AMOR Y CRISIS
Una
de las características del enamoramiento es que creemos que, tanto nosotros
como nuestro amor, permanecerá intacto hasta la eternidad. Sin embargo, nos
guste o no, la propia existencia es una sucesión de cambios constantes. Nuestra
vida se ve invadida continuamente por acontecimientos que remecen los cimientos
de la tranquilidad lograda. Son las crisis, mezcla de temblores con terremotos.
Nos conmueven y nos rompen esquemas, hasta que alcanzamos un nuevo equilibrio,
que también será temporal. Las crisis, si no sabemos tolerarlas, pueden ser
destructivas. Pero si aprendemos a crecer a través de ellas pueden enseñarnos a
amar más y mejor.
Una
pareja se elige mutuamente en un momento particular de sus vidas, que los
distingue por tener ciertos gustos, ideas y valores, así como conflictos y
anhelos propios de la etapa en que se encuentran. En la relación se definen
roles, tareas y modos de vincularse, donde cada uno se acomoda a las
características del otro, potenciando algunos aspectos de sí mismo y
postergando otros. El paso del tiempo irá cambiando a los enamorados, pero no
siempre en el mismo sentido. Roles que antes se desempeñaron con placer, ahora
pueden ahogar. Tareas que se delegaron con gusto en el otro, hoy quizás se
quieren recuperar. Lo que primero se vivió como oportunidad, en este momento
puede sentirse como un freno. Sin darnos cuenta, todo ha variado.
Con
el paso del tiempo vamos cambiando de edad, de talla, de trabajo, de
pensamiento, de gustos, pero sin hacer los ajustes en la forma de relacionarnos
como pareja. Hasta que un buen día todo comienza a fallar y las
insatisfacciones ya no pueden esconderse. Diferencias que antes no importaban,
se transforman en incompatibilidades graves. Lo que antes hacía brotar lo mejor
de cada uno, ahora envenena. Los desencuentros pueden llevar al deterioro de la
afectividad, a la falta de interés por lo que el otro está viviendo y a la
amplificación de sus defectos. O también a sentir que cada día se tiene menos
en común, que la pareja impide el propio crecimiento o que se fue quedando
atrás. Lo que antes fue amor y pasión, se ha vuelto cariño y rutina. Tapar el
sol con un dedo no sirve. Estamos en crisis y hay que enfrentarla.
Toda
crisis, aunque parezca una amenaza, es expresión de crecimiento. De la vida que
cambia y que nos cambia, y de la dificultad de irse poniendo al día el uno con
el otro. Es señal clara de un desajuste que exige transformaciones. Cada
relación personal que establecemos hace sacar a la luz algo de lo que somos y dejar
otro tanto en las sombras. Una relación sacudida por una crisis no puede
quedarse como estaba antes, porque se destruye. Es un sismo que nos exige
mirarnos y rescatar todo lo necesario para restablecer la intimidad y
creatividad perdidas. Es una invitación a decirse lo no dicho, a superar el
desfase que el tiempo ha provocado y a ponerse las pilas para buscar nuevos
puntos de encuentro y seguir creciendo juntos. Es volver a elegirse a pesar de
todo. Muchos quizás no lo logren y busquen otro camino. Sólo deben estar
conscientes de que esto no les evitará nuevas crisis. Si el tiempo exige que
después de miles de kilómetros recorridos, los automóviles necesiten un ajuste
de motor, ¿por qué no habríamos de esperar lo mismo en una relación amorosa?
EUGENIA
WEINSTEIN