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Los gorilas viven en una zona empinada y rodeados de una densa vegetación en el Parque Nacional de Kinigi. Es imposible no sentirme conectada a la naturaleza, ya que muchas veces tengo que ir agarrándome a cualquier rama o planta que la misma naturaleza me proporciona para ayudarme en la ascensión. Cuando aparece la familia ante mis ojos, me siento más viva que nunca. Todo mi YO, me obliga a vivir nada más que el presente, pasando por una infinidad de sentimientos: Ternura, al ver a las hembras como juegan, acarician y protegen a sus crías desde ese pasotismo instintivo sabiendo que los que estamos allí no les vamos hacer daño. Alegría, cuando veo a las crías que se acercan e intentan tocarme. Felicidad, cuando un gorilita se pone en pie y empieza a golpearse el pecho como le habrá visto muchas veces hacer a su padre. Respeto y admiración, cuando pasa muy cerca de mí el gorila de espalda plateada y puedo apreciar su gran fortaleza. Hay instantes en que la penetrante mirada del gorila  se clava en la mía y noto como la adrenalina me recorre todo el cuerpo.  Siento una gran gratitud por que la familia de gorilas me está permitiendo invadir su territorio.

He ido muchas veces a África y seguro que seguiré yendo, ya que cada vez que voy, es como regresar a mi casa.

Mª José