miles de vírgenes alzan el vuelo... pero casi todas
terminan en el buche de gorriones, mirlos, palomas, pinzones, golondrinas y
petirrojos, y sólo unas veinte o treinta de cada cien logra atravesar esa
barrera de picos y plumas.
Tras ellas alza el
vuelo un enjambre de machos que supera sin mayores contratiempos la barrera.
(Parece que la carne de macho no es muy apetecida por los pájaros). Al verlos,
las hembras (ariscas en todas las especies) aprietan el paso. Sólo los machos
más fuertes pueden seguirlas, alcanzarlas y montarlas.
Frenéticas por los
pinchazos de los dardos de los machos, las hembras inventan rizos y cabriolas y
se lanzan en picadas de vértigo. Esta combinación de sexo y velocidad es
demasiado para el corazón de los machos, que se infartan inmediatamente después
de la eyaculación y se precipitan a tierra en caída libre y fatal. (Este triste
destino del macho se repite en muchas especies de insectos, que es la clase de
las hembras -o de las viudas, para ser precisos- y en la cual los machos sólo
tienen un rol episódico).
Después de que el
primer galán cae a tierra, la hembra recibe otros machos que llenarán su
espermateca con gametos frescos y dejarán en su vientre millones de células
sexuales macho que le permitirán desovar a diario durante quince años.
Exhaustas y
despelucadas, las hembras aterrizan luego de unas 20 cópulas. Ya no son princesas,
son reinas, pero aún no están a salvo. En tierra las esperan salamandras,
lombrices, erizos, gallinas y, sobre todo, el invisible lengüetazo de los
batracios, más rápido que la vista. De cada 300 hembras que emprenden el vuelo
nupcial, unas 20 logran sobrevivir, encontrar un sitio seguro para desovar y
fundar su propia ciudad.
El solarium
Las salas de incubación
se orientan siempre de Sur a Norte, de manera que reciban la mayor cantidad
posible de sol. Están cubiertas con chamizas pegadas con una resina
transparente que deja pasar la luz y las protege del agua. Las nodrizas apilan
los huevos en montones y los montones en hileras. Las obreras fabrican
'radiadores' con humus y madera negra para que la sala esté siempre caliente
aunque el exterior esté frío.
En la azotea hay
artilleras apostadas en previsión de las incursiones aéreas del pájaro
carpintero -un 'gourmet' de los huevos de hormiga-. Estas artilleras disparan
sobre los intrusos chorros de ácido fórmico, una sustancia muy corrosiva, que pueden
tener un alcance vertical de 50 centímetros.
Dentro, la actividad es
incesante. Cuando hay sombras sobre el solarium, las nodrizas buscan 'pozos' de
luz y desplazan hasta allí las pilas de huevos. 'Calor húmedo para los huevos,
calor seco para los capullos', es su lema.
Al cabo de un tiempo
que varía entre una y siete semanas dependiendo de las condiciones
meteorológicas, los huevos crecen y se transforman en unas larvas cubiertas por
una pelusa dorada que deja ver los diez segmentos corporales, que empiezan a
marcarse. Como los huevos y las larvas son muy frágiles, las nodrizas los lamen
permanentemente para mantenerlos empapados con su saliva, que es aséptica.
Al cabo de tres semanas
las larvas se envuelven en un capullo amarillo y entran en letargia: ya son
ninfas.
Estas momias son
llevadas a una sala vecina que ha sido previamente forrada en arena para
absorber la humedad. ('Calor húmedo para los huevos, calor seco para los
capullos'). Durante esta fase todo cambia; o se afina: sistema nervioso,
aparatos digestivo y respiratorio, órganos sensoriales, caparazón.
Los capullos maduros
son llevados a otra sala donde unas nodrizas especializadas los destejen
cuidadosamente y sacan una pata, una antena... hasta liberar una hormiga
blanca. Su caparazón es blando y transparente, como su sangre. Con los días se
pondrá duro y negro, o rojo. La alimentación de los bebés se hace por
regurgitación, una operación que es muy placentera para las nodrizas y los
bebés: éstos reciben soluciones azucaradas directamente de la boca de su
nodriza, y ésta se ve recompensada por las cosquillas de las antenas de los
bebés, que es la forma como ellos estimulan la regurgitación de las nodrizas.
Cerebro, visión y
lenguajes
Tienen tres cerebros
que pueden trabajar en paralelo, es decir, pensando cada uno por su lado, como
hacen los grandes ordenadores, ingenios compuestos por decenas de computadores
personales que pueden procesar datos de manera vertical -esto es, de forma
independiente- o compartir información entre ellos horizontalmente.
Con los millares de
facetas de sus ojos, la hormiga obtiene una imagen reticular del mundo
exterior. La definición no es muy buena y le cuesta percibir los detalles. En
compensación, puede apreciar objetos distantes y desplazamientos muy pequeños.
El de la manecilla horaria, por ejemplo. Las hormigas sexuadas (machos y
reinas) tienen cinco ojos rojos: dos corrientes para captar la radiación
visible (lo que vemos los humanos) y tres ocelos infrarrojos que están situados
en forma de triángulo en la frente y les permiten ver en la más completa
oscuridad.
Aunque perciben algunos
sonidos gracias a unos tímpanos rudimentarios situados en las patas, su sentido
estrella es el olfato. El mundo de la hormiga es un mundo de olores y hasta su
lenguaje es básicamente odorífero. Casi todas las comunicaciones de la colonia:
órdenes, alarmas, apareamiento, coordinación de tareas, orgías, desafíos,
galanteo, etcétera, se transmiten por medio de secreciones de feromonas.
Por esto mismo las
sensaciones son colectivas. Si una hormiga se angustia o se excita, todo el
hormiguero experimentará la misma sensación de manera automática. No obstante,
un guerrero fuerte puede tranquilizarlas emitiendo una fragancia sedante, que
controlará la histeria.
Cuando requieren
precisión, el lenguaje preferido es el táctil y se produce por medio de algunos
de los once segmentos de sus antenas: en los cuatro primeros segmentos,
contados a partir de la cabeza, está el 'código de barras' de cada hormiga:
edad, casta, especie y número de puesta (el orden en que fue puesto el huevo
que le dio origen).
Cuando una hormiga
quiere saber los datos personales de alguna desconocida, frota con los tres
últimos segmentos de sus antenas, que sirven también de maza, los cuatro primeros
segmentos de la desconocida.
El quinto segmento
percibe las moléculas de las pistas, la sustancia química con que marcan las
rutas, señalan peligros, indican despensas, etcétera. Rozándose mutuamente los
sextos segmentos, establecen diálogos sencillos; con el séptimo, diálogos
sexuales; a la madre se le habla con el octavo; el 9º, 10º y 11º sirven, como
ya se dijo, de arma de guerra.
¿República de reflejos?
No se las ha visto sembrar
pero sí desmalezar, cosechar y almacenar. Los cereales y las gramíneas son sus
vegetales favoritos. Para combatir la maleza utilizan un herbicida de su propia
invención, el ácido indolacético, atomizado sobre los cultivos con una glándula
abdominal.
Y claro, también son
ganaderas: crían en amplios y aseados establos sus propias vacas lecheras. Se
trata de los pulgones, unos insectos hemípteros de un milímetro de longitud
cuyas deyecciones azucaradas son muy apetecidas por las hormigas. A cambio de
esta melaza, las hormigas les brindan protección contra los muchos depredadores
que los atacan. A los pulgones machos les son arrancadas las alas, por si acaso
(las hembras carecen de ellas).
El 'ordeño' se hace con
las persuasivas maneras del hormiguero: las hormigas les hacen cosquillas a los
pulgones con sus antenas, y ellos se deshacen en melaza.
¿Cómo han logrado esos
pites tanta armonía social? ¿Es el hormiguero una república de reflejos? ¿Una
anarquía civilizada? ¿Obran por inteligencia previa o por concierto espontáneo?
¿Han descubierto la fórmula social perfecta? ¿Es el amor su clave? ¿Será cada
hormiga, como sospechan algunos, una célula de ese organismo llamado
hormiguero? ¿Son tan dichosas como parecen o se trata sólo de un infierno bien
aceitado, un mundo 'feliz' como el de Aldous Huxley?
Los entomólogos tienen
una explicación más prosaica, como era de esperarse. Toda la 'armonía' del
hormiguero, sostienen, no es más que el resultado de dos defectos de diseño
garrafales.
El primer defecto en el
diseño de las hormigas estriba en que no tienen dientes. Aunque sus potentes
mandíbulas les permiten sujetar, horadar, partir, decapitar y despedazar al
enemigo, no pueden masticar con ellas ni, por tanto, comer alimentos sólidos.
Lo que la hormiga come va a parar, entero, a un estómago falso, o 'buche
social' como lo llaman los mirmecólogos. Allí, las encimas lo digieren y lo
transforman en soluciones, que es lo único que ellas pueden digerir.
Pero, y aquí viene el
segundo defecto, este buche no está conectado con el resto del cuerpo, de
manera que la solución no puede pasar al organismo y ser aprovechada en las
funciones fisiológicas. Aunque tenga el buche lleno, una hormiga puede morir de
inanición. ¿Qué hace entonces? Buscar una compañera que tenga también repleto
el buche y, acariciándole la barriga y las antenas, provocar la apertura de
unas válvulas que permiten la salida de la preciada solución. Luego
intercambian los papeles, y la hormiga ahíta alimentará a la hambrienta.
Por esto es que si una
hormiga encuentra una montaña de azúcar, no puede sentarse a comérsela como
cualquier chiquilla glotona sino que va y avisa a sus compañeras; estas vienen,
llenan su buche social, acarrean al hormiguero el excedente en juiciosas filas
y una vez allí se entregan a la orgía de caricias, regurgitaciones y succiones
que marcan la cotidianidad del hormiguero. (Cuando las hormigas encuentran
soluciones azucaradas listas -un pocito de gaseosa o naranjada- ¡adiós orden,
solidaridad, acarreo y aprovisionamiento! Allí mismo se ponen a chupar en
círculo goloso. Si el pozo es muy pequeño, una gotita digamos, puede haber
bronca por la disputa).
De modo que para comer
se necesitan por lo menos dos, y este es el secreto de la famosa fraternidad de
las hormigas. Es una buena explicación, sin duda. Antirromántica pero
plausible.
Es probable también que
el buche social sea una estratagema de Dios en su búsqueda de un animal
verdaderamente superior, la criatura digna de coronar el pórtico de la
Creación. Es probable que al final del día sexto Él no estuviese muy seguro de
cuál era su mejor criatura, y haya decidido apostarles a tres; afinar sus
mecanismos.
Al hombre, todo ego, le
tocó la cabeza; a la hormiga, laboriosa y humilde pero seguro glotona en esos
días, le tocó el abdomen; al delfín, quizá su favorito, lo libró de afanes y
ambiciones, lo hizo manso y risueño. De los dos últimos, la hormiga y el
delfín, se sabe que no nos defraudarán pero tampoco esperamos de ellos grandes
sorpresas. Su 'software', digámoslo así, no es flexible. El hombre oscila de
manera dramática entre la genialidad y la infamia, pero tiene una ventaja: sabe
halagar al Creador. G