Amigos espontáneos de los humanos, inteligentes a tal grado que piensan que poseen su propia cultura, y ahora descubiertos como portadores de una energía curativa que ha dado pie al desarrollo de una nueva forma de terapia, los delfines saltan del mar a nuestro Templo del Cuerpo, invitados como sanadores.

Todo empezó hace miles de años, en Grecia, cuando se edifica el oráculo de Delfos consagrado a Apolo, el dios Sol de la serena luz. Los animales consagrados a ese santuario son delfines. En Creta también se pintan frescos con imágenes de estos cetáceos, simbolizando los espíritus femeninos, maternales, del mar. Por un lado, la connotación de la claridad serena de la sabiduría; por el otro, la maternidad del mar, de la mar. Cuenta Homero en La Odisea que Ulises-Odiseo es salvado del mar por dos delfines.

A lo largo de los años varias anécdotas recogen historias de delfines que salvan personas de las aguas: marineros, incluso a niños. ¿De dónde viene esa desinteresada compasión de un mamífero marino no entrenado, no domesticado, por otro mamífero terrestre tan distinto, y que cree ser el rey de la creación? La gente de mar, cuando ve a un delfín, dice que es un buen augurio. Las personas que nadan con delfines narran que esta actividad les hace más felices, les da una calma singular.Los doctores Horace Dobbs y David Nathanson, en Escocia y Florida, respectivamente, comenzaron hace unos 20 años a estudiar el efecto de los delfines en personas con padecimientos emocionales, síndrome de Down y autismo. Cuenta el Dr. Dobbs que en 1974, en las costas de la isla de Man él y su hijo conocieron un delfín que llamaron Donald. El delfín llevó al chico a dar un paseo por todo el puerto, cuidando de mantenerlo fuera del agua, y la emotiva interacción entre ambos cambió la vida del Dr. Dobbs, que cada vez se aficionó más a la natación con los delfines y menos a su laboratorio.

El océano fue a partir de entonces su centro de investigación, y encontró que las personas con depresión crónica o anorexia nerviosa podían salir de su trastorno con la compañía alegre y amistosa de los delfines. ¿A qué se debe este "efecto delfín"? Hasta la fecha se documentan efectos curativos en las personas que tienen contacto con ellos tales como reducción del dolor, cambios químicos en la sangre, y refuerzo para la recuperación en enfermedades crónicas y terminales. Se ha observado por medio de la medición de las ondas cerebrales de los pacientes que éstas cambian en presencia de los delfines hacia una armonización entre los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro, lo que produce un estado de paz y relajación tal como sucede al realizar una meditación.

De hecho, se establece una armonización entre el cerebro de la persona y del delfín, pues estos mamíferos mantienen casi permanentemente una actividad cerebral de frecuencia baja en el denominado nivel alfa, precisamente el nivel de meditación que enseñan diversas escuelas espirituales, lo que nos lleva a recordar la paz que emana de las personas con un alto grado de maestría espiritual. ¿Delfines gurús?

En México ya comienza a dar sus primeros pasos la delfinoterapia. Para los interesados, en el bosque de San Juan de Aragón de la ciudad de México existe un delfinario en donde se da tratamiento a niños con desórdenes del movimiento, síndrome de Down y autismo. Y para saber más sobre delfinoterapia, existe un site hecho con mucho amor a los humanos y a los delfines que recopila una buena cantidad de trabajos: Dolphin facilitated healing articles.

Sea cual sea la explicación de los efectos benéficos de la relación entre el delfín y el hombre encontramos que los griegos no estaban equivocados en su apreciación de los delfines. Y si queda alguna duda, una anécdota: Para proteger los barcos norteamericanos de ataques iraquíes durante la Guerra del Golfo, la Marina de los Estados Unidos llevó delfines entrenados en patrullar alrededor de las naves para descubrir merodeadores, a manera de perros guardianes. Pero la estrategia de defensa falló cuando apareció una manada de delfines árabes; sí, habitantes del Golfo Pérsico. Los delfines norteamericanos decidieron que era mejor hacer nuevas amistades que hacer la guerra, y se fueron a jugar con ellos. Toda una moraleja de sabiduría, ¿no?.