Por el día que queramos sumar en vez de dividir

POR EL DÍA EN QUE DECIDAMOS SUMAR EN VEZ DE DIVIDIR . Por Ignacio García Salama
Sentado en una butaca del tren de Cercanías que me lleva a continuar con mi rutina, observo los paisajes del Monte del Pardo, y entre encinas, olmos, alcornoques y una borrasca que se acerca pienso en mis vacaciones del periodo estival. En aquellos días en esa isla paradisíaca (Ibiza) junto a mi pareja, madre y hermana en los que no existía la palabra “Preocupación”, el sonido de la brisa marina y el romper de las olas contra las rocas de las maravillosas calas que dan forma al paisaje que, desde la terraza, observábamos durante horas.  
Recuerdo los momentos vividos con mi pareja en las pasadas vacaciones de Semana Santa en Abril, donde tuve, en apenas 48 horas, la oportunidad de tomar una fresquita cerveza bajo el sol a 23ºC de temperatura y, casi a la vez, ponerme los esquís para deslizar sobre la nieve a 3000 metros de altura. Pensé que solo Granada podía brindarte algo parecido. Recuerdo desde allí mismo, poner rumbo hacia el norte con parada intermedia en mi ciudad natal, junto a compañeros de viaje que nos acompañaron y a la vez abarataban nuestra travesía por la península. 
El norte es bien distinto, es un enorme placer para los que prefieren los paseos entre campo, arboleda y el viento del cantábrico. Sonido del mar de abundante oleaje y el olor a humedad que abraza los pulmones, es la sinfonía que sentía mientras ella me contaba su viaje a las Canarias, los paseos en camello con tormentas de arenas y la aridez del desierto. Entre tanto, y en un inciso en nuestra ruta, decidimos realizar una visita cultural y un paseo por una urbe que ella no conocía. Conversando, tomando pintxos después de la visita al 
Guggenheim, pusimos encima la mesa la posibilidad de acercarnos, ya en otra ocasión, a Barcelona. Recordaba unos días de verano que pasé allí, alojado en un rincón del barrio de Gracia, y los calurosos días visitando monumentos, parques y recorriendo localidades próximas a la ciudad condal en un tren parecido al que ahora estoy montado, solo que ellos lo llaman Rodalies. Es increíble como en una pequeñísima porción del planeta pueda haber tanta riqueza y diversidad, aunque solo hable de una pequeña parte de dicha porción. 
Dejo de mirar por la ventana, ya que la niebla, la lluvia y el vapor del interior del tren empañan la misma. Cojo el periódico que tengo en el asiento contiguo y observo un “paisaje” mucho más desolador. Los que se afincan en las calles del barrio de Gracia que antes mencionaba hablan de independencia, no voy yo a valorar si esa es la solución a los problemas de sus familias, pero el tiempo pasa, los problemas crecen y las soluciones urgen, el pasaporte puede cambiar pero lo problemas no dejarán de existir, dicen los sensatos. En otra página, hablan de costes, responsabilidades y culpabilidades de los incendios que devastaron el norte. Los deseosos de todavía no sé qué, tranquilos podrán estar en sus casas, pero menos mal que fue hace meses cuando paseaba por los bosques del norte y no hace semanas, aunque alguno de la región esto no lo puede decir así. Por último decido cerrar el periódico, porque todavía seguimos a vueltas con la historia de la famosa cabalgata de Madrid. Sucumbidos ante la indignación de una tradición de varias generaciones, otro nuevo frente se dispara entre los que se empeñan en cambiar todo lo que no sienten como suyo y los que aprovechan para hacer campaña contra el poder establecido. 
Empiezo a pensar, que la tormenta que me depara ahora que me bajo del tren, no es la de la lluvia que refresca la atmósfera y llena los embalses, sino las lágrimas de los que en tiempos pasados dialogaron, aparcaron sus diferencias y decidieron dejar de destruir para empezar a crear, decidieron dejar de lado lo que les diferenciaba y quisieron empezar a conversar sobre lo que les unía y no sobre lo que les separaba. 
Tengo esperanza en que lo convulso de los tiempos que estamos viviendo desaparezca, porque creo que todos queremos disfrutar y no padecer. Creo que todos nos merecemos poder tomar pintxos, o una cañita al sol con los seres queridos sin odiar y sin enfrentarnos. Todos queremos seguir disfrutando de las tradiciones sin que nadie nos diga por qué no lo debemos hacer. Creo firmemente que la libertad es algo incuestionable y que la división nos pone cadenas y sumar nos hace libres. 
Algún día, seguro que algún día, la soberbia, la envidia y la ira la aparcaremos y la enterraremos bajo llave y nos pondremos todos de acuerdo para construir un país donde todos querremos vivir  y al que todos querremos pertenecer. 
Espero que algún día, todos decidamos sumar y, de una vez por todas, no nos queramos dividir. 

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