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Conferencia
del Dr. CLAUDIO NARANJO |
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Se puede decir que todos los males que se tratan en la terapia comienzan con un problema amoroso; comienzan todos los problemas emocionales por una carencia amorosa en la vida de la persona. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Uno es . . . . . . . . . Más . . . . . . . . . el . . . . . . . . . Algo . . . . . . . . . El . . . . . . . . . . . Y el |
Realizó estudios de Medicina, Música y Filosofía en Chile. Fue profesor de psicología del arte y psiquiatría social. Ejerció como director del Centro de Estudios de Antropología Médica. En Estados Unidos, el Dr. Naranjo fue uno de los integrantes del Instituto Esalen, llegando a ser uno de los sucesores de Fritz Perls. (creador de la terapia Gestalt). Se le considera uno de los pioneros de la Psicología Transpersonal y un integrador de la psicoterapia y la espiritualidad. Fundador del Instituto SAT, una escuela psico-espiritual dedicada principalmente a la formación integral de psicoterapeutas en Europa y América. El programa SAT, aplicado a la educación facilita el factor amoroso en la educación del corazón priorizando el amor por encima de la práctica, la información y los contenidos. Comenzaré,
como Suzy ,celebrando la iniciativa de los organizadores en hacer un
evento sobre este tema del amor y la terapia, porque me parece que
merece ser subrayado. La terapia tiene que ver con muchas cosas, de
modo que se puede hablar de la terapia y esto o la terapia y aquello:
la terapia y la comprensión de sí mismo, la terapia y el dolor,
la terapia y la transferencia, en fin. Pero la relación del asunto
amor y el asunto terapia es más intrínseca. Se puede decir que todos
los males que se tratan en la terapia comienzan con un problema
amoroso; comienzan todos los problemas emocionales por una carencia
amorosa en la vida de la persona. La naturaleza de las neurosis, o
como quiera que se llamen-- ahora que está desapareciendo esta
palabra, tan útil-- todas las perturbaciones emocionales, digamos,
consisten en perturbaciones del amor, problemas del amor. Y la terapia
tiene mucho que ver con el amor en su proceso. No es que baste el
amor-- creo que no basta-- para que haya buena terapia; pero hasta los
psicoanalistas están hoy en día bastante de acuerdo que no es el
insight el asunto más importante en la terapia psicoanalítica (que
ha sido una terapia tan esencialmente orientada al insight a través
de toda su historia), sino que la relación. Y cuando se habla de
relación se quiere decir en forma científica algo que sería poco
científico llamar “amor”; bueno, por lo menos benevolencia. Y el
fin de la terapia es el amor, porque, por lo menos pienso yo, que no
estoy sólo aquí entre los presentes en pensar que la felicidad se
consigue por el amor; si la felicidad es propia de la salud, pasa por
la capacidad amorosa, pasa por el sanar la propia capacidad amorosa. Ahora,
entrando en mi tema específico, de “El buen amor y del otro”,
cualquiera que viva en España o sea español se dará cuenta de que
hay una ahí una implicación, una referencia al Arcipreste de
Hita, el “Libro del Buen Amor”. Pero no comparto su visión de que
sólo el amor a Dios sea bueno. En aquella célebre obra se contrapone
el amor a Dios con el amor carnal. Y la proposición que vengo a hacer
aquí es que ambos son buenos amores, y que son dos partes del buen
amor; que el amor no es una sola cosa. Desde un punto de vista podemos
decir que son muchísimas cosas. Así como una vez Mendelssohn
comentaba, a propósito del lenguaje musical, que no es que sea menos
exacto que el lenguaje verbal, sino que es más específico porque
cada frase musical que expresaba una alegría, expresaba una alegría
algo diferente. Así que los gestos del amor son innumerables. Podríamos
decir que hay gente que ama a través de su capacidad de
aprecio, hay gente que ama a través de su tolerancia, hay gente que
ama a través de la gratitud; son muchas las manifestaciones de la
emoción que tienen que ver con el amor, pero me parece que
fundamentalmente hay tres elementos básicos en lo que llamamos amor,
tres amores fundamentales. Uno
es el amor que podríamos llamar el amor freudiano, el Eros-- amor
íntimamente vinculado con la sexualidad que para Freud fue el amor básico.(La
amistad para él era un amor erótico privado de su fin, y la
benevolencia, una transformación del eros.) Pero, resulta más
fácil, menos rebuscado, pensar que hay en la benevolencia un amor
diferente del Eros, que podemos llamar el amor cristiano. Pese
a lo que digan los freudianos no creo que cuando se habla de “amar
al prójimo como a uno mismo” se trate de amor erótico
sublimado. Más natural nos parece pensar que la generosidad y la
empatía existen por derecho propio, por así decirlo; y es ésto lo
que en el cristianismo se ha designado como cáritas, o en griego
ágape. Intuitivamente sentimos que ni deriva, normalmente, la
atracción sexual de una actitud compasiva, ni deriva la compasión de
la sexualidad; debemos, por lo tanto hablar de eros y ágape,
o de amor y cáritas. Pero
también hay un tercer amor, que me parece tan diferente de estos dos
como ellos entre sí, y que merece ser reconocido como relativamente
autónomo: el amor que está implicado en la amistad, y que para
continuar acudiendo al griego, podríamos llamar filia.
palabra a la que recurre Platón para algo muy diferente de lo que hoy
en día llamamos amor platónico”—que es una manifestación
sublimada del impulso erótico. Se trata de un amor que bien podríamos
llamar “Socrático”, pues aunque Sócrates use la palabra eros
en referencia al amor a lo ideal-- a lo bello, a lo grande, a lo bueno
y demás cosas que valen por sí mismas--éste amor a los ideales o a
las ideas es sólo por analogía parangonable con la atracción
amorosa entre los sexos. El amor a la justicia y el amor a lo divino,
me parece, no sólo difieren del eros
en su objeto, sino en su
naturaleza misma y calidad subjetiva: en tanto que lo erótico es
apetitivo, este tercer amor que subyace a relaciones que no son ni eróticas
ni de ayuda o protección sino de amistad “desinteresada” es
valorativo. Podríamos llamarlo amor-adoración; pero en el ámbito de
los sentimientos más comunes su manifestación típica es el aprecio.
Se relacionan, entonces, los tres amores con el deseo, con la bondad
(que culmina en la compasión) y con el aprecio—que se ve exaltado
en la admiración y culmina en la adoración. Podemos
hablar en un amplio sentido del eros como un amor-goce: un amor que
goza del otro, que se complace en la belleza del otro, y yendo más
allá de una definición estrictamente ligada a la sexualidad incluiríamos
lo que el budismo llama mudita,
que es un alegrarse de la alegría ajena, que es muy diferente de la
benevolencia compasiva, que no quiere el sufrimiento ajeno. (uno tiene
más que ver con el eros
y el otro con el ágape). Pudiera
pensarse que es la bondad la más humana de las manifestaciones del
amor, pero no sería exacto. Aunque es humana la generalización mayor
o menor de la benevolencia, en sus orígenes el amor-bondad está íntimamente
unido al amor maternal, siendo una extensión natural de lo siente la
madre por las crías, (y hablo de “crías” más bien que de hijos
para aludir a algo no es propio solamente del hombre, sino de todos
los mamíferos). ¿Es
acaso más humano el amor a los ideales que la bondad misma, entonces?
Decimos de una persona bondadosa a veces que es muy “humana”
porque hemos llegado a hablar de “humanidad” para significar
precisamente el amor benevolente, y en cambio asociamos el
amor-adoración con el fanatismo y muchos actos “inhumanos”. Por
el momento me limito a señalar que el amor valorizante no deja de
tener antecedentes o raíces biológicas, pues en sus comienzos este
amor a lo grande (que contrasta con el amor maternal a lo pequeño) es
muy propio de lo que se siente de niño hacia el padre. Si
la madre es la que nos da lo que necesitamos, satisfaciendo nuestros
deseos, el padre es aquel al cual ella está mirando, aquel a quien la
madre valoriza. La madre, que nos da todo, es fuente original de los
valores, pero también modelo original respecto a lo que ha de ser
valorizado—y así es que ocurre como si la madre implícitamente
delegase en el padre el orden de los valores, simplemente porque el niño
percibe que ella lo ama. Algo
tiene que ver el ágape, entonces, con el amor de madre, y algo tiene
que ver con el amor a los ideales o filía con el amor de padre. Y
digo que éste tiene una raíz biológica no sólo porque deriva de
una situación arcaica o proto-psicológica en nuestra vida
individual, sino porque la valoración se relaciona estrechamente con
la imitación, que no sólo está al origen de que seamos animales
culturales, sino que es mucho más arcaica que la cultura y el
lenguaje. Piénsese en cómo los pollitos siguen al primer objeto que
se mueve en su entorno-- que puede ser la gallina pero puede también
ser ( como investigaciones sobre este fenómeno de “imprinting”
han demostrado) una caja de zapatos. Como Lorenz observó decenios atrás
en sus experimentos con patos, quedan para toda la vida ligados al
objeto en cuestión, que bien puede ser tan arbitrario como un reloj
despertador. Aunque
los humanos somos inmensamente más complejos que los patos y las
gallinas, de modo que sólo podemos hablar de imprinting en nuestro
caso en un sentido metafórico, también nosotros tenemos una
disposición innata a “seguir” a un modelo, y en nuestra vida
adulta es claro que nos dejamos guiar por aquellos a quienes admiramos
¿No conocemos todos la experiencia de cómo, cuando uno estima a
alguien se le pega su manera de hablar? Y seguramente
recordaremos cómo, cuando niños, admiramos al héroe de una película
y luego, salimos del cine caminando con su estilo. La
imitación es una propensión biológica que nos hace humanos, e
imitando los sonidos emitidos por nuestros padres aprendemos a hablar.
Y no sólo imitamos características individuales de nuestros padres:
uno imita aquello que es generalmente admirado, y es precisamente a
través de ello que se transmite la cultura. Últimamente
ha surgido una nueva ciencia, cuyo nombre aún no he escuchado en
castellano—supongo que será memética,
por analogía con la genética--en la que se adopta el punto de vista
de que la gallina sea el medio de perpetuación de los huevos, y
nosotros, medios de transmisión de los genes. Este punto de vista,
propuesto por Dawkins en la biología, ha inspirado un
pensamiento análogo respecto a los memes, que son entidades
culturales, como el lenguaje. Se propone, entonces, que las cosas
ocurren como si las ideas nos utilizaran a los humanos para
perpetuarse, y se transmiten a través de nuestra capacidad
reproductora. Es una idea que esta tomando mucho cuerpo, y ya se han
escrito varios libros sobre la capacidad imitativa humana que hace
posible esta supervivencia de los pensamientos y es tan inseparable de
lo que somos. No sólo por que sea humana la imitación, sino porque
la imitación subyace a lo que consideramos nuestra humanidad: bien se
sabe que a las personas criadas entre salvajes o animales no sólo
es el lenguaje lo que les falta, o la “cultura” en el sentido
frecuente de algo extrínseco a la propia naturaleza, sino aspectos
intrínsecos a lo que consideramos que es un ser humano. Pero
cierro aquí mi digresión, para completar un pensamiento
interrumpido: que hay un amor que tiene que ver con la madre, un amor
que tiene que ver con el padre y un amor que tiene que ver con el
hijo. Pues el amor-deseo es el más característico del hijo en la tríada
original. El amor que se complace en la satisfacción de los deseos
propios es uno que nos acompaña desde que nacimos, y podríamos decir
que es el niño o niña interior en nosotros quien que persigue la
satisfacción de su necesidad y busca su libertad. Así
como un célebre catalán-- Raimundo Paniker-- relaciona las tres
personas de la Trinidad con las personas de la gramática--
el Yo, el Tu y el Él, otro tanto podemos decir de los tres
amores. El amor deseo es un amor que se focaliza en el yo. El
amor de madre se dirige al Tu. El amor ‘transpersonal’-- amor a lo
ideal o amor a lo divino-- dice relación con el Él. Y claramente el
amor-bondad, de carácter materno, que compartimos con los mamíferos
( aunque no seamos todos tan buenos y generosos) es más emocional. Y
a veces se dice que es demasiado intelectual el amor valorizante. Si
uno se une a una mujer porque la considera una persona excelente, por
ejemplo, alguien podrá decirle “yo creo que ese amor que le tienes
es demasiado intelectual”, sintiendo que le falta corazón. El amor
erótico, por otra parte, es más instintivo. Parece,
entonces, que tuvieran que ver con nuestros tres cerebros estos tres
amores. El cerebro instintivo con el Eros;
el cerebro emocional o cerebro
medio (que es el cerebro mamífero) con el ágape, y el cerebro
propiamente humano o neocórtex con el amor valorizante, que mira al
cielo (a diferencia del amor instintivo que mira la tierra, o el amor
materno que mira a la cría). Ya
les he explicado cómo entiendo los ingredientes del buen amor. Pero
veamos ahora en que consiste el mal amor. Tal vez pueda decirse que en último término todo es amor, de modo que podemos decir que sólo existen el buen amor y sus desviaciones, sus perversiones. Yo, por lo menos, siento profundamente la verdad de esa línea final de la Divina Comedia que nos habla de “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”: tiene sentido concebir al amor como la fuerza central no sólo de lo humano, sino de la Creación Universal. Cuando un periodista le preguntó a Einstein acerca de la incógnita más importante de la ciencia, contestó: “acaso el Universo sea bueno”; es decir: acaso haya o no haya una intención benévola tras la creación. Pero por lo general los científicos se han conformado con preguntar menos, y nuestra concepción actual de la ciencia se caracteriza por la exclusión de la pregunta acerca del porqué de las cosas-- el aspecto teleológico al que se refería la pregunta por la “causa final” de los antiguos. Así, el concepto del amor universal distingue la percepción meramente científica de la percepción estética o poética, o metafísica o religiosa-- en fin, aquella que involucra el ‘otro lado de la mente’. Pero no es preciso que nos remontemos a la idea de un posible amor cósmico para preguntarnos acerca de los males del amor, que conocemos de primera mano. Hay en primer lugar los obstáculos del amor. Así, es obvio que el amor compasivo no es muy compatible con el odio. La rabia le cierra a uno el corazón. Y el miedo es antagónico respecto al amor erótico. Si alguien ha sido amenazado o castigado por sus deseos ( y sabemos desde Freud cuán frecuentes son las fantasías de castración resultantes) termina no atreviéndose al placer. Tampoco se aviene la valoración del otro con la envidia, o con la competencia. Pero en general todas las pasiones interfieren con todos los amores. Todas las necesidades neuróticas interfieren con el amor. Hay
además falsos amores; hay las falsificaciones del amor. Así, la
compasión pudiera caracterizarse como una energía muy alta, uno de
los más altos valores (y cuando dice San Juan “Dios es amor”
seguramente se refería al amor compasivo, al amor benévolo), pero la
mayor parte de lo que se llama bondad en el mundo humano es super-egóico—es
decir resultado de mandatos internalizados de la cultura que dicen
“debes ser bueno” implican una compasión obligatoria y una
amenaza: “debes...y si no, te vas al infierno”. Y cada uno se
condena a sí mismo implícitamente por no ser suficientemente bueno,
y se manda efectivamente al infierno en vida. No es muy amorosa esta
actitud, y lo que se llama compasión pocas veces pasa de ser
resultado de la buena educación y del fingimiento. Y
el amor erótico también se falsifica. Así como existe un amor
instintivo sano y verdadero, que es profundamente satisfactorio, hay
un falso amor erótico que es como una moneda de cambio para conseguir
amor, una forma de seducción en la que la sexualidad se pone al
servicio de una sed de protección, inclusión o compañia. No es el
instinto sexual el que impulsa a la persona en tales casos sino sus
necesidades neuróticas, así como la de rehuir la soledad o la
insignificancia—sólo que estas necesidades se disfrazan tras la máscara
del eros. ¿Y
no se falsifica el amor-respeto de forma semejante a como se falsifica
la benevolencia? El mandamiento mosaico “honrarás a tus padres”
se basa de la comprensión de que una persona sana siente un sano
aprecio hacia aquellos que fueron los primeros “dioses” en su
vida. Durante nuestra primera infancia seguramente nuestros padres,
que eran la muestra de lo que es un ser adulto, nos parecían tan
gigantescos como de adultos nos parece lo divino o sobrenatural, y
aunque lo hemos olvidado ¿no es significativo que nuestra
vivencia de lo divino a través de la historia se haya formulado
principalmente a través de las imágenes de nuestros progenitores?
Por más que no pueda desconocerse que algunas veces los padres que a
uno le tocan sean personas emocionalmente enfermas y por ello pésimamente
dotados para su función, creo que encierra una gran verdad la
observación del pitagórico Jámbico (reiterada por Gurdjieff) de que
un buen hombre ama a sus padres. Pese
a la verdad que encierra el cuarto mandamiento, sin embargo, ocurre
que, tras tantos siglos de autoritarismo, el imperativo de amar a los
padres nos infantiliza. No es un amor verdadero el que inspira el
mandato social y familiar, sino amor servil; y más generalmente, se
le rinde homenaje a muchas cosas-- tanto ideales como personas-- como
parte de un gesto obediente. Creo
que no necesito demostrar o explicar el hecho comprobable a través de
la experiencia de todos de que, por supuesto, los falsos amores también
constituyen interferencias en el amor verdadero. Entrañan una
malversación de la energía psíquica comparable a lo que ocurre con
la nutrición y la energía biológica en un organismo que alimenta un
parásito. Y el que “ama” sólo a costa de permanecer ciego a su
autoengaño perpetúa su propia mentira y su inconciencia—que son
obstáculos de la vida auténtica y también del amor. Por lo
contrario, cuando la persona empieza a conocerse a través de un
proceso terapéutico o espiritual, tarde o temprano descubre que no
ama de verdad, y sólo a partir del descubrimiento de su falsificación
y de su vacío empieza a descubrir el amor verdadero. Pero tiene que
ser muy virtuosa una persona para darse cuenta de que no ama,
pues tanto de nuestro bienestar deriva de sentirnos amorosos y es
tanto lo que se ha invertido en la imagen de persona buena. Es muy difícil,
aún heroico despojarse de esa ilusión para luego saltar al abismo
por el que misteriosamente se llega a la vida verdadera y sus valores. Y
hay amores eminentemente parasíticos: amores que son carencias
disfrazadas tras la máscara del amor. Esencialmente son maneras de
llenar el propio vacío, maneras de compensar las propias carencias
con el amor ajeno. Y me parece que estos amores parasíticos también
son de tres clases, según el tipo de amor al que se orienta su sed. Seguramente
todos conocemos a personas que sufren y se pierden en una búsqueda
exagerada del amor a través de las relaciones sentimentales o de la
sexualidad, que tan estrechamente ligada está al sentirse aceptado y
valorado. Aún cuando lo que se busca a veces parece ser más el
placer que el amor, creo que ello puede ser una ilusión que oculta
una búsqueda no reconocida de amor a través del sexo. Otras
personas (que han sido más dependientes de sus madres, por lo
general) buscan protección. Porque les faltó cuidado andan por la
vida como huerfanitos o como desvalidos, buscando el cuidado que faltó
e intentando inspirar compasión. Y
hay personas que buscan sobre todo el respeto; personas que no buscan
tanto “amor” en el sentido más común de la palabra, sino el
reconocimiento o la admiración—por lo que dedican gran parte de su
vida y energías a ser importantes Es ésto lo que llamamos el
“narcisismo” comúnmente—la pasión por que a uno lo quieran de
ésta manera particular: que lo consideren importante, grande,
superior. Y
claro, mientras mayor el amor parasítico (es decir: cuanto más la
energía de la persona está dedicada a su aparato de buscar amor),
mientras más ocupada está en conseguir amor, menos lo
encuentra. Es como estar empujando una puerta que se abre solamente
desde dentro. (Muchas veces he citado esta metáfora de Kierkegaard,
que en alguno de sus libros observa que la puerta del paraíso solo se
abre desde dentro). Por eso hay que llegar a apaciguar las pasiones,
aprender a no empujar tanto, desarrollar una verdadera receptividad
respecto a lo que hay. Bueno,
ya les he expuesto mis consideraciones acerca de los malos amores, y
les he hablado antes sobre los ingredientes del buen amor, y si
terminara aquí mi exposición no me extrañaría dejarlos con la
impresión de que no he dicho nada nuevo. Pues si bien pudiera tal vez
pretender cierta novedad mi actitud inclusiva y la forma como he
ordenado las ideas, no me parece que haya nada de nuevo en el
repertorio de buenos y malos amores que les he presentado. Pero aún
no he terminado, y me parece que la idea más novedosa que puedo
aportar respecto al amor ( y que es lo que me gustaría examinar
más y en la práctica, ya en forma de taller), es la de que la salud
y también la plenitud de la vida amorosa diga relación con el
equilibrio entre nuestros tres amores. Lo que implica que talvez
podamos avanzar hacia una manera de amar más completa a través de un
análisis de la propia “fórmula amorosa”. Todos
tenemos una determinada fórmula. Algunos tienen mucho amor erótico,
y poca compasión; algunos tienen mucho amor a lo divino-- amor
devocional-- y poco amor erótico. Y me parece que el así llamado
mandamiento cristiano (que no es en realidad sólo cristiano, porque
está ya en el Deuteronomio y en el espíritu de la tradición judía
antigua) apunta a justamente a la armonización de amores diferentes. Recordarán
seguramente los presentes esas famosas palabras de Cristo a efecto de
que toda la ley Moisés puede resumirse en: “ama al prójimo como a
tí mismo y a Dios sobre toda las cosas”, pero tal vez no hayan
reparado en que las tres directivas que implican implican a su vez los
tres buenos amores de los que les he hablado. Pues el amor al prójimo
es benévolo, en tanto que el amor a sí mismo ( que es un amor a los
propios deseos) en cuanto amor a nuestra criatura interna, es también
amor hacia nuestro animalito interior, deseo de felicidad dirigido
hacia nuestro ser instintivo. El amor a Dios, por otra parte, es
obviamente un amor apreciativo, que justamente encuentra en lo sagrado
su expresión suprema, como amor-adoración. Pienso
que esta idea de examinar el equilibrio entre nuestros tres amores—o
tal vez su desequilibrio, pueda ser fecunda. Y que seguramente al
emprender tal análisis nos daremos cuenta de que cuando alguno
de nuestros amores falta o se ve subdesarrollado, lo tratamos de
compensar a través de una búsqueda imposible. Así, uno puede estar
amando a Dios desesperadamente para compensar su dificultad en amar a
las personas de carne y hueso; o está uno buscando desesperadamente
la plenitud a través del amor romántico cuando lo que le faltaría
es abrirse más a la devoción, a sentimientos estéticos o a lo
gratuito de los valores transpersonales. Ya los invitaré a cuestionar
tales desequilibrios e intentos compensatorios que sólo perpetúan
una situación insatisfactoria, así como a preguntarse qué se puede
hacer para nivelar los tres ingredientes de la vida amorosa. Sólo
falta que les explique que tampoco esta última idea que les he
expuesto es mía, pues la he adoptado de un compatriota, el poeta y
escultor chileno Totila Albert , del cual alguno ya me habrá oído
hablar y acerca de cuya visión de la historia he escrito en “La
agonía del patriarcado” . Allí he expuesto también su visión de
lo que el llamaba el “Tres Veces Nuestro”, un mundo posible
formado por seres que han alcanzado ese equilibrio interiormente
interior entre sus partes “padre”, “madre” e “hijo”, que
comprendía como la esencia de la salud y la completud. En uno en cuyo
corazón se abrazan el padre la madre y el hijo con sus respectivos
amores, naturalmente no habrá ni la tiranía del intelecto, ni la
anarquía de la impulsividad ni el emocionalismo desequilibrado—y
creo que tenía razón al pensar que sólo a través de una
transformación individual masiva podremos aspirar a una alternativa a
la sociedad patriarcal y sus vicios arcaicos. Con esta idea los dejo, pues: la idea de que el verdadero buen amor consista no sólo de buenos ingredientes, sino de una fórmula equilibrada. Naturalmente, todas las fórmulas del amor están relacionadas íntimamente con el carácter, ( que a su vez está ligado a un cierto déficit), pero aparte recurrir al potencial transformador del conocimiento de nuestra personalidad pienso que podemos atender a cómo estamos desnivelados en la expresión de nuestro potencial amoroso y buscar una manera de reeducarnos, buscando las experiencias, influencias y tareas que puedan equilibrarnos. |