DEL ENAMORAMIENTO AL AMOR: EL JUEGO DE LUCES Y SOMBRAS
La intensidad amorosa no sobrevive a los ronquidos del segundo año de convivencia. El amor va a exigir creatividad.
POR FLORENCE THOMAS*

Es tan fácil enamorarse y tan difícil amar. Es tan fácil enamorarse una noche de luna llena; dejarse seducir por un discurso transgresor en un amanecer de bohemia, por una comida íntima a la luz de una vela, por una discusión política acalorada, por unos brazos que nos encierran en la tibieza de unas sábanas al amanecer, por un beso que nos sabe a eternidad en una fría noche bogotana... Es tan fácil enamorarse y tan difícil amar... Es que la intensidad amorosa que caracteriza el enamoramiento no está hecha para durar sino para hechizarnos, para romper súbitamente la trama de la cotidianidad y provocar una revolución cuya expresión francesa popular, tomber amoureux, traduce a la perfección. En el enamoramiento, el imaginario arcaico toma la delantera y abre la puerta al deseo de fusión que permite esta sensación de intensidad amorosa, de éxtasis que da lugar a la ilusión de poder por fin perderse en el otro.

Pero para bien o para mal, aprendemos demasiado rápidamente que el otro subsiste siempre en su diferencia, hecho que nos ubica frente a la falta, a la carencia; el otro, decía Sartre, representa el límite de mi libertad... Y es entonces cuando puede llegar el amor. Este encuentro mágico de los primeros días, de los primeros meses, no puede durar porque descansa sobre algo incontrolable, algo precario y frágil, ese algo tan difícil de definir que llamamos intensidad amorosa. Y todos, todas, sabemos que la intensidad amorosa no sobrevive a los ronquidos del segundo año de convivencia, a la piyama -esa prenda tan absolutamente antiestética y matapasiones -, a las neurosis de los lunes por la mañana, al llanto nocturno del primer hijo, al lavaplatos lleno de vajillas sucias, al mal genio menstrual y a las cuentas de los servicios que vuelven más regularmente que la misma menstruación...

La intensidad amorosa no se ajusta al matrimonio, teme la institucionalidad, sospecha de toda normatividad, de toda ritualización y finalmente muere de tedio. (Al menos, de saber) A menos de saber hacerle trampa a la muerte, la cotidianidad casi siempre decepciona si la comparamos con el encuentro de los inicios, con la intensidad amorosa de los primeros meses. Y, claro, es difícil aceptar que, después de haber vivido un deseo tan loco, transparente e intenso, uno se instale con el otro, con la otra, en una especie de semideseo. La intensidad amorosa pocas veces cumple sus promesas. Pero el amor está... y el amor, cuando sabemos amansarlo, cuando aprendemos a dialogar con él, a nutrirlo del mundo exterior, puede cumplir sus promesas. Es un ejercicio sumamente difícil pero posible, siempre y cuando uno esté dispuesto a considerar esta mutación del enamoramiento en el amor, no como una degradación sino como un posible enriquecimiento mutuo.

El amor, entonces, va a exigir creatividad para aprender a jugar con los fantasmas que resultan de las historias de cada cual, aceptando con generosidad que ese otro soñado es un otro real y, por consiguiente, diferente. Reconocerse iguales en la diferencia es ya un inicio de crecimiento en este amor que nunca colma ni calma nuestras expectativas de eterna fusión con el otro. Se entiende, entonces, que lo que mata el amor es el mito del amor, es decir esta intensidad amorosa fusional que representa el imaginario por excelencia del amor. Pero el amor no es ningún paraíso perdido; es un juego de sombras y luces, de complicidad e incomprensión, de frustraciones y alegrías, de cansancios y reencuentros de seres complejos y diferentes, que se desean y se hablan, se afrontan y se encuentran sin nunca fusionarse como lo quisiera el mito.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad