La Ansiedad y el
Estrés: El Malestar de Nuestra Cultura
"Cuando una
habitación está densa, lo que hay que hacer es airearla"
Nuestros ancestros
que poblaron el planeta miles de años antes que
nosotros, tenían que
enfrentarse a un medio bastante hostil para poder
sobrevivir. Tenían
que cazar, por ejemplo mamuts y tenían que evitar ser
cazados por
depredadores, por ejemplo, el tigre dientes de sable. Sus
reacciones más
frecuentes frente a la dificultad de su medio era la
respuesta
"huye o pelea". Su sistema Nervioso, su cerebro estaba diseñado
para adpatarse y
modificar su hábitat.
En los últimos
16.000 años nuestro hábitat a cambiado drásticamente. Y solo
en los últimos cien
años, nuestro medio a variado muchísimo más que en la
historia y
prehistoria de la humanidad. Por ejemplo, piense en una persona
que tiene 95 años.
A los diez años su mundo era el carruaje, era recorrer
distancias en mucho
tiempo, las noticias de un lugar lejano al suyo
llegaban semanas o
meses después de lo ocurrido, etc. En la actualidad este
anciano a visto la
llegada a la luna, a Marte, los aviones supersónicos, la
televisión, la
comunicación vía satélite, etc. Pero nuestro cerebro no ha
variado en absoluto
desde aquello remotos tiempos ancestrales. Esto tiene
una fuerte
implicación: hemos construido un mundo más complejo que el que
nuestro propio
sistema mental, emocional, nervioso y físico, puede asimilar.
Nuestro sistema
nervioso, el cerebro, no ha variado en estos 16.000 años.
Seguimos teniendo
regiones altamente emocionales que nos hacen reaccionar
desde el "huye
o pelea". Pero ya no existen ni Mamuts, ni tigres dientes de
sable. No
dependemos de la caza, ni tenemos que luchar contra depredadores.
Nuestra
supervivencia rara vez peligra en la sociedad de comodidad que
hemos construido.
Nuestro cerebro se
encuentra frente a una paradoja: su diseño (útil para un
medio hostil) se
encuentra en un medio cómodo pero a años luz en
complejidad. El
tráfico de las grandes ciudades, el pagar letras y
facturas, el
comprar los juguetes que aparecen en la televisión para
nuestros hijos, la
necesidad de una vivienda, las compras en grandes
almacenes
despersonalizados, el curar nuestras enfermedades en un sistema
hospitalario deshumanizado,
el ver por las calles millones de caras
desconocidas, etc.
son algunos de los riesgos con los que solemos batallar.
Ninguno de estos se
parece ni remotamente a los afilados colmillos, ni a la
desgarradora fuerza
de un tigre. Pero nuestro cerebro tiene la función de
reaccionar según su
diseño. La alternativa es, como miedo evidente no
existe, hay que
construir nuevos miedos, e inseguridades.
La Ansiedad o el
Estrés es la reacción actualizada de la respuesta "huye o
pelea". Esto
tiene un grave problema. Por ejemplo, piense en una situación
límite (de las
pocas e infrecuentes que todavía existen) que implique
riesgo de
supervivencia. Piense en un accidente, un desastre natural,
enfrentarse a un
robo a mano armada, alguna pelea callejera, o a un toro en
un encierro. Lo que
suele suceder en estas situaciones es que se produce
un nivel de miedo
muy alto, pero luego y según el desenlace, lo que se
siente es un
profunda tranquilidad. Del miedo intenso se pasa a una
profunda paz. Si
bien el shock emocional no es positivo, la respuestas de
paz posterior al
shock suelen ser bastantes saludables. Con el estrés, y la
ansiedad, esto no
es así. No tienen picos en intensidad ni hacia el miedo,
ni hacia la
tranquilidad posterior. La ansiedad se parece más al
desagradable sonido
del mosquito en nuestra habitación que no para de sonar
y que erociona poco
a poco nuestra estabilidad, impidiéndonos dormir,
produciendo
enfados, y permanente intranquilidad.
La organización
mundial de la salud (OMS) afirma, según estudios
estadísticos que
entre el 75% y el 90% de la población padece o ha padecido
fuertes crisis de
ansiedad durante su vida. El Profesor Robert Ornstein,
jefe del
departamento de Medicina preventiva de California en colaboración
de muchos
profesionales relacionados con la salud física y mental, describe
a la ansiedad como
LaEnfermedad del Siglo XX y XXI. Las relaciones entren
la ansiedad y una
serie de alteraciones mentales y orgánicas es
contrastable. En
uno de sus libros, "el Cerebro que Cura", describe una
serie de
investigaciones de como esta respuesta inhibe la actuación de
nuestros linfocitos
T (los "tiburones" defensores de nuestro organismo), la
relación entre la
ansiedad prolongada y el infarto de miocardio, las
disfunciones del
sueño (vital para nuestro desenvolvimiento diario), los
problemas de
ingesta tanto de alimentos como de bebidas, las disfunciones
sexuales, la
desensibilización ante los problemas de los demás, la apatía y
depresión, todo
relacionado con la hiperactivación sistemática y continuada
de nuestro sistema
cerebral simpático como producto del estrés y la
ansiedad.
La ansiedad es un
factor de riesgo. Lo peor es que nos solemos habituar a
ese estado sin
darnos cuenta como destruye gradualmente nuestra propia
calidad de vida.
Nuestras relaciones con los demás, nuestro interés por lo
que hacemos
diariamente, y nuestra capacidad de disfrute se ve erocionado
por un agente del
cual tenemos consciencia cuando llega a limites
inaguantables.
Cuando llegamos a estar crisis, cuando no podemos aguantar
más y no sabemos
que es lo que sucede, pensamos que estamos perdiendo la
cabeza, perdemos la
noción de quien somos, nuestra vida empieza a carecer
de sentido y
tenemos que encontrar culpables (hay del ser querido que pase
por nuestra mira
una vez que estamos en crisis).
Como dije antes, en
nuestra sociedad de confort ya no hay depredadores,
pero el miedo a lo
novedoso parecería ser parte de nuestra herencia
genética ofrecida
gratuitamente de generación a generación por quienes
tenían que
minimizar el riesgo por lo desconocido, ya que detrás de
cualquier roca o
árbol, agazapado, podía encontrarse el temido feroz animal
dispuesto a darse
el festín con algún humano distraído. No había tiempo
para
"distracciones", todo representaba cierta tensión y peligro. Ese
lastre evolutivo,
"el miedo por lo desconocido" sigue afectándonos. "Si no
pago el crédito, me
embargarán el piso", "si cambio esta rutina, me
despedirán",
"si no hago tal carrera universitario, no seré nadie en la
vida", etc. Nuestra
mente está inundada de una serie de creencias
anticipadoras que
predicen las terribles consecuencias que tiene el hacer o
dejar de hacer
algo. Nuestras expectativas negativas sobre lo que acontece
y acontecerá son
frutos de la ansiedad, y, a su vez generan más ansiedad.
Huye o pelea, bien,
pero ¿de quién o qué, contra quién o qué?. Al no tener
claro y definido
cual es el objeto del cual escapar o luchar, solo nos
queda inundar
nuestra consciencia de emociones tenues pero gradualmente
ascendentes como lo
es la ansiedad. Ansiedad que desde una perspectiva
fisiológica en sus
niveles altos se traduce en, aceleración de latidos
cardíacos,
hipertensión arterial, aceleración del ritmo respiratorio,
sudoración
frecuente. Y desde una perspectiva psicológica se traduce en
problemas en el
sueño, beber y comer demasiado o dejar de comer,
incapacidad para el
disfrute en la relaciones sexuales, problemas de
concentración y
atención, pérdida de memoria, inseguridad, deterioro en la
comunicación con
los demás, falta de motivación y apatía, emociones
exageradas y, a
veces, fuera de contexto.
Daniel Coleman, en
su Best Seller, "La Inteligencia Emocional", describe
como tenemos un
sistema intuitivo mental-cerebral de reconocimiento de las
situaciones en las
que es más adaptativo sentir una cosa y no otra. Según
nuestro sistema,
sustentado por nuestro hipocampo, en el interior de
nuestro cerebro
límbico (regulador de emociones), sabemos en cuales
circunstancias
sentir amor, odio, ira, agresividad, miedo, etc. Gracias a
esto, no amamos al
ladrón que a punta de pistola viene a por nosotros, ni
sentimos
agresividad por la fragancia de una rosa roja. Pero, esto puede
variar un poco
según nuestra idiosincrasia, y mucho según el nivel de
ansiedad que
tengamos. La ansiedad produce un estado de confusión parecido
al de la
"ceguera emocional". Nos impide reconocer intuitivamente qué
sentir en una
determinada situación. Debido a la ansiedad, es muy posible
que nos veamos
incapacitados de sentir amor por un ser querido mientras
estamos en su
presencia, o incluso nos puede hacer sentir otra cosa, como
agresividad.
La ansiedad es el
malestar de nuestra cultura. Lo psicólogos solemos
enfrentarnos
diariamente a ese mal. Desde la Programación
Neuro-Lingüística,
con la relajación e inducciones hipnóticas, el trato con
animales, las
excursiones campestres terapéuticas, etc, se logra es una
reeducación de todo
el sistema neurológico que se traduce en estados de
consciencia,
pensamientos, estados emocionales, acciones y comportamientos,
y actitudes frente
a la vida, más positivos y enriquecedores. Es debido que
nuestro potente
cerebro tiene un potencial de aprendizaje casi ilimitado,
que es capaz
incluso de aprender a desaprender viejos viejos lastres en
forma patrones
obsoletos que nos causan confusión y malestar. ¿Podemos
llevar una vida
libre de ansiedad y rica en placentero disfrute? ¿Podemos
aprender a
enfrentarnos a los distintos retos que se nos presentan en la
vida de forma
eficaz? ¿Podemos airear nuestra habitación y llenarla de
vitalidad?
La experiencia
personal y profesional nos dice que sí. Estamos todos
invitados a
experiementarlo y aportar una grano de arena para nuestro
bienestar y el de
nuestra cultura.