Amo, luego existo
No es casual ni banal
ocuparse del amor en este fin de siglo donde el aislamiento y la búsqueda
ilusoria de autoabastecimiento obstaculizan los lazos que unen a las personas y
a los grupos entre sí.
El amor es justamente
unión, encuentro, elección y es aquello que con su presencia nos reconoce como
personas existentes para el otro.
El amor reconoce
distintas expresiones y formas, de acuerdo con la relación y situación en que
se manifieste. Pensémoslo, por ejemplo, en una relación de pareja. Esta
atraviesa distintos momentos que, como decía el sociólogo italiano Francesco
Alberoni, lo exhiben con distintas cualidades.
En un primer momento
aparecerá el enamoramiento con sus características: la idealización, lo
absoluto, lo rutilante, lo extremo. Aquí el amor es revolucionario y
transformador. El autor italiano lo llama "la era de los
héroes". Se produce una reformulación de nuestra historia, un desprendimiento
de nuestras relaciones infantiles y la aventura de conformar un nuevo
espacio.
Es por eso que, muchas
veces, el inicio de una relación amorosa despierta susceptibilidades y
fantasías de abandono en el contexto familiar al que pertenecen los enamorados.
La familia pretende participar de alguna manera en la elección de pareja, ante
el temor de quedar excluída. En algunas ocasiones, cuando esta situación es
inelaborable, lo que debiera ser un desprendimiento lógico se transforma en una
ruptura traumática.
El amor se expresa con
intensidad, con frenesí. El erotismo y la ternura convergen en la persona
elegida, descubriendo en la sexualidad una plenitud antes desconocida. No
sólo el cuerpo del otro sino también el propio adquieren una densidad
diferente; la vergüenza pierde su razón de ser. Pero no es este amor
típico del enamoramiento, donde la intimidad de dos personas parecería colmarlo
todo, el que alimentará esa relación para siempre. Para que la pareja
crezca, se complejice y se estabilice será necesario que el amor deje la
primavera e ingrese en un campo donde el compromiso, lo simbólico, lo
institucional y el principio de realidad le otorguen una coherencia que lo haga
perdurable.
Mucho de esta temática
está relacionada con lo que el famoso mitólogo norteamericano Joseph Campbell
denominó la trascendencia de lo humano, como ese límite entre lo terrenal y lo
divino, entre lo mortal y lo inmortal.
Del éxito de este
pasaje de la fascinación narcisista y espléndida a la relación con otro real y
semejante pero diferente dependerá el carácter de trascendente que pueda tener
el amor. Entendiendo por esto la jerarquización de lo común no sólo como tal,
sino como más valioso que lo estrictamente personal. El amor creativo y maduro,
que hoy más que nunca reconoce en el placer y en el goce un ingrediente
indispensable, supera caprichosidades y, en último término, espacios de poder
privados, para alcanzar a sentir el vértigo del salto al otro. Porque el
amor que armoniza sexo, ternura y amistad, que reúne presente y proyecto,
equivale a habitar al otro.
Somos inquilinos del secreto
parcialmente revelable de nuestra pareja, dándole vida y alojando en nosotros
mismos al que hemos encontrado. Es como el verso del poeta, que adquiere su
resonancia cuando es recitado por su destinatario. El amor, por lo tanto, no
es un intercambio condicionado, no "te quiero a condición de que".
Sino que es entrega y es precisamente en la entrega de cada uno que se nutren
mutuamente.
El amor es también
conocer y darse a conocer. Muchas de las relaciones que fracasan en la actualidad
remiten a modalidades de vínculos en los cuales cada uno es dibujado desde la
fantasía del otro en lugar de transitar la auténtica personalidad de cada uno.
Por lo tanto, si hay fracaso, no hubo engaño sino simplemente caída de lo
ilusorio. Cuando esta caída se produce, emergen el aburrimiento y la rutina en
la pareja. Cuando ha cesado el proyecto común, cuando cada uno ha dejado de ser
el que inquiete y estimule al otro, cuando el trato burocrático desterró a
la seducción.
Un amor profundo se
sostiene frente a frustraciones y puede reparar dolores a los que nos expone
nuestra condición de humanos. Después de una relación amorosa somos más que
antes. Hemos despertado aspectos hasta entonces dormidos en nosotros. Nuestro
yo aloja "más yo" que antes.
Para terminar, valdría
recordar cuál es la primera condición para que el amor exista y siga
existiendo: "Amar y ser amado".
Dr. José Abadi, médico
psiquiatra y psicoanalista, escritor, dramaturgo, autor de De felicidad
también se muere, entre otras.